El Diálogo entre Civilizaciones y el Mundo Islámico
Por el Dr. Seyyed Hossein Nasr
 
Cuando se discute el diálogo entre civilizaciones, es necesario en primer lugar preguntar qué entendemos por civilización. Durante varios siglos en Occidente, el poder y el oropel del mundo dominado por la civilización moderna han hecho que el término civilización fuera sinónimo de la moderna civilización occidental y que todas las otras civilizaciones fueran consideradas como etapas en el desarrollo de esta civilización en particular, a la cual los Enciclopedistas llamaban “la civilización”.
Durante mucho tiempo el discurso intelectual en Occidente ha reducido el uso del término civilización a su forma singular, y desde el siglo XIX muchos modernistas de Asia y África se han sometido también a este enfoque occidental. Pero a pesar del arrollador poder de la civilización occidental, la cual en sí misma surgió como resultado de la rebelión contra la civilización cristiana imperante en la Edad Media europea, las otras civilizaciones, aunque debilitadas en muchos aspectos, no han muerto.
Hoy, al despuntar un nuevo siglo y milenio cristianos, aparece nuevamente el diálogo de civilizaciones en plural, pese a la agresiva propagación —hasta en los más distantes rincones del planeta— del consumismo global y de los aspectos más frívolos de la cultura popular de Occidente.
En efecto, las otras civilizaciones no han muerto, y algunas, especialmente la islámica, están de hecho procurando reanimarse. Es necesario, por ende, antes de ocuparnos de la situación contemporánea, retornar a la comprensión tradicional(2) del concepto mismo de civilización, comprensión que goza de una notable universalidad entre las distintas colectividades humanas tradicionales que han habitado el mundo por milenios.
El término civilización se relaciona con la palabra latina civitas o ciudad en las lenguas europeas; dicha palabra deriva de la raíz griega kei, que significa “yacer extendido”. “Una ciudad es entonces un en el cual el ciudadano ‘hace su lecho’ para recostarse.”(3)
La cuestión que se plantea entonces es quién ocupa esa ciudad. La palabra del sánscrito para ciudad, pur, nos revela la respuesta, porque es también la raíz del término purusha u Hombre Universal de la metafísica islámica (al-insân al-kâmil, en árabe). El morador de la ciudad ideal es entonces purusha quien, según los Upanishads, es “el ciudadano en toda ciudad”(4), o como decía Filón(5), yendo aún más lejos, “En cuanto a señorío (kyrios), Dios es el único ciudadano”(6).
Esta ciudad, que es a la vez cósmica, social y microcósmica, es el origen del concepto tradicional de civilización, trasciende a la vez el orden humano y se introduce en las civilizaciones tradicionales, pero de formas diferentes y según las normas religiosas que constituyen el fundamento de todas las culturas.
Todas las realidades que abarca la vida de una tradición están contenidas en la particular “Ciudad de Dios”, cuya manifestación en la tierra ha creado esa específica civilización. Y más aún: cada ser humano perteneciente a ella, contiene esta “Ciudad” en sí mismo y es capaz de realizarla si él o ella  se perfeccionan espiritualmente.
Tradicionalmente hablando, el verdadero hombre civilizado es aquel que ha realizado esta civitas Dei dentro de sí mismo y que ha logrado la visión interior con la cual es capaz de comprender que el único dueño de esta ciudad es el Espíritu Inmortal que mora dentro suyo y no el ego rebelde. Sin esta realización, el hombre vive en la barbarie, aún cuando invente los más fantásticos artilugios.
Desde otro punto de vista, podría decirse que toda civilización tradicional está dominada por una “Idea Rectora”(7), o sea un designio celestial dado, cuyo espíritu guía a esa civilización, y cuya apariencia determina su especial estructura formal en conjunción con el genio étnico del pueblo destinado a crear y ser miembro de la misma.
Esa “Idea Rectora” puede ser identificada también con la religión en su sentido más universal (al-din, en árabe). Una civilización tradicional permanece siempre consciente de esta realidad a la vez trascendente e inmanente. El pueblo de este tipo de civilización, ha vivido siempre en un espacio, el cual es como el espacio de un círculo dotado de un Centro Supremo inmutable, y ha experimentado siempre al tiempo en relación al Origen, que es también su Fin, esto es, el alpha y el omega de su existencia(8). Las civilizaciones tradicionales jamás han perdido esa ubicación sea del Centro o del Origen(9).
Esta visión común no significa desde luego que la “Idea Rectora” sea la misma en cada civilización tradicional, pese a la unidad interna que las liga a todas.
Como escribe Marco Pallis: «El hecho es que toda civilización que merezca ser llamada auténtica está dotada de un principio de unidad que es peculiar suyo, y que se encuentra reflejado, en grados diversos, en todas sus instituciones. Con ‘principio de unidad’ se quiere significar una idea predominante, correspondiente a un aspecto dado de la verdad, aspecto que se manifiesta con particular énfasis en esa civilización y a través de cuya expresión —por así decirlo— ésta exhibe un ‘genio’ particular».(10)
La unidad íntima o trascendente a la que nos hemos referido, no anula de ninguna forma la realidad del principio de unidad peculiar de cada civilización tradicional. Por lo tanto, como se entiende tradicionalmente, hay múltiples civilizaciones, cada una de ellas con su propio y particular orden formal y “mandato del Cielo”, pero con notables similitudes en las perspectivas sobre la naturaleza de la realidad, que resultan de aquellas verdades universales que, a través de diferentes formas, han dirigido y sostenido a las civilizaciones tradicionales a través de los tiempos.(11)
Contrastando con todo lo expuesto, la civilización moderna creada en Occidente sobre la base y también en oposición a muchos de los principios rectores del cristianismo latino, que actualmente se ha difundido por todos los rincones del planeta, está basada en la “absolutización” del hombre terrestre, en un individualismo prometeico, en el racionalismo y el humanismo.
En su mayor parte ha reemplazado el Reino de Dios por el reino del hombre.(12) Ya no posee una “Idea Rectora” trascendente, como todas las civilizaciones tradicionales, y los valores éticos y espirituales presentes en ella constituyen la herencia de la civilización cristiana que ha pretendido suplantar. De hecho, estrictamente hablando, uno no podría referirse a la moderna civilización occidental como una nueva civilización, más bien se trata a la vez de una continuación y una reacción contra la civilización cristiana occidental.
Desde el punto de vista tradicional, en la época actual, todas las civilizaciones han decaído y se han deteriorado respecto de su ideal primigenio, salvo que las civilizaciones orientales comenzaron su declive en una forma pasiva en las últimas centurias y la occidental en cambio, lo ha hecho de manera activa desde el Renacimiento.(13)
Recientemente, cierto tipo de decadencia asociada con Asia y África en tiempos modernos, ha comenzado a aparecer en Occidente bajo una forma de activa desviación de normas tradicionales en civilizaciones no occidentales. Esta realidad debe ser considerada en todo diálogo serio entre civilizaciones.
Hoy día, vemos en el mundo varias civilizaciones mayores y algunas menores, incluyendo a la Occidental, la de Rusia y el Este europeo, la islámica, la hindú, la china y japonesa, la del África negra y algunos remanentes de civilizaciones y culturas indígenas.
Algunos, como Samuel Huntington, consideran a Latinoamérica como una civilización diferente de la Occidental, y a la civilización japonesa como distinta de la china.(14) Hay además muchos subconjuntos en cada una de estas civilizaciones que se distinguen según etnias, nacionalismos, idiomas, diferentes interpretaciones religiosas y otros factores. De cualquier forma, la realidad de estas civilizaciones difícilmente pueda ponerse en duda.
No existen hoy en día civilizaciones tradicionales intactas. No obstante existe una diferencia fundamental entre la moderna civilización occidental y las otras, la cual radica en el hecho de que esta civilización, que representa mayormente a la Modernidad, es todavía suficientemente poderosa como para proyectar sus valores y su visión del mundo sobre las otras civilizaciones, mientras que no es posible afirmar lo contrario.
Si hubiera existido una iniciativa para llevar a cabo un diálogo entre civilizaciones seis siglos atrás, la situación habría sido muy diferente. Cada civilización entonces se hubiera basado en esa “Idea Rectora” que ofrece notables similitudes con la “Idea Rectora” de otra civilización, pese a las obvias diferencias. Si fueran a discutir la naturaleza y el objetivo de la vida humana, habría notables semejanzas.
Cuando uno lee la lista de las virtudes básicas del confucianismo y el neo-confucianismo, es como si estuviera leyendo un texto islámico sobre ética. Y lo más importante es que todos ellos acordarían en que toda la realidad externa del cosmos y del hombre se deriva y se sustenta en una Realidad Última, que está a la vez en las cosas y más allá de ellas.(15)Tendrían poca dificultad para entenderse entre sí en el plano metafísico, aunque hablen de Brahman, Atman, el Uno, Ahura Mazda, Deus, Allah o del tema del nirvana.(16)
No es este, desde luego, el caso de la moderna civilización occidental, en la cual hay todavía elementos cristianos y judíos pero, en donde los discursos cientificistas y profanos dominan en gran medida la vida pública, así como a la filosofía, las ciencias y las artes.
Hoy el diálogo entre civilizaciones significa, por una parte, el diálogo entre las civilizaciones tradicionales debilitadas y modernizadas en distintos grados, y por otro, el diálogo de esas civilizaciones con la moderna y post-moderna civilización occidental, en la cual todavía existen importantes elementos religiosos y espirituales, pero que también es la fuerza conductora que se halla detrás de todas las ideas e ideales que buscan destruir los fundamentos mismos de las todavía existentes —aunque debilitadas— civilizaciones tradicionales.
Para llevar a cabo un diálogo serio en estas difíciles condiciones, uno debe recordar en primer lugar que todas las civilizaciones de las cuales tenemos conocimiento, las todavía vivas y las que han fenecido, han sido creadas por una religión o por la “Idea Rectora” antes mencionada.
La civilización china está basada en el confucianismo y el taoísmo, la civilización occidental en el cristianismo, la islámica en el Islam, así como la romana en su propia religión y la egipcia en la suya. Esto no significa que una civilización no tome prestado de lo que le precedió, sino que existe una nueva providencia divina que integra los distintos elementos recibidos en una nueva unidad que refleja su propio genio espiritual.
La civilización cristiana europea le debe mucho, por cierto, a Grecia y Roma, pero no es simplemente su continuación. No hay nada más diferente que un templo romano y una iglesia románica; o que un templo griego y una iglesia bizantina. Es el nuevo espíritu insuflado por una nueva religión enviada, sobre los elementos “materiales” y “terrestres”, lo que crea una civilización con su propia y distintiva estructura social, normas éticas, ciencias y artes.
Debido a este papel central de la religión en la creación de cada civilización, el entendimiento entre las religiones —en tanto fuentes de los valores e ideales de estas civilizaciones—, y el acuerdo entre ellas, es algo que debe estar en el corazón del diálogo inter-civilizaciones para que este diálogo pueda conducir, a su vez, al mutuo respeto y comprensión.
Es aquí donde la perspectiva tradicional de la filosofía perenne, —que percibe una verdad interna que une a las religiones en el nivel de lo supra-formal y universal, sin violar en absoluto la santidad de sus particulares estructuras formales—, se vuelve tan importante en la discusión actual acerca del diálogo entre civilizaciones.
Si este diálogo va a desembocar en la mutua comprensión, uno debe primero aceptar lo que Frithjof Schuon(17) ha llamado “la unidad trascendente de todas las religiones”(18), comprendiendo que, pese a las diferencias de orden formal, todos los caminos espirituales auténticos “conducen a una misma cima”.(19)
Nada es más importante para el diálogo entre civilizaciones que un entendimiento común de los principios básicos que las sustentan, incluso entre las culturas no-occidentales y Occidente, en donde muchos de estos principios han sido descartados por el paradigma predominante pero que no obstante sobreviven, no sólo entre cristianos y judíos, sino incluso en gran medida entre aquellos que le han vuelto la espalda, consciente o inconscientemente, a la religión de sus ancestros...(ver la continuación en archivo pdf)
 
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