Pautas para abrir una ventana al interior

Basado en un escrito de la psicóloga Begoña Odriozola.

 

La felicidad no es un regalo que nos es dado casualmente. En cada acto de superación personal, en cada trabajo sobre nuestros errores, en cada esfuerzo por fortalecer nuestra voluntad, la plenitud se manifiesta y nuestra vida se transforma en  más serena e intensa.

Las siete propuestas que ofrecemos para trabajar sobre nuestra personalidad nos ayudarán a adquirir estas cualidades que mencionamos a continuación. La plenitud o integridad consiste en entrelazar todas estas virtudes en nuestro comportamiento cotidiano para disfrutar, de una vida más digna y, por tanto, más feliz.

CONOCERSE A SÍ MISMO

 “Habéis recibido intuiciones de vuestro Señor. Quien ve claro, ve en beneficio propio. Quien está ciego, lo está en detrimento propio.” (6:104)

Reconocer los comportamientos que nos limitan y tienden a bloquearnos, permite detectarlos y corregirlos. A menudo somos nosotros mismos los que no nos abrimos a la experiencia de una vida más plena debido a nuestros prejuicios y a nuestra propia actitud negativa. Los miedos al fracaso, a pasar vergüenza, estar pendiente del “qué dirán”, son pautas de comportamiento que pueden no manifestarse de forma consciente pero que,  si uno se  deja llevar por ellas, no nos dejarán ser nosotros mismos y conseguirán hundir nuestra autoestima.

PROPUESTAS: Cuando te sientas mal, pregúntate qué es lo que está pasando. Detente un momento para reconocer tus emociones y valorar tu comportamiento, para darte cuenta de lo que te sucede. Muchos pensamientos resultan simplemente irracionales y conectan con miedos que a menudo carecen de fundamento. Echar la culpa a los demás de nuestra situación es engañarnos a nosotros mismos.

El análisis sereno de estos pensamientos te ayudarán a ver las situaciones con más claridad. No te dejes llevar por los impulsos y tómate tiempo para reconocer tus carencias y pedir consejo, si lo necesitas.

GRATITUD

 “¡Señor! ¡Permíteme que Te agradezca la gracia que nos has dispensado, a mí y a mis padres! ¡Haz que haga obras buenas que Te plazcan! ¡Haz que entre a formar parte, por Tu misericordia, de Tus siervos justos!” (27:19)

No hay mayor fuente de plenitud que el agradecimiento. Todos reconocemos la riqueza interior que ofrece la gratitud, ya que supone haberse detenido a observar cuanto somos y cuanto tenemos. Una observación serena que permite apreciar el lado positivo de cada situación, de cada persona, y, por supuesto, de uno mismo.

Es importante detenerse de vez en cuando para apreciar aquello que ya tenemos en cada área de nuestra vida. La gratitud por cuanto de bueno y positivo nos aporta la vida, nos ayudará a sentirnos más plenos, mejorará nuestro estado de ánimo y aumentará nuestra energía.

Solemos agradecer los buenos momentos, pero debemos hacerlo también con los obstáculos  que se presentan también en nuestro camino. Con frecuencia los momentos más difíciles de nuestra vida han sembrado en nosotros las semillas que han hecho posible una renovación. Y puesto que los obstáculos, junto con nuestros desatinos, nos enseñan tanto, ¿quiénes mejor que ellos merecen nuestra gratitud?

Analizar nuestros errores, resolver situaciones conflictivas y esforzarnos en aceptar todo cuanto no podemos cambiar nos da la oportunidad de aprender y de mejorar como seres humanos. Aunque nos desagrade una experiencia, seamos agradecidos con la vida. Quienes se empeñan en ver siempre el lado negativo de cualquier situación y lo sobrevaloran, acaban acumulando amargura y resentimiento en una constante lamentación que les arrebata la energía y se refugian en la complacencia, negándose el impulso suficiente para luchar por resolver el problema.

PROPUESTA:  Procurar acabar el día dedicando unos minutos a pensar en todo lo que aprecias de tu vida y por lo que te sientes agradecido. Si estás preocupado por algo, no tienes por qué olvidar este sentimiento. Acéptalo también junto con tu gratitud hacia aquello que ya está funcionando. Puede que te resulte difícil o no seas capaz de hacerlo cada día. No importa, pero acuérdate de intentarlo tan a menudo como puedas y recuerda que la verdad tiene varias caras y al menos una es positiva.

La oración es el mejor momento para alabar a nuestro Señor y mostrarnos agradecidos.

Esfuérzate también por expresar tu aprecio, tantas veces como sea posible, a las personas por las que sientes algún tipo de agradecimiento. Todos los seres humanos necesitamos el aprecio de los demás y no hay nada que nos mantenga más motivados que el sentirnos valorados por las personas que son importantes para nosotros. La verdadera gratitud es un regalo tanto para quien la siente y la ofrece como para quien la recibe.

GENEROSIDAD

 “Vuestro esfuerzo, en verdad, da resultados diversos. A quien da, teme a Dios, y cree en lo más bello, le facilitaremos el acceso a la mayor felicidad” (92:4,7)

Compartir lo que tenemos con quien no lo disfruta no es sólo “dar” lo que el otro no tiene, sino recibir parte de su carencia y acogerla en nuestras vidas. Ser generoso con los demás no es dar lo que nos sobra sino ser capaces de ofrecer desinteresadamente cuanto creemos que los demás necesitan. No se trata sólo de dinero o cosas materiales, hablamos también de ser generosos con la sonrisa, con gestos de afecto, con nuestra presencia...

Darnos a los demás es una experiencia enriquecedora, y se convierte en la mayor fuente de plenitud cuando, esta generosidad, nos exige un esfuerzo. Ser capaces de alentar a otro cuando estamos viviendo un mal momento es una generosa acción que beneficia por igual a las dos personas. Por ello, el hecho de dar, debe ser un goce en sí mismo.

Sin embargo, llegar a creerse demasiado bueno, generoso o, incluso elevado espiritualmente, sólo favorece la arrogancia. La humildad es la gran aliada de la generosidad, la que puede influir para evitar que la ayuda a los demás se transmute en simple alimento para el ego.

PROPUESTAS:  La generosidad implica no aferrarse a los bienes materiales, culturales, espirituales que nos han sido otorgados. Se trata de tenerlos y disfrutarlos con la conciencia de que, en última instancia, no son nuestros. Para ello es bueno detenerse de vez en cuando a reflexionar sobre el origen de esos dones:

-   ¿Los has heredado?

-   ¿Los has ganado con arduo esfuerzo?

-   ¿Cuántos hay que se han esforzado como tú y no lo han conseguido?

-   ¿Los has obtenido gracias a tu inteligencia?

-   ¿Quién te ha dado semejante entendimiento?

-   ¿Ha sido tu cuerpo quien te lo ha permitido? ¿De dónde proviene este cuerpo que te ha aportado tanta riqueza?

Reflexionar así permite ver la generosidad que ha tenido nuestro Creador con nosotros. Así entenderemos como algo natural compartir aquello que –de hecho- ya es de todos. Eso hará que el sentimiento de plenitud anide en nosotros.

No hay generosidad que no empiece por uno mismo, del mismo modo que nadie es capaz de amar a otro  si antes no se ama a sí mismo. La generosidad con uno  mismo supone cuidarse física y espiritualmente, aceptar y cubrir las propias necesidades, no imponerse exigencias desmesuradas y reflexionar sobre  los propios errores en una medida justa, sin ignorarlos. Si actuamos así con nosotros mismos, fácilmente podremos generalizar esta actitud a la relación con los demás.

HONESTIDAD

 “El día que Allah libre de vergüenza al Profeta y a los que con él creyeron... Su luz correrá ante ellos y a su derecha. Dirán: ¡Señor! ¡Perfecciónanos nuestra luz y perdónanos!  Ciertamente, Tú tienes poder sobre todas las cosas” (66:8)

Si decidimos ser auténticos y comprometernos con nosotros mismos, sin hacer trampas, ya es un gran comienzo. No nos engañemos a nosotros mismos y juzguemos nuestra propia honestidad, ante nosotros mismos y ante los demás. La honestidad para con uno mismo implica esforzarse por ser un ser humano íntegro, por admitir y aceptar nuestras limitaciones, reconociendo nuestros fallos o lo que puede dañarnos y tener voluntad para mejorar.

Logramos ser honestos con los demás si evitamos grandes diferencias entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos. La honestidad de nuestros actos nos permite acceder a la integridad moral, que a veces empieza con evitar alguna que otra mentira sin importancia, con la que nos sentimos más cerca de los demás. Por su parte, la honestidad con las palabras, al expresar mejor los deseos y necesidades, evita malentendidos y conflictos infundados. Lo contrario de la honestidad es la hipocresía.

PROPUESTA: Utiliza adecuadamente tus recursos. Alimenta el deseo de desarrollar todo el potencial que Dios nos ha dado, actuando con sinceridad contigo mismoProponte vivir de la manera más correcta, para estar a gusto contigo mismo y poder estarlo también con los demás.

HUMILDAD 

 “¡Busca ayuda en la paciencia y en la oración! Sí, es algo difícil, pero no para los humildes” (2:45)

 

El sabor amargo que esconde un triunfo sólo estropea el sabor del éxito cuando no recordamos (confundimos) quiénes somos. A veces, cuanto más importantes nos creemos, más sufrimiento generamos y menos felices somos.

Humildad no significa menospreciarse y pensar que los demás son mejores, sino ser capaces de entender nuestra persona como parte de un todo esencial: la naturaleza, la sociedad en que vivimos, la inmensidad del cosmos... A nivel personal, la humildad nos hace conscientes de nuestras limitaciones y debilidades y nos ayuda a comportarnos de acuerdo con este conocimiento. Hacerlo así significa aceptarlas como algo natural y, a partir de ahí, preguntarse qué puede uno hacer para mejorar.

Cada uno de nosotros mira el mundo a través de su particular visión y la humildad ayuda a poner las cosas en su sitio. Las experiencias que hemos vivido y el modo en que las hemos integrado en nuestra vida condicionan esa percepción.

PROPUESTAS. Acércate a los demás con actitud humilde, reconociendo que cada uno de nosotros lucha con sus propios fantasmas y actúa según puede y sabe.

Intenta ser más tolerante y respetuoso con los demás, incluso con quienes hayan podido herirte.

RESPONSABILIDAD

 “Todos tienen una dirección adonde volverse. ¡Rivalizad en buenas obras!” (2:148)

Cada decisión que tomamos, por nimia que nos parezca, es un ejercicio de libertad.  Y ser responsables de nuestras acciones es lo que nos hace ser libres. Incluso cuando uno deja que sean los demás quienes decidan por él, está “decidiendo no decidir”.

Responsabilidad es aceptar conscientemente el papel que nos corresponde en el desarrollo de los acontecimientos y la decisión firme de ser uno mismo quien esté al volante de la propia vida. Esto implica que cada decisión que uno tome debe estar suficientemente meditada. Así se vuelve más capaz de asumir, de forma madura, los propios actos, disfrutando de las consecuencias positivas y aprendiendo de los errores que se hayan podido cometer.

No debemos lamentarnos de la mala suerte o del destino sin hacer nada para cambiar la situación. El victimismo bloquea, le deja a uno estancado y ciego ante las posibles vías de superación y –lo que es más grave- acaba alejando a la gente de su lado y sumiéndole en la soledad más amarga.

PROPUESTAS: Acepta la responsabilidad que tienes en tu vida. Eres libre de elegir cómo la vives y de cambiar lo que está mal y no te gusta. Elige tu camino con el corazón  y acepta las pruebas que se te presentan, sabiendo, que ellas fortalecerán tu fe y te harán crecer como ser humano.

SENCILLEZ

 “¡Que no te desvíe de ella (la vida) quien no cree en ella y sigue su pasión! Si no, ¡perecerás!” (20:16)

Frente a lo superfluo que se multiplica en nuestra vida y que dificulta y enrarece las relaciones con nosotros mismos y con los demás, está llevar una vida auténtica. Simplificar la vida supone desprenderse de las supuestas necesidades, a veces impuestas por la inercia social, otras por confundir ser con tener. Dijo Imam Ali (P): «Ve ligero de carga y llegarás»

En una sociedad consumista como la nuestra es difícil encontrar ese equilibrio entre lo que hace más cómoda la existencia y lo que la entorpece innecesariamente.

Una actitud vigilante y el empeño en escuchar con sinceridad las propias necesidades pueden ser de gran ayuda. Cuanta más sencillez se instale entre nosotros, más capaces seremos de disfrutar de los mil placeres que esconde la vida cotidiana.

PROPUESTAS: Simplificar la vida es más fácil si respondes con sinceridad a preguntas como: “¿Qué necesito?”, ¿Qué deseo?, ¿Qué debo hacer?, ¿Qué cosas hacen que me sienta más contento y satisfecho conmigo mismo?, ¿Qué es lo que más me daña o complica la existencia?... indaga en tu interior y actúa en consecuencia.

 

www.islamoriente.com

Fundación Cultural Oriente

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