El Imam Al-Mahdi (P)
Su existencia, ocultación, reaparición y la totalidad de su justicia
Autor: S. Muhammad Baqir as-Sadr
Traducción: Rashid Busto marchante
Publicado por la Asamblea Mundial de Ahlul Bait (P)
Edición digital: Fundación Cultural Oriente
INTRODUCCIÓN
¿CÓMO EXPLICAR LA LONGEVIDAD DE AL-MAHDI?
EL MILAGRO Y LA LARGA VIDA
¿POR QUÉ QUERER PROLONGAR SU VIDA?
¿CÓMO HA TERMINADO LA FORMACIÓN DEL GUÍA?
¿CÓMO CREER QUE AL-MAHDI EXISTE REALMENTE?
¿POR QUÉ EL GUÍA NO HA REAPARECIDO?
¿PUEDE UN SOLO INDIVIDUO REALIZAR UN ROL TAN GRANDE?
¿CUÁL SEIÚA EL MÉTODO DE CAMBIO EL DIA PROMETIDO?
 
INTRODUCCIÓN
Al-Mahdi no es solamente la encarnación de una doctrina islámica de carácter religioso, sino también el tratamiento de una aspiración, que la humanidad ha suscrito en sus diferentes religiones y doctrinas, y la formulación de una aspiración innata a través de la cual todos los seres humanos, a pesar de la diversidad de sus doctrinas y la divergencias de sus caminos conduciendo al misterio, reconocen que la humanidad conocerá el Día Prometido cuando los Mensajes Divinos realicen su objetivo final revelando su significación grandiosa, y cuando la difícil marcha a través de la historia, desemboque en la estabilidad y en la tranquilidad tras tantos esfuerzos.
La consciencia del vencimiento inminente de ese día «metafísico» y de ese porvenir prometido, no es la propia de aquellos que creen religiosamente en el misterio; ella se extiende a otras categorías y ha encontrado también un eco en las ideologías y corrientes doctrinales, las más rebeldes a la metafísica y a los misterios, tal como el materialismo dialéctico, que explica la historia por las contradicciones y cree en la llegada de un Día Prometido en que desaparecerán todas esas contradicciones, para ceder el lugar al acuerdo y a la paz.
De esta manera, constatamos que la experiencia psicológica que la humanidad ha desarrollado de esta consciencia a través de la historia, es la mayor y la más generalizada de las experiencias de los seres humanos. Cuando la religión apoya ese sentimiento psicológico general de la venida de un día en que la tierra será cubierta de justicia y equidad, tras haber estado llena de injusticia y desigualdad, se confiere un valor objetivo y se erige (eleva) en una creencia firme en el porvenir de la humanidad, creencia que no es solamente una fuente de consolación, sino igualmente una fuente de fuerza e impulso inagotable, porque ella es un foco de luz que resiste a la desesperanza, brillando en el corazón del hombre a pesar de las tinieblas de los dramas y el gigantismo de la injusticia, pues el día prometido mostrará como la justicia puede afrontar un mundo impregnado de injusticia y desigualdad destruyendo sus pilares con el fin de reconstruirlos sobre una nueva base, consiguiendo que la injusticia, tan tiránica, tan poderosa y tan extendida no re-presente más que una anomalía condenada a desaparecer.
Esta derrota inevitable de la injusticia llega a encontrarse al so-metimiento de su gloria, devolviendo a todos los hombres y a todas las naciones víctimas de injusticias, una gran esperanza de poder modificar los «equilibrios» establecidos y reequilibrar la situación.
Si la idea de Al-Mahdi es anterior a la llegada del Islam y sobrepasa los límites de éste, sus detallados aspectos que el Mensaje islámico ha definido, son los más aptos a satisfacer la reunión de las aspiraciones ligadas a esta idea desde el alba de la historia, y los más exaltantes para los sentimientos de las víctimas de injusticias y los condenados de la tierra a lo largo de la historia. Pues el Islam ha transformado la idea del misterio en una realidad, y la ha conducido del futuro al presente.
Cuando no era más que una aspiración, la venida de un Salvador que este (bajo) mundo engendraría en un futuro lejano y desconocido, el Islam la ha transformado a una creencia en la existencia efectiva del Salvador que aspira, como todo el mundo, al Día Prometido cuando todas las condiciones objetivas serán reunidas para permitirle desarrollar su papel determinante.
Al-Mahdi no es sólo entonces una idea de la cual esperamos su nacimiento, ni una predicción a la realización a la que aspiramos, sino una realidad que queremos vivir y un hombre en carne y hueso que vive entre nosotros, que nos ve y en el que nosotros creemos, que vive nuestras esperanzas y nuestros dolores, que comparte nuestras tristezas y nuestras alegrías, que asiste con inquietud los suplicios de los afectados y la miseria de los miserables así como a las víctimas de la injusticia, esperando impacientemente el momento propicio que le permitirá tender la mano a todas las víctimas de los injustos, a todos aquellos que viven en la privación, a todos los miserables, poniendo término a las injusticias.
Dios ha querido que ese guía esperado no se manifestara en público, ni descubriera su vida a los demás aunque viva entre ellos y espere con ellos .el momento prometido.
Es evidente que la «idea» de Al-Mahdi, por sus aspectos islámicos, reduce el foso metafísico entre todas las víctimas de la in-justicia y el Salvador esperado, rehaciendo el puente que las une a él, cualquiera que sea la larga duración de la espera.
En cuanto a nosotros, cuando se nos pide creer en la idea de Al-Mahdi en tanto que hombre preciso y vivo, que vive como nosotros vivimos y que espera como nosotros esperamos, se nos quiere sugerir que la idea de rechazo absoluto a toda injusticia y a toda tiranía que él representa, está encarnada efectivamente por el Guía contestatario esperado que reaparecerá sin haber prestado Juramento de fidelidad a un injusto -como es mencionado en el hadiz-, y que creer en él, es creer y ajustar el paso a ese rechazo viviente que existe efectivamente.
En los hadices, se incita constantemente a la espera de la salvación y recomiendan a aquellos que creen en Al-Mahdi esperar su reaparición, pues dicha espera encarna el lazo espiritual o íntimo entre ellos y él. Tal lazo no podría existir si Al-Mahdi no se materializara efectivamente bajo su forma de hombre vivo contemporáneo.
Así, esta encarnación ha dado un nuevo impulso a la idea de Al-Mahdi, haciéndola una fuente de generosidad y de fuerza más poderosa. Por otro lado, todo contestatario se siente consolado, aliviado y sosegado de las penas y de la injusticia que soporta, cuan-do ve a su lmam y Guía probar y compartir -en tanto que hombre contemporáneo vivo como él y no como una simple idea futura- sus dolores.
Pero la personificación de la idea de Al-Mahdi ha suscitado al mismo tiempo, a los individuos que tenían dificultades en concebir esta idea, actitudes negativas. Ellos se preguntan, en efecto:
1. Si Al-Mahdi es la expresión de un hombre siempre vivo a través de las generaciones y desde más de diez siglos, continuando así hasta su reaparición, ¿cómo explicar una tal longevidad y cómo podría escapar a las leyes de la naturaleza que imponen a todos los hombres pasar por la etapa de la vejez y senilidad en un lapso de tiempo infinitamente más corto, etapa que le conduce irremediablemente a la muerte? Tal longevidad, ¿es posible en el plano de la realidad?
2. ¿Por qué Dios tomaría tanto cuidado de este hombre en particular, suspendiendo en él la ley de la naturaleza?, ¿por qué haría lo imposible para prolongar su vida guardándola para el Día Prometido?, ¿acaso la humanidad alcanza tal esterilidad quede es imposible engendrar a los dirigentes competentes?, ¿por qué Dios no confiaría el Día Prometido a un guía que naciera al alba de este día, que creciera como todo el mundo y que jugara progresivamente su rol hasta que llenara la tierra de justicia e igualdad, después que estuviera repleta de injusticia y desigualdad?
3. Si Al-Mahdi es el nombre de una persona precisa, en este caso el hijo del 11mo lmam de los Ahlul Bait (Gentes de la Casa, la familia del Profeta) nacido el año 256 de la Hégira, algunos años antes de la muerte de su padre en el 260 h., ello significa que era todavía un niño de apenas cinco años cuando murió su padre, y que a esta edad no pudo recibir de su padre una formación religiosa e intelectual completa; ¿cómo pudo entonces completar su formación en vistas a desarrollar intelectual, religiosa y científicamente su importante rol?
4. Si este Guía estaba ya formado y dispuesto a asumir su misión, ¿por qué esperar cientos de años? Las calamidades y desastres sociales que el mundo ha conocido ¿no constituirían una razón suficiente para que reaparezca y haga reinar la justicia sobre la tierra?
S. Y aún, si suponemos que Al-Mahdi pueda existir, ¿cómo podríamos creer en él?, ¿puede el hombre creer en el fundamento de una hipótesis de ese género, sin basarse en una prueba científica o legítimamente incontestable? Algunos hadices atribuidos al Profeta de los cuales no se conocen su autenticidad, ¿son suficientes para admitir la hipótesis en cuestión?
6. ¿Cómo concebir que se ha preparado para el Mahdi ese colosal rol, determinante en la vida del mundo, cuando un individuo, por extraordinario que sea, no puede solitariamente hacer la historia ni llevarla hacia una fase nueva, siendo las circunstancias objetivas y sus contradicciones las que hacen madurar los granos y excitan el fuego del movimiento de la historia y no la grandeza del individuo, la cual no puede proponerse más que ser la fachada de dichas circunstancias y la expresión práctica de las soluciones que necesitan?
¿De qué forma este individuo podría realizar la considerable transformación y la victoria decisiva de la justicia y del mensaje de la justicia sobre todas las entidades de la injusticia, de la desigualdad y de la tiranía, las cuales poseen tanto poder e influencia y disponen de otros tantos medios de destrucción y aniquilamiento, tantos recursos científicos, tanta autoridad política, social y militar?
'Esas preguntas pueden plantearse a menudo, de una forma u otra. Sus verdaderos motivos no son únicamente de orden especulativo, sino también de orden psicológico. Lo que las suscita es el prestigio de la realidad que prevalece en el mundo y el sentimiento de tener poca suerte y poderla cambiar radicalmente. Y en tanto esta realidad que domina nuestro mundo suscite en nosotros este sentimiento, las dudas se refuerzan y las interrogaciones se multiplican. Así, el sentimiento de derrota, de oscuridad y de debilidad conduce al hombre al agotamiento psicológico desde que se dispone a pensar en el proceso de una gran transformación, con vistas a despojar el mundo de todas las condiciones y de todas las injusticias que hacen estragos a lo largo de la historia, y darle un contenido nuevo, basado en el bien y la justicia. Asimismo, su fatiga le incita a dudar de la posibilidad de ver esa gran transformación materializarse, impidiéndole esforzarse en apoyarla por una razón u otra.
En la continuación, responderemos, en los límites que esta breve exposición nos permita (recordemos que este libro originalmente, es el resumen de un exhaustivo estudio sobre AI-Mahdi), a cada una de las preguntas anteriores.
¿CÓMO EXPLICAR LA LONGEVIDAD DE AL-MAHDI?
O en otros términos, ¿es posible que un hombre pueda vivir varios siglos como ese gran Guía del que se espera que cambie el mundo, censado en edad en más de 1.140 años, es decir, 14 veces más que un hombre ordinario que cruza todas las fases normales de la vida, desde la infancia hasta la vejez?
La palabra posibilidad puede significar aquí, bien una posibilidad práctica (aplicada), bien una posibilidad científica, o bien una posibilidad lógica o racional. Por posibilidad práctica entiendo: lo que es realizable para las gentes como ustedes o como yo, o para todo hombre ordinario como nosotros.
Así, viajar a través del océano, alcanzar el fondo del mar, subir hasta la Luna... todo ello ha resultado ser en efecto realizable, pues hay gente que realmente lo hace, de una forma u otra.
Por posibilidad científica entiendo las cosas que las gentes, como ustedes y yo, no podrían poner en aplicación con los medios que dispone la humanidad contemporánea, pero cuya posibilidad de realización -en ciertas condiciones y con los medios especiales-, no puede ser descartada por la ciencia y sus orientaciones cambiantes.
Así, nada en la ciencia autoriza rechazar la posibilidad para el hombre de subir hacia el planeta Venus no es más que una cuestión de grado, sin representar más que el allanamiento de algunas dificultades suplementarias, debidas al suplemento de distancia entre el primero y el segundo planeta. Pues subir hasta Venus es posible científicamente, aunque no lo sea efectivamente. Por lo contrario, alcanzar el Sol, en pleno cielo, no es posible científicamente, es decir que la ciencia no tiene la esperanza de llegar a él, pues no se puede concebir científicamente ni experimentalmente, la posibilidad de fabricar la coraza protectora capaz de resistir .el calor del Sol), que representa una hoguera encendida al mayor grado que el hombre pueda imaginar.
Por posibilidad lógica o filosófica, entiendo aquella que la razón no puede rechazar según las leyes que ésta percibe «a priori».
Así, no se sabría dividir lógicamente tres naranjas en dos partes iguales, a la vez y sin fracción, pues la razón percibe previamente a toda experiencia, que el número tres es impar y no par, y que no puede ser dividido en dos partes iguales, cuando necesitaría ser par; de otra forma ese número sería a la vez par e impar, lo que es contradictorio; o la contradicción es lógicamente imposible.
No obstante, no es imposible, según la lógica, que el hombre pueda atravesar el fuego o subir al Sol sin abrasarse por el calor, pues no hay contradicción en la suposición de que el calor no pase del cuerpo más caliente al cuerpo menos caliente; aunque esta su-posición es contraria a la experiencia, la cual demuestra la transmisibilidad del calor del cuerpo más caliente hacia el cuerpo menos caliente, hasta que ambos cuerpos resultan a una temperatura igual.
- De lo que precede se puede concluir que la esfera de la posibilidad lógica, es más amplia que la de la posibilidad científica, y ésta a su vez es más amplia que la de la posibilidad práctica.
En lo que concierne a la posibilidad de una longevidad extendiéndose en varios miles de años, es lógicamente concebible, pues desde el punto de vista racional abstracto, no es contradictoria, dado que la vida, en tanto que concepto, no comporta una muerte rápida, y ello es indiscutible.
Igualmente, es indiscutible que esta larga vida no es posible en el plano práctico, ni sabría ser identificada a la posibilidad de descender al fondo del mar o de subir a la Luna; porque la ciencia, en el estado que se encuentra actualmente, y por los medios e instrumentos que dispone efectivamente hasta el presente, no puede prolongar la vida del hombre en varios centenares de años. La prueba es que las gentes, las más apegadas a la vida y las más calificadas para servirse de las posibilidades de la ciencia, no pueden gozar de una vida más larga que la normal.
En cuanto a la posibilidad científica de tal longevidad, nada en la ciencia permite rechazarla teóricamente. De hecho, se trata aquí de un problema en relación con la calidad psicológica del fenómeno de la senilidad y la vejez en el hombre: ese fenómeno que se traduce en una ley natural que impone a los tejidos y a las células del hombre un desgaste progresivo, y una regresión del funcionamiento, una vez que alcanzan el término de su desarrollo máximo, que lleva a un paro total de toda actividad.;.. ¿Aún si estuvieran al abrigo de toda influencia exterior? O bien, este desgaste y esta regresión en los tejidos y las células del cuerpo, ¿derivan de una lucha que opone a éste con los factores exteriores, tales como los microbios o el envenenamiento que le seguirían tras una nutrición excesiva, de un trabajo excesivo, o de cualquier otro factor?
Esta es una pregunta que la ciencia se plantea hoy día y a la cual se propone aportar respuestas serias y numerosas. Si nos atenemos al punto de vista científico que tiende a interpretar vejez y senilidad como el resultado de una lucha o de un contacto entre el cuerpo y los factores exteriores determinados, debemos admitir que es posible teóricamente que los tejidos del cuerpo puedan continuar viviendo, sobreviviendo al fenómeno de la vejez, venciéndola definitivamente si se previene ponerlos al abrigo de esos factores.
Y si tomamos en consideración otro punto de vista científico, aquel que tiende a suponer que la vejez es una ley natural inherente a las células y a los tejidos vivientes -es decir, que éstos llevan sustancialmente el germen de su perecimiento inevitable, pasando por la fase de vejez y senilidad para terminar en la muerte-, nada nos impide excluir la inflexibilidad de esta ley. Si suponemos que esta ley es coherente, pensamos que es seguramente también flexible. Porque, tanto en nuestra vida habitual como a través de las observaciones de los sabios en los laboratorios científicos, se puede remarcar que la vejez, en tanto que fenómeno fisiológico, es atemporal: puede sobrevenir prematura o tardíamente. Tampoco es extraño de ver a un hombre de avanzada edad que posee los miembros ágiles y en estado de juventud, como lo afirman los propios médicos. Los sabios también han podido aprovecharse de la flexibilidad de esta ley para prolongar la vida de ciertos animales en cientos de veces su longevidad ordinaria, creando las condiciones y los factores que retrasan el efecto de la ley de la vejez.
Luego está establecido por la ciencia, que los efectos de esta ley pueden ser científicamente retrasados gracias a la creación de condiciones y factores particulares, aunque la ciencia no haya podido, hasta el presente, aplicarlo sobre seres tan complejos como el hombre. La diferencia entre la posibilidad científica y la aplicación efectiva, se traduce en este caso en una diferencia de grado de dificultad entre la aplicación (de esta posibilidad) sobre el hombre y su aplicación sobre otros seres vivos. Ello indica que en el plano teórico, la ciencia y sus orientaciones móviles, no tienen nada que les permita rechazar la posibilidad de prolongar la edad del hombre, y también si interpretamos la vejez como el producto de una lucha y de contactos entre las células humanas y los factores exteriores, o la emanación de una ley natural inherente a la propia célula, ley que la condene a encaminarse hacia el aniquilamiento.
Se puede pues concluir que la prolongación de la longevidad humana en varios siglos, es posible lógica y científicamente, aunque no lo sea todavía en el plano de la aplicación, aun cuando ' la orientación científica se dirige hacia la realización de esta última posibilidad a largo término.
A la luz de esas premisas, abordaremos a continuación la cuestión de la edad de Al-Mahdi, y la sorpresa y la interrogación que levanta. Habiendo demostrado la posibilidad científica y lógica de tal longevidad, así como la dirección de la ciencia hacia la traducción progresiva de esta posibilidad teórica a otra realizable y aplicable , la sorpresa nos parece que no tiene más razón de ser, salvo en lo que concierne a la dificultad de admitir que Al-Mahdi ha precedido a la ciencia, transformando la posibilidad teórica en posibilidad real, por medio de su propia persona y antes de que la ciencia alcance el nivel requerido para poder efectuar realmente esta transformación, pues ello equivaldría a decir que alguien se ha adelantado a la ciencia en el descubrimiento del cáncer y la meningitis.
Si el problema reside en la cuestión de saber cómo el Islam –que, ha planificado esta longevidad de Al-Mahdi-, ha podido avanzar al movimiento científico en lo que concierne a esta transformación (de la posibilidad teórica a posibilidad real), la respuesta es la siguiente: El Islam no sólo ha precedido al movimiento cien-tífico en este dominio, sino en muchos otros también.
¿No ha lanzado postulados que han servido de planes de acción que la marcha independiente de la humanidad no habría podido concebir hasta varios siglos más tarde?
La Sharia (legislación islámica revelada), en su conjunto, ¿no ha atrasado en varios siglos al movimiento de la ciencia y del desarrollo natural del pensamiento humano?
¿No aportó las legislaciones llenas de sabiduría cuyos secretos no han podido ser «cogidos» hasta hace poco tiempo? ¿No ha desvelado el Mensaje Divino los secretos del Universo que no podrían aflorar en el espíritu de nadie, y que la ciencia ha terminado por reconocer? Si creemos en todos estos hechos, ¿por qué excluiremos que Dios pueda adelantar a la ciencia en lo que concierne a la longevidad de un hombre, en este caso Al-Mahdi? No se trata más que de manifestaciones de pre-ciencia que podemos percibir directamente. Se pueden añadir otros ejemplos que el Mensaje Divino nos ha revelado. Así, éste nos relata como el Profeta fue transportado durante una noche desde la Mezquita de Medina a la Mezquita Al-Aqsa en Palestina. Si queremos comprender este suceso en el cuadro de las leyes naturales, necesitará seguramente para la aplicación de éstas varios cientos de años antes que la ciencia pueda alcanzarlo. Pues la misma experiencia divina que ha permitido al Profeta desplazarse tan rápidamente, bien antes que la ciencia pueda lograr tal hazaña, ha permitido igualmente al último de los sucesores Pre- designados del Profeta (el Imam Al-Mahdi), tener una vida prolongada antes que la ciencia no ponga en aplicación dicha posibilidad.
Ciertamente, esta larga vida que Dios ha acordado al Salvador Esperado parece extraordinaria hasta hoy, en relación a la realidad de la vida de las gentes y a las experiencias de los sabios. Pero el rol transformador decisivo para el cual ese Salvador está preparado, no es tan extraordinario .en comparación con la vida familiar y ordinaria, y las diversas evoluciones históricas que la humanidad ha vivido. ¿No está encargado él justamente de transformar el mundo y de reconstruir su estructura de civilización sobre los principios del bien y de la justicia? ¿Por qué asombrarse del hecho que la preparación de ese rol extraordinario sea acompañado de ciertos fenómenos extraordinarios e inhabituales, como la larga vida del Salvador Esperado? Tan extraordinario e inhabitual que pueda aparecer ese fenómeno (la longevidad de Al-Mahdi), no es mucho más extraño que el rol extraordinario en sí, que el Salvador debe realizar el Día Prometido.
Si admitimos la posibilidad de este gran rol, único en su género en la historia de la humanidad, ¿por qué no admitiríamos una longevidad que no tiene parecido en nuestra vida habitual?
No sé si es por pura coincidencia que los dos únicos hombres encargados de vaciar a la humanidad de su contenido corrompido y reconstruirla, fueran dotados de una longevidad sin mesura común con la naturaleza. El primero fue Noé que jugó su rol en el pasado de la humanidad y del cual el Corán dice que vivió «mil menos cincuenta años» entre su pueblo, y que gracias al diluvio, pudo reconstruir el mundo. El segundo es Al-Mahdi, que ha vivido hasta el presente más de mil años entre su pueblo, y que deberá jugar el rol de reconstruir el mundo, en el porvenir de la humanidad, en el Día Prometido.
¿Por qué aceptar a Noé que vivió casi mil años y rechazar Al-Mahdi?
EL MILAGRO Y LA LARGA VIDA
Hasta ahora, establecimos que la larga vida es científicamente posible. Pero supongamos que no lo fuera (en el plano científico) y que la ley de la vejez y caducidad resultara rigurosa, que la humanidad no pudiera modificarla, ni cambiarle las condiciones y las circunstancias, ni hoy ni a largo término. En este caso, ¿qué significa la larga vida de Al-Mahdi?
Significa que la larga vida de un hombre -Noé o Al-Mahdi-extendida en varios siglos, es un desafío a las leyes naturales cuya demostración es hecha por la ciencia y los medios modernos de la experiencia y la inducción.
De ello se deduce que ese fenómeno es considerado como un milagro, haciendo caduca una ley natural en un caso particular, con el fin de permitir preservar la vida de una persona encargada de salvaguardar el Mensaje Divino, y que ese milagro no es ni único en su género, ni extracto en la doctrina musulmana proviniendo del texto coránico o de la Sunna. Pues, de hecho, la ley de la vejez y la senilidad, no es más rígida que la ley de la transmisión del calor de un cuerpo más caliente a otro menos caliente, hasta que su temperatura sea igual, ley que fue revelada para proteger la vida de Abraham en el momento que ese medio era el único adecuado para lograrlo.
Así, cuando Abraham fue lanzado al fuego:
«Dijimos: "Oh fuego, sé sobre Abraham frío y seguridad"», saliendo indemne de él. Muchas otras leyes naturales fueron sus-pendidas para proteger la vida de los Profetas y de los Apóstoles de Dios sobre la berra. Es el caso de cuando Dios partió el mar para Moisés, o cuando hizo creer a los romanos que había detenido a Jesús cuando no lo habían hecho, o cuando salió el Profeta Muhammad en su misión sin descubrirlo sus enemigos Quraishitas que cercaban su casa y la guardaban vigilantes, esperando el momento propicio para atacarle.
Todos estos ejemplos traducen la suspensión de las leyes naturales, en vistas a proteger a alguien cuya vida quiere preservar la Providencia.
¿Qué ley de la vejez se encuentra entre esas leyes?
De todo lo que precede, podríamos deducir un concepto o una regla general en virtud de la cual, cada vez que la salvaguarda de la vida de un enviado de Dios sobre la tierra depende de la suspensión de una ley natural, y que el mantenimiento de la vida de ese individuo es necesaria en la realización de una misión que le ha sido confiada, la Providencia interviene para suspender esta ley, con el fin de permitir el cumplimiento de esta misión. E inversamente, cuando la misión de un individuo -a la cual Dios lo ha predestinado- ha terminado, éste, fallece naturalmente o martirizado según las leyes de la naturaleza.
A propósito de esta regla general, se podría poner la cuestión siguiente: ¿cómo puede ser suspendida una ley, y cómo puede ser cortada la relación necesaria que se establece entre los fenómenos naturales? Tal suposición, ¿no contradice la ciencia que ha descubierto dicha ley natural y determinado dicha relación necesaria, sobre una base experimental e inductiva?
La respuesta a estas preguntas se abastece por la propia ciencia que ha renunciado a la idea de la necesidad en la ley natural. Expliquémoslo a continuación. La ciencia descubre las leyes naturales sobre la base 'de la experiencia y la observación regular. Cuando el suceso de un fenómeno es seguido siempre de otro fenómeno, se deduce de esta sucesión regular una ley natural, estipulando que cada vez que un fenómeno aparece, otro debe seguirle. Pero la ciencia no supone la existencia, en esta ley, de una relación necesaria entre los dos fenómenos e inherente en el uno y el otro; porque la necesidad es un estado metafísico que no pueden descubrir ni la experiencia ni los medios de investigaciones científicas e inductivas. Asimismo, la lógica científica moderna afirma que la ley natural -en cuestión- aunque definida por la ciencia, no estipula la existencia de una relación necesaria, sino solamente de una concomitancia constante entre dos fenómenos.
Pues si se produce un milagro que separa los dos fenómenos de una ley natural, no se trata de una ruptura de una relación necesaria entre los dos fenómenos.
En realidad, el milagro en su aceptación religiosa resulta más comprensible a la luz de la lógica científica moderna, que según el punto de vista clásico de las relaciones causales. Porque dicho punto de vista clásico suponía que cada vez que la concomitancia entre dos fenómenos era constante, había forzosamente una relación de necesidad entre ellos. O la necesidad significa aquí, la imposibilidad de separar los dos fenómenos el uno del otro. Pero esta relación se ha transformado, en la lógica científica moderna, en ley de concomitancia o de sucesión constante entre los dos fenómenos, que no supone la existencia de la necesidad metafísica.
De esta forma, el milagro es un caso excepcional en esta constancia en la concomitancia o la sucesión, sin chocarse en una necesidad ni conducir a una imposibilidad.
Pero a la luz de los fundamentos lógicos de la inducción, estamos de acuerdo con el punto de vista científico moderno, según el cual la inducción no demuestra una relación de necesidad entre los dos fenómenos; no obstante, estimamos que ella indica la existencia de una explicación común en la constancia de la concomitancia o de la sucesión continuada entre los dos fenómenos. Esta explicación común puede ser formulada tanto sobre la base de la suposición de una necesidad intrínseca, como sobre la de una sabiduría conducida por el Regulador del Universo, uniendo continuamente ciertos fenómenos a otros, y que necesita a veces la excepción; en cuyo caso el milagro se produce.
¿POR QUÉ QUERER PROLONGAR SU VIDA?
Abordaremos ahora la segunda cuestión: ¿por qué Dios mantiene a este hombre en particular, hasta el punto de suspender por él las leyes de la naturaleza? ¿Por qué la dirección del Día Prometido no sería confiada a un individuo que el futuro engendrara, cuando las circunstancias en este día estuvieran maduras para surgir sobre la escena y realizar el rol que se espera de él? En una palabra: ¿por qué esta larga desaparición y cuál es su justificación?
Muchas gentes se preguntan estas cuestiones sin atender una respuesta que recoge la metafísica. Ciertamente, para nosotros la respuesta es evidente: nosotros creemos que los doce Imanes constituyen un conjunto soldado del cual ninguna parte puede ser remplazada. Pero para quienes reclaman una explicación sociológica de esta cuestión, explicación basada sobre las verdades tangibles de la gran operación de cambio que Al-Mahdi deberá desarrollar el Día Prometido, y las exigencias concretas de éste, dejaremos de lado provisionalmente nuestra creencia en las características de este conjunto de doce Imames infalibles -del que forma parte Al-Mahdi-, y abordaremos la cuestión de la forma siguiente: en la medida en que dicha operación de cambio puede explicarse ella misma a la luz de las leyes y las experiencias de la vida, nos queda saber si la prolongación de la edad del dirigente que deberá conducirla, constituye uno de los factores de su éxito y correcto desarrollo.
Respondemos afirmativamente a esta cuestión por muchas razones: el gran cambio radical necesita que su dirigente esté en un estado psicológico excepcional favorable, en el cual pruebe un sentimiento de superioridad frente a las entidades orgullosas que Dios le ha preparado destruir, reemplazándolas por una civilización nueva y un mundo nuevo. Porque, más la civilización que el guía combate le parece banal y más sea consciente que ésta no forma más que un punto ínfimo en la larga trayectoria de la civilización humana, más apto psicológicamente se siente para afrontarla, resistir y seguir su lucha contra ella hasta la victoria.
Es claro que la fuerza de ese sentimiento debe ser proporcional a la de la entidad y de la civilización que se quiere cambiar: más sólida sea esta entidad, y más enraizada y orgullosa sea esta civilización, más fuerte debe ser este sentimiento. Dado que el mensaje del Día Prometido viene a cambiar radicalmente un mundo impregnado de injusticia y desigualdad, a
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