“Del Alcoholismo y otros Demonios”: desde una perspectiva diferente
Hasan Félix Manuel Aguila
 
-¿Que me podría dar espiritualidad?- preguntó el alcohólico
- Una embriaguez no alcohólica.
Anthony de Mello. “El canto del Pájaro”
 
  De alguna manera y por mecanismos curiosamente diversos, todos tenemos la capacidad de ser místicos, o sea, hombres y mujeres que miran al interior y extraen el sentido de la belleza de las cosas para llevar una vida plena. Esta capacidad nos lleva a desear una Unión con lo Desconocido o Dios, experiencia transitada por las vías del Amor o el Conocimiento y que van accidental o incidentalmente acompañadas por el éxtasis.
  Sin embargo, no todos tenemos la posibilidad de seguir la vía con voluntad férrea para alcanzar ese grado de madurez espiritual. Por esta razón, una gran parte de los seres humanos cae presa de amargas experiencias sufridas y busca sustitutos para compensar el estado anhelado. A veces, las adicciones compensan este sentir por alcanzar niveles superiores y arrastran individuos a estados lamentables, que traen aparejados daños irreversibles a la conciencia humana.
  Las sociedades, a través de sus medios de comunicación, alertan sobre las temibles consecuencias que las adicciones, entre ellas el alcoholismo, reportan a la salud: pero esto de muy poco vale, los individuos atrapados en estos hábitos tienen conciencia del asunto, pero el placer producido por las sustancias tóxicas es  más poderoso que el temor a la muerte.
  El uso de embriagantes por parte del hombre se pierde en la historia de la humanidad; de hecho, investigaciones modernas han constatado esta práctica hasta en los animales. El hombre antiguo  no se sintió un gigante en medio de un pequeño planeta; todavía existía el  imperio de los árboles, los animales tenían paz y el aire circulaba libre de contaminación. El ser humano tenía mucho mundo por descubrir y eventos que explicarse.
  Las comunidades de aquellos días se valieron de su experiencia para crecer, celebraron la llegada de la primavera e hicieron fiestas. En ellas expresaban su alegría de esparcir semillas  o el agradecimiento por una buena caza. Cada acontecimiento estaba relacionado con la espiritualidad, ya que para ellos entre este mundo y el otro no había fronteras. El uso de enteógenos o sustancias psicoactivas cumplían en aquellas sociedades papel de resorte, abriendo el sentido colectivo a estados no cotidianos de percepción. Esta función puede notarse en grupos humanos que de una manera u otra viven apartados de lo que hoy se llama “civilización.”
  Con el correr de los años y el afianzamiento y expansión de las ciudades, el hombre se tornó enemigo de los bosques, el aire y las aguas. Entonces a través del consumo de embriagantes expresaba su ferocidad interior y su estado  depredador; aunque sin saberlo, su conciencia relacionaba a la embriaguez producida por las bebidas tóxicas con lo más cercano al éxtasis del alma.
  A la llegada de Muhammad (BPD) las tribus árabes se hallaban prisioneras de sus tradiciones, ajenas al legado de sus ancestros. Las niñas eran enterradas vivas y los hombres combatían entre sí por trivialidades. La presencia del Islam entre ellos les otorgó disciplina y puso en sus corazones el deseo por aspirar a nuevos estados de conciencia. No obstante, a pesar de ser el Profeta (BPD) un hombre dado al éxtasis religioso y con prolongadas experiencias, prohibió el uso de embriagantes sociales entre sus discípulos.  Los Hadices  narran que cierta vez ‘Abdur Rahman Ibn Auf ofreció un banquete y después de beber largamente se dispusieron a orar;  durante el Salat  trocaron el sentido de la aleya que dice: “no adoro lo que ustedes adoran” (109. 2) con: “adoro lo que ustedes adoran”. De aquí nació la primera restricción a los embriagantes (4. 43) hasta que poco tiempo después descendió la prohibición definitiva (5. 90).
  El hombre moderno, lejos de su ancestral tradición, intenta llenar este vacío con alternativas de fácil adquisición, suplantar el éxtasis con la embriaguez que producen las bebidas tóxicas. Estas se han convertido en instrumento de cohesión social para  eventos u ocasiones festivas, al menos en un 80 % en Occidente. Sus efectos, al carecer de una educación y  disciplina del espíritu generan adicciones que consumen la existencia humana  a caricaturas propias de seres en involución.
Desde el punto de vista islámico el hombre expresa a su Creador y su vida consiste en una Peregrinación en pos de valores esenciales. Cuando el Profeta Muhammad (BPD) suprimió el uso de embriagantes a su comunidad ya llevaba algún tiempo mostrando una serie de principios que capacitarían a sus discípulos para abrir sus ojos a nuevas apreciaciones de la vida. Estos niveles de conciencia transformaron tan eficazmente a los habitantes del desierto que tuvieron la energía suficiente para- en tiempo record- abandonar su estado tribal y ascender a una  sociedad de sabios y hombres y mujeres de conocimiento, algo novedoso y de  nuevo tipo en aquella época. Estas personas incursionaron satisfactoriamente en las diversas ramas del saber mientras que  en Europa los investigadores eran quemados o el vulgo se ahogaba en el mundo de las adicciones.
La prohibición de alcohol no se basaba tan solo en los peligros que reportaba a la salud; sino más bien en el derecho del espíritu a fluir en libertad y anhelar la Unión con lo Divino. Este proceso de fluir, cuyo destino final es el éxtasis religioso, le es necesario un proceso prolongado de aprendizaje, discipulado que por regla lógica debe carecer de aliados artificiales elaborados por una sociedad feroz y en decadencia.
En el mundo de la imaginería islámica la gnoseología shiita hace alusión a determinadas bebidas como preámbulos de una experiencia interior; y no es extraño que se hallen en la lista, sustancias como el agua, la leche e incluso la miel. Sobre esto, el  Qur’an no guarda silencio y nos habla del Kafur y el Zanyabil  (76. 5, 7). Con relación al Kafur, equivale literalmente a “Alcanfor”, sustancia aromática relajante y bronco dilatadora, utilizada desde la antigüedad con fines terapéuticos. Por su parte, Zanyabil significa Jengibre, tónico que proporciona energía y que restaura nuestro estado de ánimo. Es interesante notar como entre las dos bebidas se crea un equilibrio que restaura a plenitud nuestro sistema inmunológico, llevándolo a un perfecto funcionamiento. Además de estas bebidas, el Libro Lúcido cita otros nombres como “Tasnim”, la que es considerada la bebida más completa del Paraíso, la cual nos sumerge en un profundo estado de éxtasis (83. 27) al que nada le es comparado. Otros términos como Rahiq y Makhtum (83. 25) equivalen a: “bebida purificada” el primero, y el segundo a lo “sellado”. Las sustancias paradisíacas no son equivalentes a los embriagantes comunes, usados socialmente para generar estados  de alegría artificial, propios de las comunidades alejadas de la comunión, el éxtasis y la experiencia.
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