Los derechos de la mujer en el Islam
El derecho al divorcio (II)
Profesor Ayatollah Murtada Mutahhari
 
El derecho al divorcio (IV)
Esperamos que de nuestra anterior discusión, haya quedado claro que el Islam se opone al divorcio y a la disolución del hogar familiar. El divorcio es enemigo del Islam y éste ha recurrido a varios tipos de precauciones morales y sociales para salvaguardar el medio ambiente familiar contra los peligros de su ruptura. El Islam ha usado todos los medios y elementos para evitar el hecho del divorcio, exceptuando la fuerza y el arma de la ley. El Islam está contra el uso de estas medidas para impedir que el hombre se divorcie y para mantener a la mujer en la casa de su marido. Se considera incompatible con la posición y el estatus que una mujer debería tener dentro de su familia. La razón de ello estriba en que los principales factores y fundamentos de la vida familiar son los afectos y sentimientos. Y la persona que debería ser la receptora, el sujeto que se beneficia centralmente de la benevo­lencia y el amor, y que lo debería transmitir en su entorno y a sus hijos, es la mujer. La apatía y frialdad del afecto del marido hacia la mujer hace el medio ambiente oscuro y tétrico. Los sentimientos y actitudes del marido hacia la mujer tienen incluso mucha relación con los sentimientos materiales de la mujer hacia sus hijos. De acuerdo a Beatrice Marbeau citada anteriormente, los sentimientos maternos no son instintivos, en el sentido que no en todas las circunstancias la madre tendrá la misma viveza de sentimientos, de forma inalterable. La benevolencia y afecto de su marido tiene un gran efecto sobre sus sentimientos maternales.       
El resultado es que la mujer debería recibir afecto y amabilidad de su marido para que pueda ser capaz de alimentar a sus hijos en el manantial de la generosidad de su amor y afecto. El marido es como la montaña y la mujer como una fuente de agua, siendo los hijos las flores y plantas. La fuente recibe y acumula las lluvias de las montañas para que pueda brotar el claro y límpido arroyo que irrigará y hará crecer las plantas, flores y praderas. Si no llueve sobre las montañas o si la lluvia no se acumula, los arroyos se secarán y plantas y flores se marchitarán y morirán.
Precisamente como la principal fuente de vida para campos y llanuras son las lluvias, especialmente las de montaña, la principal fuente de la vida familiar está en los sentimientos bondadosos y afectuosos del marido para con su mujer. De este tipo de senti­mientos resulta serena, luminosa y floreciente tanto la vida de su esposa como la de sus hijos.
¿Cómo puede ser posible que se tenga que recurrir a la ley como un arma y azote contra el marido, cuando los sentimientos y afectos de éste hacia su mujer adoptan esa actitud tan vital y produce ese efecto tan vivificante sobre el espíritu íntimo de la vida familiar?
El Islam está completamente contra el divorcio indigno de un hombre, entendiendo por tal la separación de su primera mujer después de comprometerse a vivir con ella y hacerlo por un período, debido al capricho por otra mujer o para entregarse a algún otro placer.  
De todos modos, de acuerdo al Islam, el remedio no es forzar al marido falto de hombría para que se quede junto a su mujer. Este tipo de retención es intrínsecamente incompatible con la ley natural de la vida familiar. Si la mujer quiere volver a la casa de su marido por la fuerza de la ley, puede asegurarse el retorno a la misma, pero no puede recuperar la posición de la mujer en la familia y ser el medio para revivir el afecto de su marido y transmitirlo a sus hijos. De esta manera, es incapaz de satisfacer su propio deseo interior de recibir el consagrado afecto de su marido.         
El Islam se ha esforzado por suprimir el divorcio indigno del hombre y ha aconsejado a éstos, ser generosos con sus mujeres, comportándose afectuosa y benevolentemente con ellas.
No obstante, en su facultad de legislador y teniendo en cuenta la posición de la mujer como el centro del sistema familiar y como el medio receptor y transmisor de sentimientos, el Islam no está de acuerdo con la retención compulsiva y violenta de la mujer en la casa de una persona irresponsable.
Lo que el Islam ha hecho es exactamente lo opuesto de lo que los occidentales y sus adoradores hicieron y hacen. El Islam combate vehementemente contra los factores indignos de un hombre, contra la infidelidad y la promiscuidad, pero no desea forzar a la mujer a permanecer con una persona indigna e infiel. Sin embargo todos los días, los occidentales y quienes adoran a Occidente añaden a una vida de irregularidades, la promiscuidad y la gratificación sexual para los hombres y luego quieren que la mujer se quede al lado de un hombre irresponsable, infiel y promiscuo.
Esperamos que se reconozca que, a pesar del hecho que el Islam no ha forzado a la mujer a permanecer junto a personas indeseables dejándolas en libertad, ha invertido todos los esfuerzos para enriquecer el espíritu humano y su descendencia. De hecho, ha sido capaz de rebajar el número de divorcios indignos de un hombre por medio de su propio y notable sentido del equilibrio, aunque otros, que olvidan o son inconscientes en estas cuestiones y recurren a la fuerza para intentar apoderarse de todo a punta de bayoneta, han tenido muy poco éxito en este sentido. Con la excepción de los casos de divorcios que tienen lugar por iniciativa de la mujer bajo el alegato de incompatibilidad y, en. palabras de la revista "Newsweek", porque la mujer se está volviendo cada vez más exigente en lo relativo a las gratificaciones sexuales, esos casos de divorcios que tuvieron y tienen lugar aún por medio de los caprichos de los maridos para satisfacer sus antojos sexuales, excede con mucho el número de los casos que tienen lugar en nuestro medio.
La naturaleza de la paz familiar es diferente de todas las otras formas de paz.
La paz y la amistad deberían existir permanentemente entre el marido y la mujer. No obstante, esa paz y amistad que debería saturar la vida familiar son diferentes de la que se obtendría entre dos colegas, dos socios, dos vecinos o dos países con fronteras comunes.
La paz y amistad e inteligencia en la vida de la pareja casada es similar a la paz y amistad que debería existir entre padres e hijos, lo que significa un trato generoso, abnegado, interesándose cada uno por el futuro del otro, rompiendo las barreras de la dualidad, considerando la felicidad o desgracia del otro como propia, cosa que es diferente a la paz entre colegas, socios, países vecinos, etc., ya que esta última significa no intervención y no usurpación de los mutuos derechos. Incluso entre dos países enemigos, la suspensión de las hostilidades armadas ya cumple con ese sentido de paz. Si alguna tercera fuerza interviene y ocupa los límites geográficos de dos países y se opone a la confrontación armada entre ambos, la paz subsiste, porque una paz política no tiene otro significado más que la no intervención y la no interferencia.
Sin embargo la paz familiar es diferente a la paz política. En la paz familiar no es suficiente la no usurpación de los mutuos derechos. Una paz armada no es útil o eficaz. Es necesario algo superior y más básico: se debería establecer la armonía, concordia y unión de espíritus en un solo haz, integradamente, como en el caso de la paz y amistad entre padres e hijos. Es necesario algo más elevado que la no intervención. Desgraciadamente, debido a ciertas razones históricas y posiblemente debido a su posición geográfica, Occidente es extraño a los sentimientos (incluso en el medio ambiente familiar). En el pensamiento occidental, la paz de la familia tiene poca diferencia con la paz política o social. El occidental hace la paz de acuerdo al modelo de acumulación de fuerzas visto antes en el límite geográfico de dos países. Quiere hacer la paz mientras centra su fuerza en la frontera de la vida entre marido y mujer y se olvida o es inconsciente del hecho que el fundamento de la familia descansa en la no existencia, en la disolución de estas fronteras, que se basa en la unicidad de la pareja, considerando a toda otra fuerza como extraña.
En vez de apartar la atención de los occidentales de sus concepciones equivocadas de la vida familiar y su orgullosa individualidad, los adoradores de Occidente siguen perdidos, absorbiendo las formas de vida absolutamente confusas y olvidándose de ellos mismos, aunque este extravío no puede durar indefinidamente. El momento en que  Oriente descubra su propia personalidad, rompa el lazo que lo aprisiona a los adoradores de Occidente y confíe en su propia manera de pensar y filosofía, no está lejos.
Aquí,  es necesario hacer mención de dos cuestiones. 
1.- El Islam recibe con agrado cualquier factor que impida el divorcio.
Posiblemente, algunas personas pueden haberse quedado con la impresión, por lo dicho hasta ahora, que nosotros creemos que no debería haber ningún obstáculo para que un hombre se divorcie, y que tan pronto como se le ocurre, el camino para el mismo debería quedar despejado en todos los sentidos y direcciones. No, nunca pensamos tal cosa. Lo que dijimos desde el punto de vista del Islam, era solamente que no se debería recurrir a la compulsión o fuerza legal como disuasivo para evitar que el hombre se divorcie. El Islam acepta con gusto cualquier factor que pueda ser instrumento de disuasión del divorcio y ha puesto condiciones determinadas y ordenado reglas inflexibles que tienen, naturalmen­te, el efecto de retrasarlo, pudiendo, con toda probabilidad, llevar a prescindir del mismo.
Además de aconsejar a quienes toman el juramento del matrimonio (sighah), a los testigos y a otros, que se esfuercen por disuadir al hombre del divorcio, el Islam ha ordenado que el mismo no se debiera considerar legal y correctamente aplicado a menos que sea en presencia de dos testigos honrados. Esta condición se basa en una razón benéfica; cuando el divorcio vaya a ser aplicado en su presencia, y debido a la rectitud y piedad de estas dos personas, las mismas pueden hacer los mayores esfuerzos para reconciliar a marido y mujer.
A pesar de esto, la práctica actual es que la gente que alimenta el divorcio lo otorga frente a dos testigos honrados que nunca conocieron al matrimonio ni lo ven en ese momento. Solamente se mencionan los nombres del marido y la mujer delante de los dos testigos.
De todas maneras, esta es una rutina sin sentido y no tiene nada que ver con el punto de vista y propósito del Islam con el divorcio. La práctica en nuestro medio es, por ejemplo, decir delante de los testigos: "El marido es Ahmad y la mujer Fátima; Yo como representante del marido lo divorcio de la mujer". Pero, ¿quiénes son Ahmad y Fátima? Los honrados testigos que escuchan pronunciar la palabra "divorcio", ¿han visto alguna vez al matrimonio? Si algún día surge la necesidad de que se requiera la evidencia, ¿podrían ellos dar testimonio de que el divorció de estas dos personas en particular fue administrado en presencia del matrimonio? Por supuesto, estoy totalmente seguro que no.
En algunos casos, una de las cosas que lleva al hombre a renunciar al divorcio, es la presencia de estas dos personas virtuosas, a condición que se adopte el método correcto.
El Islam no ha puesto como condición necesaria la presencia de dos personas honradas en el momento del casamiento, que es el comienzo del contrato, porque no quiere que, en la práctica, se demore una obra virtuosa. Pero para el divorcio, aunque es el fin del contrato, la presencia de dos personas honradas se pone como condición necesaria.
Igualmente, el Islam no estableció que la menstruación de la mujer fuese un obstáculo en la realización del acuerdo matrimonial, mientras que ha puesto esto como un obstáculo para obtener el divorcio. Aunque, como sabemos, en lo que concierne a la ley divina, la menstruación evita que el hombre y la mujer tengan relaciones sexuales.
Comúnmente hablando, el Islam debería haber prohibido el pacto matrimonial durante el periodo de la menstruación, evitando así infringir la necesaria separación del hombre y la mujer que están juntos por primera vez. El divorcio, por otra parte, termina en la separación y por lo tanto la menstruación no sería un inconveniente.
El Islam, por su esencia a favor de la "unión" y contra la "separación", puso la menstruación como un obstáculo legal para el divorcio, mientras que no le pareció necesario que fuese obstáculo en la legalidad del contrato matrimonial. En algunos casos se requiere un período de tres meses, durante el cual no hubiese lugar a ninguna relación sexual, para que sea permitido el divorcio.
Es evidente que todos estos obstáculos e impedimentos se piensan para asegurar que durante ese período la violencia de las pasiones y el desagrado que pudieran haber contribuido a la decisión del divorcio, hayan menguado, teniendo tiempo la pareja de revisar la idea del divorcio e incluso dejarlo sin efecto.
Además que, cuando el motivo del divorcio es el desagrado del marido con el matrimonio y tiene lugar de forma revocable, al hombre se le concede un período de gracia llamado "iddah", durante el cual puede renunciar al divorcio y volver con su mujer.
Desde que el Islam ha establecido que las expensas del matrimonio del período de iddah, y de la manutención de los hijos debería ser responsabilidad del hombre, ha ideado un obstáculo práctico para demorar o dilatar todo lo posible el alejamiento del marido.
Un hombre que quiere divorciarse de su mujer y casarse con otra, debe pagar la manutención de su mujer anterior durante el período de la iddah, responsabilizarse de los gastos de los hijos que haya tenido con ella, proveer una nueva dote a la nueva mujer y nuevamente soportar los gastos de los medios de vida de ésta y de los hijos que vaya a tener.
Estas cosas, sumadas a la responsabilidad de los hijos sin su madre, presentan una perspectiva muy pesada para el hombre que se divorcia. Todas estas cosas son en sí mismas restricciones para su determinación al divorcio.
Por encima de todas estas cosas, el Islam ha requerido que se forme y funcione un "tribunal" familiar, cuando existe el temor de la disolución o rompimiento de la paz familiar.
El arreglo sería que se elija un individuo representante de la mujer y otro del marido para examinar la situación y buscar reconciliarlos. Los árbitros deben hacer los mayores esfuerzos para remover los obstáculos y diferencias. Y si después de una consulta directa con el marido y la mujer disciernen que la separación es el único remedio, puede llevarse a cabo.
Si para este caso se pueden encontrar las personas con capacidad de arbitraje, en las familias del matrimonio, son preferibles a otras. Esta es la verdad dicha por el Corán en las siguientes palabras: "Si teméis una ruptura entre los esposos, nombrad un árbitro de la familia de él y otro de la de ella. Si desean reconciliarse, Dios hará que lleguen a un acuerdo. Dios es Omnisciente, todo lo sabe". [Corán 4:35].
El autor de la glosa "al-kashshaf", comentando la palabra  "arbitro" escribe: "La persona elegida debería ser segura, influyente y solemne en su hablar, bien recibida, capaz y correcta para aplicar la paz que se arbitre". Más adelante dice que la razón por la que los árbitros deban ser elegidos preferentemente de entre los miembros de ambas familias es que son las personas más estrechamente relacionadas con la pareja y conocen mejor la situación existente en la misma. Además, al ser parientes, están más interesados en su reconciliación que los extraños. Por otra parte, los esposos descubrirán mejor sus secretos íntimos a parientes o amigos que a extraños o desconocidos.   
Hay una diferencia de opinión entre los estudiosos religiosos en cuanto a si el establecimiento del tribunal arbitral es obligatorio o simplemente recomendado. Algunos eminentes investigadores creen que es deber obligatorio de los gobiernos de hoy día. Shahid ath-Thani en la obra "al-Masalik" pronunció explícitamente su decisión legal sobre la cuestión del arbitraje, considerándolo obligatorio de la manera que lo mencionamos, debiendo los gobernantes hacerlo observar.
Sayyid Muhammad Rashid Rida[1], autor del comentario coránico "al-Manar", después de presentar su punto de vista sobre la obligación de la convocatoria del cuerpo arbitral, se refiere a la controversia de los estudiosos religiosos relativa a si la misma es obligatoria o recomendada, y dice: "Si hay algo que no se está haciendo entre los musulmanes, es obrar de acuerdo a esta orden y beneficiarse de sus infinitas ventajas. Todos los días hay divor­cios. Las discordias y disputas se introducen en los hogares y no se hace el más leve uso del principio del arbitraje que está ordenado por el verdadero texto del Santo Libro. Toda la energía de los eruditos religiosos se está gastando en debates y disputas en cuanto a si es obligatorio o recomendado. Nadie pregunta; ¿por qué, sea obligatorio o recomendado, no se toma ninguna medida práctica para cumplir con esta orden tan clara?, ¿por qué todas las energías se gastan en debates y disputas? Si se ha decidido que en realidad no se ha resuelto que se deba tomar acción alguna, ¿cuál es la diferencia de que sea obligatoria o recomendada?".
Shahid ath-Thani dice respecto a la fuerza y la autoridad, que los dos árbitros, por ejemplo, deben tener facultad para obligar al marido o alojar a la mujer en una casa de ciertas características, o a que no tenga a su madre u otra mujer en la casa ni aunque fuese en una habitación separada, o a que pague con cualquier cosa de valor el importe de la dote que había prometido pagar en efectivo, o a que en caso de haberle pedido dinero prestado a su mujer, le sea devuelto. El propósito es que toda estrategia o medida que pueda llevar a la reconciliación, o al menos, a demorar el divorcio, es correcta y deseable a los ojos del Islam.
Aquí es necesario responder a una cuestión que se puede plantear así: ¿Tiene la sociedad, es decir, el grupo u organismo oficial que la representa el derecho a intervenir en la cuestión del divorcio, que según el Islam es detestable y desagradable, con vistas a demorar o evitar que el marido ejecute la decisión tomada? Por supuesto, la respuesta es que se puede hacer eso. La razón es que todas las decisiones que se tomen para el divorcio no son indicativas de una muerte real de la unión matrimonial o, en otras palabras, todas las medidas que se toman para divorciar a la mujer no se deben a que ya se haya extinguido completamente el ardor del amor masculino, que la mujer haya caído definitivamente de su posición natural, o que el marido sea incapaz de mantener a la mujer. La mayoría de las decisiones se toman bajo situaciones emocionales, irreflexivas y equivocadas. Por todos los medios, la sociedad debería tomar medidas de cualquier magnitud para tratar que las decisiones que surgen del apresuramiento y la falta de reflexión, no tengan efecto. El Islam recibiría con agrado dichas medidas apropiadas. El organismo oficial que representa a la sociedad debería prevenir a las personas a cargo de los divorcios en los tribunales de no llevar a cabo ninguno hasta que se les haya informado de su fracaso en los intentos por llegar a reconciliar a los esposos. Dicho organismo debería intentar volverlos nuevamente amigos y con una mutua buena disposición en su relación. Y solamente frente a la evidencia de que no hay ninguna posibilidad de reconciliación y arreglo entre ambos, debería certificar esa situación e informar al tribunal de su conformidad para el divorcio.
2.- Los servicios prestados por la esposa en la familia.
La otra cuestión es que en un divorcio donde el esposo no actúa virilmente, además de la disolución de la sagrada paz familiar, surge una dificultad especial para la mujer, que no debería ser descuidada. La mujer lleva una vida sincera mientras vive durante años en casa de su marido, considerándola su propia casa, su refugio, esforzándose, en cuanto puede, para hacerla más acogedora y equiparla de la mejor manera. La mayoría de las mujeres, (con excepción de la moderna mujer de la ciudad) trabaja duro y se angustia por economizar en alimentos, vestidos y otros gastos de la casa, de manera que su marido no se preocupe o enfade por esas cosas con la familia. A menudo, rechaza emplear una doméstica para que le ayude, por razones económicas. Sacrifica sus energías, juventud y salud por el hogar, su morada y refugio, haciendo todo esto realmente por cariño al esposo.
Ahora, supongamos que el esposo de una mujer como ésta, después de vivir durante años con ella como compañero, se le antoja otra mujer, se divorcia de la primera y desea llevar a la nueva a la casa y refugio de la divorciada, es decir, la casa que ésta ha hecho a costa de sus nervios, de su juventud, de su salud y aspiraciones, que quedan frustradas. El ex marido quiere vivir placenteramente con la segunda mujer a costa del producto del trabajo de la primera. ¿Cuál es el curso correcto a seguir en casos como estos?
En tales situaciones como mencioné antes, la cuestión a ser tomada en cuenta no es solamente el trastorno de la paz y tranquilidad familiar y el rompimiento de los lazos conyugales. No es éste el lugar para explicar que la desagradable conducta del esposo es la causa de la muerte de la unión matrimonial y que forzar a una mujer a permanecer con un hombre irresponsable es indigno del natural honor de la esposa.
Aquí, hay otro problema a ser abordado, que es la cuestión de salir de la casa, quedarse sin ella y resignar su propio refugio a una competidora impuesta que se mete ahí. La cuestión a ser considerada es el hecho de que las penalidades, esfuerzos, fatigas y sufrimientos para instalar y mantener una casa, quedan en nada. Que hay que olvidarse del marido, la paz del hogar y el acogedor afecto familiar.
Todos los seres humanos necesitan un albergue, un lugar de refugio, y uno se liga y se encariña con el mismo cuando lo construye con sus propias manos y para su propio uso. Si sacan a un pájaro de su morada habitual, naturalmente él defenderá el nido que construyó. ¿No tiene la mujer derecho a defender su casa y refugio?, quitárselo, ¿no es una crueldad por parte del marido?, ¿qué remedio ha previsto el Islam para esta situación?
Nuestro punto de vista es que esta complicada cuestión requiere una completa atención y cuidadosa reflexión. La mayoría de las dificultades resultantes de los divorcios indignos de un hombre son de esta naturaleza. En casos como estos el divorcio no es solamente la disolución conyugal sino más bien la completa aniquilación de la mujer.
No obstante, como fue sugerido en el planteamiento del problema, la cuestión de albergue y hábitat es diferente a la cuestión del divorcio. Estas dos difíciles cuestiones deberían ser diferenciadas y consideradas por separado. De acuerdo a la visión del Islam y sus leyes, esta dificultad ya ha sido resuelta. Es debido a la ignorancia de las leyes islámicas y al aprovecharse de las buenas intenciones y fidelidad de las esposas por parte de los espo­sos, que se presenta esta dificultad. El origen de la dificultad está en que la mayoría de los matrimonios imaginan que el trabajo y los servicios que la esposa presta en la casa de su esposo y los beneficios que se acumulan gracias a ellos, pertenecen a éste último. Creen que éste tiene derecho a ordenarle a ella como si fuese su esclava o empleada, como si estuviese obligada a cumplir todo lo que se le indica.
Como repetidamente dijimos, la esposa tiene completa libertad en relación al trabajo y actividades hogareñas y cualquier tarea que haga es para su propio beneficio. El esposo no tiene derecho a tenerla como empleada. Dada la completa independencia económica concedida a la mujer, y además, la responsabilidad del marido en los gastos suyos y de los hijos, de acuerdo al Islam, la esposa tiene suficiente tiempo libre y total oportunidad de independizarse económicamente del esposo y obtener los medios para una vida respetable. Esto lo debería hacer con suficiente prevención, de manera que el divorcio y la separación no le generen en este sentido ningún problema durante su vida. Todas las cosas con las que la mujer contribuyera en la casa debería considerarlas de su propiedad y el esposo no debería tener ningún derecho sobre las cosas de ella. Las abrumadoras ansiedades que existen entre los hombres se deben también a la ignorancia y a la inconsciencia de la ley islámica.
Otro motivo de estas molestias es que el marido se aprovecha indebidamente de la fidelidad de la mujer. Algunas esposas, no por ignorancia de la ley islámica sino porque depositan su confianza en el marido, se sacrifican en el hogar. Desean que no haya ningún problema de "mío" y "tuyo" en la pareja. Debido a esto no observan sus derechos y no les dan importancia al beneficiarse de las oportunidades que el Islam les ha concedido. Sucede así que algunas veces se desilusionan cuando un día se llegan a enterar que sacrificaron sus vidas por una persona infiel y que perdieron la posibilidad de utilizar el derecho que el Islam les había concedido.
Tales mujeres deberían tener cuidado desde el principio: "Cuan afortunado resulta ese cariño que surge de ambas partes" (Citado de un poema del conocido poeta iraní Baba Taher Hamedani).
Si una mujer se rebela, usa su derecho legal para guardar su dinero y riqueza y hace los arreglos correspondientes para tener una residencia a su nombre en vez de regalar la energía de su esfuerzo al esposo, es él quien de acuerdo a: "Si os saludan, saluda con saludo aún mejor, o devolvedlo igual. Dios tiene todo en cuenta". [Corán 4:86], debería hacer a ella un regalo de la misma o mayor cantidad.
Entre hombres reflexivos y considerados siempre ha sido una práctica, y aún lo es, que en correspondencia al sacrificio y sinceros servicios de la esposa, den a ésta algo de valor, una casa o alguna otra propiedad raíz, como regalo.
No obstante, lo que queremos decir es que las dificultades de la esposa al quedarse sin casa, no están relacionadas con la ley del divorcio. Cualquier enmienda en dicha ley no reformará o mejorará las cuestiones del albergue. Esta dificultad se relaciona con la cuestión de la independencia económica de la mujer y el Islam la ha resuelto totalmente. Esta dificultad surge en nuestra sociedad debido al desconocimiento por algunas mujeres de las enseñanzas islámicas y a la negligencia e ingenuidad de otras. Si la mujer es consciente, observa y hace uso de las oportunidades concedidas en ese sentido y no es tan ingenua para sacrificarse y desechar sus derechos en favor de su marido, esta dificultad se resuelve automáticamente. 
El derecho al divorcio (V).
Nuestro ilustre lector puede recordar que en la segunda parte de esta sección sobre el divorcio, dijimos que nuestras inquietudes por el divorcio vienen de dos direcciones. Una concierne al divorcio indigno de un hombre y surge de la infidelidad e insensibilidad del mismo. La otra se refiere a la falta de hombría al impedir que su mujer se divorcie cuando no hay ninguna esperanza de reconciliación con el esposo. El mismo se abstiene de divorciarse solamente para molestar a la mujer y no para aprovechar ese tiempo en la búsqueda de un acuerdo con ella. En los dos capítulos precedentes hemos discutido la primera categoría de inquietud. Dijimos que el Islam recibe con agrado todos los medios que pueden servir de impedimento al divorcio indigno de un hombre, y el mismo se ha esforzado por medio de arbitrios especiales que los divorcios de este tipo no tengan lugar. El Islam solamente se opone al uso de la fuerza para que continúe la unión matrimonial.
De lo dicho resulta evidente que una familia es una unidad viviente y que el Islam se esfuerza para que esa unidad continúe viva. No obstante, cuando esa entidad expira, el Islam lo considera una desgracia y libra el permiso para enterrarla. Pero no está dispuesto a modificar esa entidad muerta con el bálsamo de la ley y presentarla como si estuviera viva.
Ahora es entendible por qué el marido tiene derecho al divorcio. La asociación matrimonial descansa sobre el pilar de la ligazón espontánea de la pareja y tiene un mecanismo único. La creación ha puesto en manos del hombre la clave para fortalecerlo y también la clave para derribarlo y hacerlo astillas. Bajo las órdenes de la creación todos los hombres y mujeres tienen ciertas características y disposiciones comparativas que no son iguales ni se pueden intercambiar. Estas características y disposiciones distintivas son por sí mismas las causas principales de muchas cosas, y una de ellas es el derecho al divorcio. En otras palabras, la fuente de esta situación no está más que en el papel distintivo y particular tanto del hombre como de la mujer en el amor y la búsqueda del compañero. 
El derecho al divorcio surge del papel particular del hombre en materia de amor y no se basa en su propiedad material.
De aquí, pueden sacar algunas ideas de la importancia de la propaganda de los elementos que están contra el Islam. Los mismos dicen a veces que el motivo por el que se da el derecho al divorcio al hombre en el Islam se debe a que no reconoce en la mujer facultad para quererlo, anhelarlo o desearlo, considerándosela en la categoría de cosa material pero no de persona, a la vez que considera al hombre el propietario de la mujer y, naturalmente, de acuerdo a la ley "an-nas musallatuna ala amwalihim" (la gente es soberana sobre su propiedad), tiene derecho a desprenderse de sus pertenencias en el momento que lo desee.
Está claro que la lógica del Islam no se basa en la propiedad del hombre y la condición de la mujer como ser poseído. Resulta evidente que la racionalidad del Islam es demasiado profunda y que está muy por encima del nivel de comprensión de esos escritores. Bajo la guía de la luz de la revelación del Islam ha comprendido los secretos de los fundamentos y estructura de la familia y la vida familiar, a lo que la ciencia y los estudiosos después de un lapso de 14 siglos están intentando aproximarse. 
El divorcio es una liberación de la misma manera que la naturaleza innata del matrimonio es la dominación.
Algunas veces esta gente pregunta; "¿Por qué el divorcio se asemeja a la liberación o emancipación? Sin duda debería ser algo judicial". A esta gente se le debería responder: "El divorcio es una liberación de la misma manera que el matrimonio es una dominación. Si tienen posibilidad de hacerlo, modifiquen la rigurosidad de la ley natural que hace a la búsqueda del compañero/a; eliminen del matrimonio su condición natural de dominio; si pueden, hagan que los papeles de los dos sexos tanto en los seres humanos como en los animales sean idénticos en sus relaciones, y cambien la ley de la naturaleza. Entonces serán capaces de despojar al divorcio de su aspecto de liberación y emancipación".
Una de esas personas escribe: "Generalmente los jurisconsultos shiítas consideran el contrato matrimonial como irrevocable, pero yo deseo decir que el contrato matrimonial de acuerdo a la jurisprudencia islámica y al Derecho Civil iraní, solamente es irrevocable por parte de la mujer. En lo que concierne al hombre, es revocable, porque en cualquier momento puede dejarlo sin efecto y romperlo".
Más adelante escribe: "El contrato matrimonial es revocable por el hombre pero irrevocable por la mujer. Esto es una injusticia de
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