FILOSOFÍA ISLÁMICA; REORIENTACIÓN O RECOMPRENSIÓN

El hombre se convierte en el reformador de todas las cosas, pero nunca de sí mismo.

Por Dr. Seyed Husein Nasr

Uno de los rasgos que caracterizan al hombre moderno es que siempre quiere reformarlo todo, desde las instituciones sociales y económicas hasta las tradiciones filosóficas y religiosas, pero raramente está dispuesto a reformarse a sí mismo. Sin poner en orden su casa interior, trata de ordenar y dar forma al mundo que lo rodea. Esta persistente actitud, que se manifiesta hoy en día en casi todos los aspectos de la vida, se basa en último término en el supuesto -adoptado consciente o inconscientemente- de que el hombre tal como es hoy no es básicamente imperfecto; antes bien, las instituciones y tradiciones que perennemente han guiado y nutrido al hombre en su vida terrena son imperfectas, porque ya no se adecuan a la naturaleza del hombre moderno.

De este modo, el tiempo y el espacio y el mundo material que esta determinado por ellos se convierten en el criterio de la verdad, de forma que aquello que no se conforma a lo que se llama «los tiempos» es rechazado por anticuado. Toda esta actitud, según la cual el hombre se convierte en el reformador de todas las cosas, pero nunca de sí mismo, y las condiciones terrenales se convierten en el criterio para juzgar la verdad, es una herencia del Renacimiento europeo, en el que el hombre -en su «naturaleza terrena» o en lo que en términos islámicos se llama bashar, y no en su naturaleza universal o insan- se convierte en la «medida de todas las cosas». Según este humanismo, que está en la base de una parte tan grande del pensamiento europeo moderno, es el hombre terrenal y su naturaleza lo que determina el valor y la validez de las cosas. En consecuencia, no existe un modelo transcendente e inmutable con arreglo al cual se pueda juzgar al hombre y la sociedad.

Es en este clima mental como se plantea habitualmente la cuestión de la reorientación de la filosofía islámica. Sin embargo, hay una evidente contradicción en los términos cuando esta cuestión se enfoca de ese modo. Reorientar significa poseer ya un conocimiento de la meta que se ha de perseguir y luego dirigir los propios esfuerzos y orientarse uno mismo hacia esa meta. Pero el conocimiento de la meta que hay que perseguir debe ser en sí mismo el fruto de una filosofía y de una concepción del mundo. ¿Con arreglo a qué filosofía vamos a reorientar la filosofía islámica si no es en función de aquellas limitaciones e inclinaciones subjetivas que en su totalidad constituyen nuestro entorno inmediato, con arreglo al cual tratamos de reformar todas las cosas? Y esta actitud es precisamente resultado de ese humanismo y relativismo que caracterizan a gran parte del pensamiento moderno.

Queremos determinar una meta con nuestro entendimiento humano y luego reorientar hacia ella el pensamiento religioso, admitiendo con ello, ya sea consciente o inconscientemente, la primacía de lo humano sobre lo divino. Considerada de esta manera, la posibilidad de reorientar simplemente la filosofía islámica implica el hacer concesiones con respecto a los principios mismos de esa filosofía, y surge la pregunta de si lo que debemos es reorientar o re-entender la filosofía islámica. La palabra orientar trae a la mente toda la doctrina ishraqi o iluminacionista de Sohrawardi sobre el simbolismo del espacio. Sabemos que en las lenguas europeas «orientar» encierra el doble significado de referencia al Este y de volverse hacia la dirección correcta. En realidad, el Este  no es tanto aquí una orientación geográfica como el «Oriente de Luz», o sea el mundo espiritual que trasciende al mundo de las formas materiales. Es también la morada de semejante luz espiritual que nos ilumina y a través de ella recibimos el verdadero conocimiento. Orientarse, en el sentido verdadero, significa, por tanto, volverse hacia ese Centro y Origen del que las cosas surgen realmente, ese Este que es también la dimensión interior y espiritual de las cosas. Significa asimismo una penetración dentro de nosotros y una reintegración.

Aplicada a la filosofía islámica, esta manera de pensar significa entonces una repenetración en su contenido espiritual e interior y una absorción de sus verdades esenciales, o, en otros términos, una recomprensión en el sentido más profundo de esta palabra. Cuando acudimos a la filosofía islámica, encontramos que está llena de inmensas reservas de sabiduría que hoy permanecen relativamente desconocidas para la mayoría de los musulmanes contemporáneos. Llegamos a darnos cuenta de que gran parte del conocimiento que buscamos en otras partes ya existe en su forma pura e inadulterada en medio de nosotros, aunque prácticamente hemos ignorado su existencia.

La filosofía islámica, aunque es rica en muchos campos, se basa sobre todo en la metafísica, y casi todos los tratados sobre filosofía tradicional tratan del origen y el fin  transcendentes de todas las cosas. Los filósofos islámicos fueron los primeros en considerar la discusión del ser como piedra angular de la filosofía y buscaron relacionar toda cosa viviente con el Ser Puro, que es el origen de toda existencia. Además, desarrollaron en la metafísica una filosofía de la naturaleza inserta en una concepción general del mundo cuyo propósito era crear una estrecha relación entre las diversas formas y ramas de las ciencias y relacionar la multiplicidad con la unidad. Los filósofos islámicos desarrollaron un sistema ético basado no solo en la «ética racional », sino también en las enseñanzas específicas del Corán. En la ética islámica, la Voluntad Divina no aparece de una manera abstracta, sino en mandatos concretos contenidos en la Ley sagrada o Shari’ah. Esta Ley ayuda a la inteligencia humana a superar las limitaciones que le imponen las pasiones y a ver la naturaleza buena y mala de las cosas en su verdadera perspectiva.

La metafísica, por otra parte, nunca está divorciada de la ética y del aspecto práctico de la religión, en el sentido de que, en cuanto haqiqah, es la dimensión interior de esta misma Shari’ah que determina la vida y la conducta del hombre sobre la tierra. De modo similar, los filósofos islámicos desarrollaron una estética altamente refinada y estrechamente vinculada con la metafísica. Dado que el espíritu del Islam esta basado en la inteligencia y el discernimiento, toda manifestación auténtica de él posee un aspecto de belleza y armonía. Los filósofos islámicos -si, naturalmente, entendemos por filósofos a los hukama o «sabios»- basaban su concepto de la belleza en la noción de armonía y sobriedad, y concebían la belleza no como el lujo que hoy se considera, sino como una condición necesaria de una existencia verdaderamente humana.

La naturaleza de la verdad, según ellos, es tal que es bella. Y por esta razón la expresión de la filosofía islámica -especialmente la metafísica- se combina con la belleza del lenguaje y con formas de expresión altamente artísticas. Antes de dar ningún otro paso debemos re-explorar y reentender completamente estos y muchos otros aspectos de la filosofía islámica. Naturalmente, hay quienes dirán que, a pesar de toda esa riqueza, esta filosofía no da una respuesta a los problemas de hoy. A esta objeción responderíamos que o bien los problemas de hoy son problemas reales, en el sentido de que atañen a la naturaleza de las cosas y a la situación del hombre en el esquema general de la existencia, en cuyo caso no son realmente problemas nuevos, sino problemas perennes que han sido ampliamente tratados en las fuentes islámicas tradicionales; o bien éstos son problemas que - como tantos otros con los que se enfrenta el hombre moderno- son creados por preguntas planteadas de forma incorrecta o por el tozudo intento del hombre de «vivir sólo de pan». En este caso, aun si las fuentes tradicionales no ofrecen una respuesta, su estudio revelará para empezar que no hay tal problema...(ver la continuación en archivo pdf)

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