Diario de un Peregrino
- Abril de 1998 -
Por: Sumaia Younes
 
«La Peregrinación a la Casa es un deber de la gente para con Dios, para quien esté en condiciones de emprenderla».(Corán; 3: 97)
«Dios dispuso la Ka ‘bah, la Casa Sagrada, como congreso para la gente».(Corán; 5: 97)

Todo comenzó con un sueño... Un sueño que se hizo realidad. A la mañana siguiente, el primer día del mes de Ramadán, sonó el teléfono. Me llamaban de la Universidad Az-Zahrá (P) de Qom, donde estudio desde hace unos años, para darme la noticia que había sido elegida, junto a otras hermanas extranjeras, para realizar la Peregrinación a la Casa de Dios.

Todo fue sorpresivo para mí, ya que, a pesar de que como cualquier otro musulmán, esperaba con ansias poder hacer la Peregrinación aunque fuera una sola vez en mi vida, confieso que todavía no estaba en mis planes, ya que no se reunían las condiciones para que pudiera realizar tal viaje.

Permanecí desconcertada todo el día. Por un lado no podía contener mi regocijo y por otro temía... puesto que veía a mi alrededor mucha gente que añoraba realizar la Peregrinación a la Sagrada Casa de Dios y ponía todos sus esfuerzos en poder lograrlo, y aún así no todos podían llevar a cabo tan anhelado sueño.

A medida que iban pasando los días, fui dándome cuenta de que mis temores no eran infundados, puesto que, aunque contaba con el apoyo de todos los que me rodeaban, día a día me enfrentaba con un nuevo problema para poder seguir preparando mi viaje: asuntos de pasaportes, visados, ... y el más importante: ¡con quién dejaría a mis hijas!

De todos modos, continué con los preparativos, y mientras lo hacía pedía constantemente a Allah que abriera un camino para mí, puesto que estaba convencida de que así como me había invitado a Su Casa sin que yo lo esperase, también Él me ayudaría a poder concretarlo. Le pedía, le imploraba que me dejase ver Su Casa, y que no me impidiera la entrada a ella luego de haberme puesto en su camino. Durante esos días sentí como nunca que Allah me escuchaba y me acompañaba en mi viaje hacia Él. Repetidamente leía las suras coránicas Al-Hayy y An-Nabâ’; también el hadiz Al-Kisâ’ (la Narración del Manto) y la Ziârah de ‘Ashûrah, puesto que sabía que ello ayudaba a poder llevar a cabo la Peregrinación, como así también decir frecuentemente Lâ haula ua lâ quwata il·la bil·lah (No hay poder ni fuerza sino en Dios) y Mâ shâ’Al·lah (que sea lo que Dios haya dispuesto)... y otras súplicas recomendadas para ser leídas en el bendito mes de Ramadán.

Esos días aún están en mí, y aunque fueron días muy decisivos, hoy creo que fueron los mejores de mi vida, puesto que durante todo ese tiempo Allah estaba conmigo, y yo lo sentía.

Fue así, que por fin llegó el día esperado, el 30 de Dhûl Qa‘dah en que comenzaría a transitar por el sendero que me llevaría a la Casa de Dios, aunque yo sentía que mi Peregrinación ya había empezado dos meses antes, desde que comencé a asistir a las clases sobre la Peregrinación.

Antes de salir de casa, me esmeré por hacer todo lo que había leído sobre lo recomendable de realizar en el momento de partir: recé dos ciclos de oración, di limosna (sadaqah), y pedí a Allah para que en mi ausencia protegiera a mis hijas, de las que me alejaba por primera vez, y tras pasar bajo el Corán que nuestros vecinos habían preparado para despedirnos a mí y a mi esposo, me encomendé a Allah: “En el Nombre de Dios. Me encomiendo a Dios. No hay poder ni fuerza sino en Dios. ¡Dios mío! Ciertamente que te pido el bien que hay en aquello por lo cual emprendo mi marcha y me amparo en Ti del mal que hay en aquello por lo cual emprendo mi marcha. ¡Dios mío, incrementa en mí Tus gracias, completa en mí tus bendiciones y utilízame en Tu obediencia. Haz que mis deseos sean sobre aquello que hay en Ti y hazme morir encontrándome bajo Tu religión y la de Tu enviado, que Dios le bendiga a él y a su familia”[1].

Tras instalarnos en el autobús que nos conduciría a nosotros y al resto de los hermanos y hermanas, al Aeropuerto Internacional “Mehrabad” en Teherán, a dos horas de Qom, continué con mis plegarias, leyéndolas de un pequeño libro de súplicas que todos llevábamos y que nos acompañaría durante toda nuestra Peregrinación, hasta nuestro regreso. Abrí el libro y leí: “¡Dios mío! Dispón enseñanza en mi trayecto, reflexión en mi silencio y Tu recuerdo en mis palabras” [2]. Leí varias veces Aiat-ul Kursî (la aleya del Escabel) y tras ello un dicho de Imam As-Sâdiq (P) que encontré:

“Si te propones realizar la Peregrinación, dispón toda tu determinación en liberar tu corazón para Dios, Imponente y Majestuoso, de cualquier cosa que te esté ocupando y de cualquier velo; delega la totalidad de tus asuntos a Tu Creador, encomiéndate a Él en cada movimiento y estado de quietud, y entrégate a su determinación, juicio y designio. Despídete del mundo, del bienestar y de las criaturas de Dios, y despójate de cualquier obligación en relación con las criaturas de Dios... y prepárate de la forma en que lo hace aquel que no tiene esperanza de volver. Compórtate de buenas maneras con tus acompañantes y observa los tiempos de las oraciones prescriptas por Dios y de las que son tradición del Profeta. Asimismo, observa continuamente lo que te es obligatorio en lo que hace al buen trato, soportar las fatigas, la paciencia, el agradecimiento, la compasión, la generosidad y el sacrificio...”

Así, comencé a sentir que aunque me movía con mi cuerpo hacia aquel destino bendito, en realidad era un movimiento de mi espíritu, y pedí a Allah que me ayudara a poder sentir todo ello en cada acción mía a partir de aquel momento.

Al llegar al aeropuerto, sentí que mi corazón palpitaba más y más y que no podía soportar la espera de los papeleos y la partida del avión que nos llevaría hasta Jidda. Una vez acomodados en el avión, comencé con mis súplicas nuevamente. Obviamente, todos los pasajeros tenían nuestro mismo propósito: realizar la Peregrinación. La mayoría de ellos eran ancianos que realizarían la Peregrinación por primera vez en su vida, y durante el viaje escuché a muchos decir que habían esperado toda su vida, o algunos hacía más de veinte años que habían estado preparando su viaje y recién ahora podrían realizarlo, puesto que en los países islámicos existe un cupo limitado y los musulmanes deben inscribirse y luego esperar su turno, y de esa forma muchos de ellos mueren sin haber concretado su anhelo. A mi lado viajaba un anciano lisiado de guerra a quien le faltaba un brazo, y muchos de los pasajeros eran padres o madres de mártires, algunos de los cuales habían conseguido viajar más pronto debido al honor que les correspondía por parte de la nación de Irán. Por esa razón agradecí mucho más a Allah que me permitiera ver su Casa a una edad relativamente temprana.

Cuando desde al altavoz se anunció que pronto llegaríamos al Aeropuerto Internacional de Jidda especial para peregrinos, no pude contener mi emoción. Pensé en que pronto estaría en tierras de nuestro bendito Profeta (BP); sentí que poco a poco me trasladaba desde el siglo XX, al octavo año de la hégira lunar, cuando finalmente los musulmanes conquistaron La Meca y establecieron un gran estado desde el cual comenzó a irradiarse hacia todas partes del planeta el fulgurante mensaje de la Unicidad y la Justicia.

Cuando el avión tocó tierra, todos los que allí nos encontrábamos, gritamos en una sola voz, involuntariamente: “¡Dios mío! Bendice a tu Profeta y a la Familia de tu Profeta!”.

Pronto estábamos todos en la sección de registro, dividida en un sector para mujeres, y otro para hombres, pero que se comunicaban entre sí. Cada vez que entregaba mi pasaporte a un nuevo jefe de mesa, se extrañaban al enterarse de que yo era argentina, de forma que uno de ellos exclamó la aleya: «... y vendrán a ti, de toda apartada comarca...»

Al pasar por la sección de control, las mujeres encargadas de la inspección, tomaron los libritos de súplica de nuestros bolsos y los dejaron a un lado, donde había muchos más, que habían sido arrebatados a los peregrinos que habían pasado antes. Me sorprendí mucho porque realmente no lo esperaba, y cuando le pregunté por qué nos los quitaba, solo me respondió: “¡Harâm, harâm!” (¡Está prohibido -por la legislatura islámica-!).

Está de más decir lo que sentí, al verme despojada de lo que me ayudaría a dirigirme al Profeta como él (BP) y nuestros Imames (P) nos lo habían enseñado... ¿qué súplicas haría en el momento de encontrarme frente a frente a la Casa de Dios?, ¿qué diría mientras estuviese circunvalando esa Sagrada Casa?, ¿qué diría cuando bebiera de la bendita agua de zamzam?, ¿cómo saludaría al Enviado de dios cuando estuviese frente a él? ¿Es que yo no podía, al igual que el resto de los musulmanes, actuar de acuerdo a los actos preferibles que nos enseñó nuestro Profeta, cuando lo más probable era que no iba poder regresar otra vez? Por más que traté no podía entender qué de malo podía tener un libro donde a lo largo y ancho bendice al Profeta y que está repleto de aleyas coránicas y súplicas a Dios, mientras veía a mi alrededor que las hermanas de otras escuelas islámicas habían sido permitidas conservar sus libros. Yo ya había escuchado que no se permitía la entrada de libros que no estuvieran de acuerdo a los pensamientos wahabitas, ¡pero jamás hubiese pensado que no se nos permitiría ingresar un libro de súplicas!

Al salir del control, me reconforté un poco al saber que a mi esposo no le habían quitado el libro de súplicas que llevaba consigo, porque el guardia que lo había examinado no había puesto mucha atención al hacerlo, o tal vez porque se percató de que no había nada malo en él.

Cuando salimos a la explanada me llamó mucho la atención el techo en forma de gigantescos toldos color crema, apoyados sobre grandes columnas distanciadas entre sí, en las que se podía ver el cielo a través de las aberturas... Justo había comenzado a llover, y el olor de la lluvia primaveral y las gotas de agua que se deslizaban por las aberturas del techo, realzaban el ambiente y me sentía en el culmen de la dicha y el sosiego.

Cada nación o región disponía de una sección señalizada por la bandera del país correspondiente, por lo que al salir del registro, cada caravana, que se distinguía por una vestimenta especial que todos llevaban para poder ser diferenciados por los de su mismo grupo y así evitar perderse, se dirigía allí a esperar la salida del autobús que los llevaría a La Meca. Todos con los mismos colores, hasta podían observarse a algunos hermanos indonesios vestidos como boy scouts. Los que más abundaban eran los malayos, indonesios, iraníes, paquistaníes, y por supuesto, los de los diferentes países árabes.

Después de esperar unas horas a que estuviera preparado el autobús que nos trasladaría a La Meca, y tras rezar la oración del ocaso y la noche, subimos al mismo con mucha ansiedad, sabiendo que primero deberíamos detenernos en el Miqât[3] de Yuhfah para vestir el Ihrâm[4] y consagrarnos así peregrinos.

Mientras viajábamos, desde el pasacintas del autobús llegaba a nuestros oídos una melodiosa voz que recitaba las benditas aleyas del Sagrado Corán, que nos hacían estremecer de emoción, y abriendo los ojos de nuestro corazón en medio de la oscuridad de la noche, nos dejaba ver las huellas de nuestro bendito Profeta (P) y de los combatientes que dieron todo para implantar la semilla del naciente Islam. Las aleyas del Sagrado Corán que llegaban a mis oídos penetraban en mí y se dejaban entender... eran las aleyas de la Sûra Al-Anbiâ’ (Los Profetas) que ayudaban a ambientarnos en aquella bendita época en que cada uno de los mismos pregonaba su eterno mensaje de Unicidad... Noé, quien fuera salvado de las aguas junto a su familia; Abraham, el destructor de ídolos, quien fuera salvado del fuego por su total sometimiento a Dios: «Dijimos: “¡Oh fuego! Sé fresco y salvación para Abraham”»... Y Lot; Moisés y Aarón, a quienes se les otorgó Al-Furqân (el diferenciador), la luz y el mensaje para los timoratos; asimismo Isaac, Jacob, David y Salomón a quienes fuera concedida la prudencia y la sabiduría, y agraciados con la virtud; Job, quien invocara a Dios: «¡Por cierto que la adversidad me ha azotado, pero Tú eres el más Clemente de los misericordiosos»... Ismael, Enoc (Idrís), y Ezequiel (Dhûl Kifl), todos los cuales se contaban entre los perseverantes... «Y acuérdate de Dhun-Nûn (Iûnus-Jonás), cuando se fue airado, creyendo que no podíamos sobre él, y clamó en las tinieblas (cuando se encontraba dentro de la ballena): “No hay más divinidad que Tú! ¡Glorificado seas! ¡Por cierto que me contaba entre los opresores!”. Y le exaudimos y le libramos de la angustia. Así salvamos a los creyentes». Y Zacarías y Iahiâ (Juan), y Jesús y su madre María, a quienes Dios hizo de ellos un milagro para la humanidad. «¡Oh musulmanes!, por cierto que ésta es vuestra religión; es una religión única y Yo soy vuestro Señor»... Y cuando Dios habló a nuestro Santo Profeta (BP): «Diles: “Ciertamente, me ha sido revelado que vuestro Dios es un Dios único. ¿Es que acaso seréis musulmanes?...»

En aquel momento deseé que el autobús jamás se detuviera, pues no quería privarme de aquella sensación que había invadido todo mi ser.

Finalmente llegamos a Yuhfah, al miqât, al Hayy que era la respuesta a la invitación de Dios y al llamado e invocación de Ibrâhîm (P)... El miqât que me impedía el paso hacia la Casa del Amado hasta que no despojara de mí toda la vestidura de negligencia y desatención acumulada durante toda mi vida. Me sentía nerviosa porque ahora debían comenzar mis ritos corporales, y temía no hacerlos correctamente, aunque a simple vista parecían fáciles de realizar. Me concentré en mi intención, en echar fuera cualquier pensamiento por más insignificante que fuese, que pudiera distraerme de una intención sincera.

Todos descendimos del autobús para dirigirnos a las duchas que allí había, a fin de realizar el gusl o baño ritual que es preferible llevar a cabo en ese momento, llevando con nosotros nuestro ihrâm que habíamos preparado de antemano. Por mi parte, había tenido el honor de que me lo confeccionara la madre de dos mártires de guerra, por lo que ello me hacía conferirle aún más valor a lo que por sí solo el ihrâm para mí representaba: la vestimenta blanca, pura, lícita, sin la cual no podíamos entrar a La Meca, y por medio de la que muchas cosas se nos volvían harâm (prohibidas) mientras la vistiésemos[5], así como cuando al decir Al·lahu Akbar al comienzo de nuestra oración, muchas cosas se nos vuelven ilícitas hasta que la concluimos. La vestimenta de la unión, la cual viste por igual a todos los musulmanes de todas las razas y lenguas, la que nos permitiría entrar a la Casa de Dios. Una vestimenta blanca, higiénica, pura, brillante y luminosa, como aquella con la que nos abrigaron y cubrieron cuando nacimos y abrimos nuestros ojos al mundo, que nos ilumina por lo menos una vez durante nuestra vida cuando llegamos a Bait-ul·lah (la Casa de Dios), y con la que seremos cubiertos el día que partamos de este mundo y nuestra meta sea Liqâ’-ul·lah (el encuentro con Dios).

El ihrâm que no tiene ninguna particularidad con la que podamos jactarnos ante otros, no tiene la marca de ningún país, de ninguna edad, rango o posición, que vestimos tanto si hace calor como si hace frío... Es la vestidura de la igualdad, de la servidumbre, del pudor, de la sinceridad...

Una vestimenta que es un incentivo y un aliciente para llegar más rápido cerca de Dios, que nos hace sentir más firmes y serios en el viaje que hemos emprendido, que nos dice: “De ahora en adelante has cambiado, deja al mundo a un lado, divisa la muere, la Resurrección, cuando te presentes ante Dios...”.

Tras vestir el ihrâm, nos sentíamos triunfantes, ya que sabíamos que aunque muriésemos en ese mismo instante se nos perdonaría todo. Ahora había llegado el momento, antes de partir, de responder al llamado de Dios, una respuesta que habíamos practicado mucho antes de nuestro viaje, puesto que, aunque a simple vista parecía sencilla, el no pronunciar correctamente incluso una letra de dicha talbiah[6], no nos convertiría en peregrinos. Por todas partes a mi alrededor, veía grupúsculos de gente de diferentes nacionalidades que repetían la talbiah bajo la dirección del jefe de caravana, quien para asegurarse de que todos lo habían dicho correctamente, llamaba a uno por uno de los que estaban bajo su cargo y les hacía repetirla...

Entonces fue que me concentré en decirlo bien, pero en ese momento recordé un hadîz transmitido sobre que el Imam As-Sâdiq (P) cierto día, tras vestir el ihrâm, quiso decir la talbiah, pero del llanto se le aprisionó la voz y por más que lo intentaba, no podía decirla. Entonces uno de sus acompañantes le preguntó: “¿Qué te sucede? ¿Qué estás esperando?”. El Imam (P) respondió: “Temo decirlo... ¡Dios mío, he venido!, pero que se me responda: ¡No acepto que tú hayas venido!”.

Saqué fuerzas desde mi interior para poder decirlo yo ahora... ¿Qué tenía que hacer yo al lado del Imam Ya‘far As-Sâdiq? Pero traté de confortarme a mí misma pensando que yo había emprendido el viaje de la auto purificación y que Allah no me abandonaría. Entonces fue que, lo dije... LABBAIKA AL·LAHUMMA LABBAIK, LABBAIKA LÂ SHARÎKA LAKA LABBAIK. INNA AL-HAMDA UAN NI’MATA LAKA UAL MULK LA SHARÎKA LAKA LABBAIK... ¡Heme aquí, Señor mío. Heme aquí. Heme aquí... Tú no tienes asociados. Heme aquí... Ciertamente que la Alabanza y la Merced te pertenecen, y asimismo la Potestad. Tú no tienes asociados. Heme aquí![7].

Continué repitiéndolo varias veces, para asegurarme que lo había hecho bien, y tras subir nuevamente al autobús que ahora sí nos conduciría hacia La Meca, todos continuamos repitiendo juntos a viva voz esas palabras, de vez en cuando acompañadas de bendiciones y saludos al Profeta y su familia, y de la “súplica de la unión”.

Durante el viaje sentía que ya había dejado todo el mundo a un lado, y me había impuesto no romper ese lazo que me unía a Dios, ese pacto que nuestra naturaleza primordial (fitrah) nos obliga a celebrar con nuestro Creador, y pensaba que debía hacerlo bien, puesto que tal vez sería la primera y última vez que me encontraría allí. Pensé en cómo Allah nos impone para todos los días de nuestra vida responsabilidades que nos mantienen conectados con Él para poder purificarnos... pensaba en las cinco oraciones obligatorias diarias que tantas veces son descuidadas al realizarlas sin concentración, en la oración del viernes, una vez por semana, en el mes de ayuno de Ramadán que se nos impuso una vez por año, y en la Peregrinación que estamos obligados a realizar, aunque sea una sola vez en la vida, si es que contamos con los medios para ello.

Finalmente llegamos a La Meca: «Sin duda que la primera Casa Sagrada erigida para el género humano es la de Bakka (La Meca), donde reside la bendición, y constituye una guía para la humanidad» (Corán; 3:96).

Es aquella que fuera establecida por Abraham y su hijo Ismael, para que fuera centro del Mensaje, residencia de la Profecía de su misma descendencia, y lugar de descenso del ángel Gabriel (P): «¡Oh, Señor nuestro! Haz surgir de entre ellos un Profeta que les recite Tus aleyas, les enseñe el Libro y la sabiduría y les purifique...» (Corán; 2: 129). Aquélla que encierra señales evidentes, que encierra tanta historia, tanta espiritualidad. Aquélla que, «quienquiera se refugie en ella estará a salvo» (Corán; 3: 97). Aquella que fuera el primer lugar que emergió en la Tierra (dahwul ard), el primer lugar establecido para la adoración del Único. La Casa de Dios, que abre sus puertas para dar residencia a todo creyente, hasta el punto que, cuando estamos en dicho recinto, no es necesario que acortemos nuestras oraciones, como cuando lo hacemos cuando estamos de viaje, lejos de nuestros hogares. Aquella que contiene en sí lo que es la qiblah y referencia de los musulmanes del mundo; aquella en la que los incrédulos tienen prohibido ingresar, y que por ello fue llamada Masyid-ul Harâm (La Mezquita Inviolable); aquella en la que rezaran cientos de Profetas de Dios, y que fuera el lugar donde se rezó la primera oración colectiva (yamâ‘ah), cuyo Imam fuera Muhammad (BP), y quienes lo seguían, su esposa Jadîyah y ‘Alî, una oración comunitaria de solo tres personas que hoy se convirtió en una de millones. Aquella que en un día viernes verá levantarse al Mahdî (P) de la descendencia de Muhammad (BP)...

Primeramente nos dirigimos a uno de los hoteles para ubicarnos y dejar allí nuestro equipaje. Tras descansar unas dos horas del largo viaje, y realizar algunos nuevamente un baño ritual preferible para antes de entrar a la Mezquita, cuidando de no hacer algunos de los actos prohibidos mientras uno es muhrim, como arrancarse un cabello, lavarse con jabones perfumados, o mirarse al espejo –debido a lo cual los espejos de los ascensores habían sido cubiertos con papeles para facilitárnoslo-, nos preparamos para dirigirnos a la Casa de Dios, con el propósito de realizar la ‘Umrah Tamattu’[8]. El religioso de la caravana, el Seiied Muytaba Huseinî, nos acompañaría y nos serviría de guía.

No puedo explicar lo que sentí desde que salimos del hotel y tomamos una furgoneta y franqueábamos la ciudad... Por un lado me desilusioné al ver todos los edificios modernos y avenidas que nos hacían olvidar un poco de toda la historia que encerraba esa ciudad santa, y en esos momentos deseé que todo hubiese quedado como 1400 años atrás; pero por otro lado, todas aquellas montañas resecas que rodeaban la ciudad me regocijaban y transportaban a otros siglos; sea por donde fuera que íbamos, allí estaban y muchas veces pasamos bajo túneles construidos en medio de las mismas. Pensé en cómo Allah nos había ordenado la Peregrinación a Su Casa ubicada en una tierra tan árida y calurosa, y me imaginé la razón: nuestro propósito debía ser la auto purificación y todo nuestro pensamiento debía concentrarse en Él, y para ello debíamos hacerlo en un sitio que no se convirtiera luego en lugar de turismo.

Por fin llegamos. Desde lejos podíamos divisar los paredones que rodeaban a la Ka‘bah, apresurados para poder alcanzarla, a pesar de que no podíamos aún ver a dónde se encontraba. Al llegar al patio exterior, todo cubierto de mármol blanco, nos quitamos los calzados, y tras elevar nuestras voces en bendiciones y saludos a nuestros Profetas Muhammad (BP) e Ibrâhîm (P), ingresamos por una de sus tantas puertas que daban a los corredores que rodeaban a la Ka‘bah, cada una de las cuales lleva un nombre: Bâb-u Ibrâhîm, Bab-u Ismâ ‘îl, Bâb-un Nabî, Bâb-u ‘Alî, Bâb-u Abû Bakr, Bâb-ul Uadâ’, Bâb-us Safâ, Bâb-u As-Salâm, Bâb-u Banî Shaibah…

Cuando entré todavía no podía divisarla, solo veía a mi alrededor miles y miles de personas, algunas caminando, otras recitando el Corán, otras haciendo súplicas, y todos dirigidos hacia ella… Mi corazón palpitaba más y más, y yo dirigía siempre mi mirada hacia el centro, donde debía hallarse… Hasta que por fin apareció… Instantáneamente corrieron lágrimas por mis ojos, no podía creerlo, era más majestuosa de lo que había imaginado, vestida de negro, allí estaba. Lo primero que atiné a hacer, casi involuntariamente, fue hacer una prosternación de agradecimiento ante el Señor de los Mundos… “¡Oh Ka‘bah! Alabado sea Dios, Quien te engrandeció, ennobleció, y te convirtió en congreso y asilo de la humanidad y bendición y guía para el Universo!…”[9]. La Ka‘bah, de unos 15 metros de alto, que guarda una forma cúbica y simple, pero que al mismo tiempo es tan majestuosa y encierra entro de sí algo tan grande, tanta espiritualidad, tanta grandeza, tanta historia… La que fuera construida por primera vez por Adán, y reconstruida, tras el diluvio universal, por Ibrâhîm y su hijo Ismâ‘îl: «… y tomamos de Abraham e Ismael el pacto: “Purificad Mi Casa para los que llegan para circunvalarla, para realizar retiros espirituales, y para inclinarse y prosternarse…”» (Corán; 2: 125)… aquélla que no puede ser destruida por nadie porque su Protector y Dueño es Dios, aquélla que en el año del nacimiento del Bendito Profeta (BP) resistió el ataque de Abrahah y su ejército de cien mil soldados montados sobre elefantes, y fuera defendida por los pájaros de Abâbil, los que con pequeñas piedras exterminaron a todo el ejército opresor, con la anuencia de Dios.

¡Oh Ka‘bah! Cuán altiva y orgullosa te sentiste aquel día que divisaste a lo lejos esa imponente marcha dispuesta a llegar a ti que, coreando victoriosa, infundía temor y pavor en los corazones de todos los abusufianes que se refugiaban en sus casas para dar paso a los que te purificarían y te circunvalarían portando el grito de “No hay Dios sino Dios, Único, sin asociados. Suyo es el Reino y Suya es la Alabanza. Da la vida y la muerte, y tiene poder sobre todas las cosas. No hay divinidad sino Dios, Único, Único, Único. Cumplió Su promesa, dio el triunfo a Su siervo, y derrotó a los confederados (en su contra) Él solo…” ¡Oh Ka‘bah! ¡Qué alivio sentiste cuando Muhammad y ‘Alî te alcanzaron y comenzaron a arrojar de ti los ídolos que durante años te habían obligado a custodiar…! La Ka‘bah, donde rezar una sola oración equivale a rezar cien mil oraciones en otras Mezquitas…

Continuamos caminando hasta que llegamos al patio que la rodea, y vimos a cientos de peregrinos que la circunvalaban, por lo que me di cuenta de que no nos resultaría tan fácil hacerlo. Nos acercamos lo más que pudimos, hasta que divisamos Maqâm Ibrâhîm (el sitial del Profeta Abraham)[10], el cual debería mantenerse fuera de nuestro tawâf o circunvalación a la Casa de Dios. Por fin logramos llegar, y comenzamos a circunvalar la Casa, sin haber puesto intención todavía, puesto que debíamos comenzar desde el extremo oriental de la Ka‘bah, señalizado por una línea marrón dibujada en el piso, por lo que marchamos junto a la multitud, que nos guiaba hacia ella. Cuando estuvimos a punto de acercarnos a Hayar-ul Aswad (la Piedra Negra)[11], pusimos más atención, y cuando por fin estuvimos a un paso de la línea marrón, nos concentramos en poner nuestra intención de circunvalar la Casa; entonces, exclamando Al·lahu Akbar, dirigimos nuestras manos hacia la Piedra Negra en señal de saludo y de renovación de nuestro pacto con Allah, y comenzamos el tawâf, junto a muchos peregrinos que continuamente se incorporaban.

Resultaba difícil realizar el tawâf, puesto que, como es sabido en la escuela ya‘farita, mientras circunvalamos debemos caminar por nosotros mismos y no dejarnos llevar, y mantener nuestro hombro izquierdo constantemente en dirección a la Ka‘bah, puesto que si nos desviamos un momento, debemos retomar desde el lugar donde nos desviamos, y como generalmente es imposible debido a la multitud, deberíamos continuar con la multitud, y tras dar la vuelta, recién entonces retomar desde ese punto. Además, debíamos esmerarnos en mantenernos dentro de la distancia de aproximadamente trece metros que separa a la Ka‘bah el Maqâm Ibrâhîm (por lo que al pasar junto a él, éste debía estar a nuestra derecha), y al pasar por Hiyr Ismâ‘îl[12], éste debía encontrarse a nuestra izquierda y no debíamos ni rozarlo. Tampoco debíamos, en el momento del tawâf, pisar el shadhirwân, que es una saliente en diagonal que rodea la base de la Ka‘bah. Y todo ello sumado a la gran aglomeración y los empujones de mujeres y hombres, algunos de ellos muy robustos, nos resultaba difícil, sobre todo a las mujeres, poder realizar el tawâf sin ningún problema. Es por ello que los hermanos que nos acompañaban, hicieron un semicírculo por detrás nuestro para que pudiéramos las mujeres llevar a cabo nuestro tawâf sin ningún inconveniente.

Está de más decir que todo este esfuerzo que realizábamos encerraba mucha bendición y la complacencia de Allah. En cada una de las siete vueltas (ashwât), leíamos las súplicas preferibles pertinentes para cada vuelta, además de pedir y suplicar mucho a Allah por nuestros seres queridos y por nosotros mismos; así mismo lo hacían, a nuestro alrededor, todos nuestros hermanos, de diferentes escuelas de pensamiento islámico, todos unidos en la misma intención, algunos leyendo las súplicas en árabe a otros que no podían hacerlo y que repetían todo lo que su guía les dictaba, y otros haciendo súplicas en su propio idioma. Y cada vez que pasábamos junto a la Piedra Negra, dirigíamos nuestra mirada y saludos hacia ella, en señal de renovar nuestro pacto: “Sabe que yo estoy firme en mi pacto de Unicidad”. Y en cada paso que dábamos, nos encontrábamos con otro lugar bendito, como la Canaleta de la Misericordia[13], el Multazam[14], el Mustayâr[15], el Hatîm[16], el Rukn Iamanî[17]

Mientras circunvalábamos la Ka‘bah, en realidad lo hacíamos alrededor del eje y símbolo del Tawhîd; alrededor de la Profecía, junto al sitial de Ibrâhîm y lugar de la invocación de Muhammad (BP): “Decid: No hay divinidad sino Dios, y triunfaréis”; alrededor del Imamato, alrededor de la que fuera la cuna del “nacido de la Ka‘bah”, en tanto que, justo arriba nuestro, en el cuarto Cielo, los Ángeles del Misericordioso circunvalaban Bait-ul Ma’mûr.

Cuando finalizamos la séptima vuelta, comenzamos a dirigirnos hacia el Maqâm Ibrâhîm, detrás del cual deberíamos realizar el salât-ut tawâf. Así, nos detuvimos lo más cerca posible detrás el maqâm y realizamos el salât de dos ciclos: «Y adoptad el sitial de Ibrâhîm como oratorio» (Corán; 2: 125).

Tras concluir el rezo, me detuve un momento a observar la vitrina del maqâm que guardaba las huellas de Ibrâhîm, e involuntariamente, al igual que la mayoría de los peregrinos, la besé, y me quedé reflexionando en lo que significaba dicho maqâm: «(La Casa de Dios) encierra señales evidentes: allí está el sitial de Abraham, y quienquiera se refugie en ella estará a salvo…» (Corán; 3: 97). De repente sentí unas fuertes palmadas en mi espalda y la voz de una de las guardias que me decía: “¡Harâm, Harâm!”. Nuevamente esas palabras, repetidas tan fácilmente y sin ningún recelo, cuando nunca antes yo había escuchado de nadie que besar por respeto un lugar tan sagrado pudiera tener algo de pecado, de la misma manera que lo hacemos cuando besamos por respeto la cobertura del Sagrado Corán. ¿Qué ideas nuevas eran aquéllas?

Me retiré de allí pensando en volver en otro momento, y bebí mucha agua de zamzam[18], en primer lugar para mitigar la sed que tenía debido al tawâf bajo aquel ardiente sol, y también porque es preferible hacerlo, antes de continuar con el trote entre Safâ y Marwâ… “¡Dios mío! Dispónla como conocimiento beneficioso, como una amplia merced y como curación e cualquier enfermedad y dolencia”[19].

Safâ y Marwâ son los nombres de dos colinas, separadas entre sí por unos 400 metros, y hoy en día esta distancia está recubierta por un techo, habiéndose convertido así en una especie de galería de dos caminos, uno de ida y otro de vuelta, habiénd

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