Civilización del Islam
HISTORIA
Por: Ricardo H. S. Elía
«El futuro y el pasado se parecen como dos gotas de agua» (Al-Muqaddimah, p. 101).
Ibn Jaldún
 
   Los musulmanes contaron entre los siglos IX y XVII con grandes historiadores que escribieron obras memorables. Gracias a Dios, y al trabajo de estos eruditos y de los arabistas e islamólogos occidentales, es que se ha podido reunir muchos de estos datos y elaborar una mínima cronología del Islam.
   La historiografía en el Islam se ha expresado a través de una disciplina específica, el tarij cuya equivalencia habitualmente admitida por los traductores es «historia». Vinculado a necesidades particulares y muy diversas de la vida práctica (religiosos, legislativos, jurídicos, políticos, administrativos, sociales, científicos), el interés por el pasado se manifestó desde el siglo I de la Hégira (VII de la era occidental). Se asiste entonces a un vasto movimiento —que no hará más que extenderse, especialmente entre los siglos VIII y XVII de la era occidental— de recopilación y escritura de informaciones de todas clases (ajbar: relatos, informaciones; athar: huellas, vestigios, declaraciones, obras; hadith: dichos, narraciones, tradiciones).
   Entre el siglo I y el IV de la Hégira (siglos VII al X d.C.), la cultura islámica acumula un vasto saber sobre el tiempo. Ese saber, que tiene sus raíces en la tradición árabe anterior, se enriquece con los aportes persas, indios, greigos y egipcios y se nutre de los trabajos de los astrónomos y los geógrafos. La magistral síntesis que de él lleva a cabo al-Biruni en la primera mitad del siglo V/XI impresiona por su tono de objetividad. Es la más vasta y rigurosa suma de conocimientos sobre el tiempo que el hombre haya acumulado antes de la época moderna. A partir del siglo II/VIII experimentan una expansión progresiva la datación, la adopción del orden cronológico y la elaboración de cuadros y esquemas. Consignar la fecha indicando el año, el mes y el día se impone ahora como regla casi absoluta cuando el historiador tiene que relatar la mayoría de los hechos. El contraste es manifiesto con la historiografía del Occidente medieval donde sólo a partir del siglo XI se generalizará el sistema cronológico unificado y donde todavía en el siglo XIV es poco segura la cronología de los principales acontecimientos.
   La originalidad de la historiografía musulmana, pero también sus límites, residen en su concepción de la información histórica (jabar). El jabar (pl. ajbar) es el hecho, el acontecimiento tal como lo trata el discurso o como se presenta en un “relato”. El historiador no se ocupa de los hechos desnudos, sino que parte de un elemento dado que es el relato tal como lo transmite la tradición, escrita u oral, o tal como lo presenta un testigo vivo (que puede ser el historiador mismo). Su tarea consiste pues, prioritariamente, en autentificar o validar los relatos mediante la crítica de los testimonios y de los cauces de transmisión. El historiador no endereza su labor a buscar o sentar hechos sino a acopiar, clasificar y organizar informaciones, fundamentando su validez. La verdad intrínseca de los relatos no pasa de ser cuestión relativamente secundaria hasta Ibn Jaldún, el cual erige el conocimiento de las leyes del umran (el orden humano, la sociedad) como fundamento de la crítica histórica.
   El historiador musulmán clásico está obligado a respetar, a menudo literalmente, los relatos que le llegan de la tradición. Y esos relatos puede clasificarlos en géneros muy diversos, organizarlos libremente en obras de compilación más o menos vasta, pero lo que no puede es elaborarlos a su guisa, reconstruirlos o refundirlos según una perspectiva propia.
   Por consiguiente, no hay en la historiografía musulmana reconstrucción del pasado a la manera griega ni historia teológica tal como se nos muestra en la Edad media cristiana. De ahí esa imparcialidad que suele reconocérsele. De ahí también su conceción de un tiempo estacionario que no lleva en su seno dinámica alguna de evolución o de progreso sino que simplemente ordena desde el exterior la sucesión de los acontecimientos. Una vez más Ibn Jaldún quien, al contemplar la evolución del nacimiento al ocaso, de vastos conglomerados humanos como los árabes, los bereberes, los persas y los “rum” (griegos, romanos, bizantinos), conferirá a esa visión una dimensión nueva.
   El primer período, que llega hasta el siglo III de la Hégira, culmina con esa suma que es el Kitab ar-rusul wa-l-muluk (Libro de los profetas y los reyes) de at-Tabari. La era de la Hégira entra rápidamente en vigor. El método de la isnad (constitución de una cadena de fiadores y crítica de los testimonios). concebido en un principio para satisfacer las necesidades de las ciencias religiosas, se aplica a la biografía del Profeta, al relato de las conquistas musulmanas y, progresivamente, a todo tipo de relatos.
   Aparecen los primeros relatos históricos, que a veces cristalizan en géneros: maghazi y sira (incursiones y biografía del Profeta), futuh (conquistas), ahdath (acontecimientos políticos principales), ajbar al-awa’il (narraciones relativas a los reyes y a las naciones anteriores al Islam), ayyam al-arab (relatos referentes al pasado de los árabes), ansab, ma athir, mathalib (genealogías, hazañas, vicios), biografías de sabios, también conocida como ‘Ilm al-Riyal (ciencia de las biografías), listas de maestros, crónicas políticas y administrativas, historias de las dinastías omeyas y abasíes, colecciones de cartas de los secretarios. Poco a poco se va imponiendo la costumbre de fechar hechos y acontecimientos y de seguir el orden cronológico.
   Ven la luz gran número de síntesis, como las Maghazi (sing. maghzat) de Muhammad Ibn Umar al-Waqidi (747-823), la Sira de Muhammad Ibn Ishaq Ibn Yasar (704-767), las Tabaqat (categorías; clasificaciones) de Ibn Sa’d (m. 845), las Ajbar al-tiwal (largas historias) de al-Dinawari (815-902), los Ansab al-Ashraf (nobles linajes) de Ahmad Ibn Iahia al-Baladhuri (m. 892) y el Tarij de al-Ya’qubi (m. 897). Todas estas obras forman ya una vasta literatura histórica de la que ha llegado hasta nosotros relativamente poco, pero acerca de la cual disponemos de un testimonio muy preciso gracias a la lista de los títulos de obras que se incluyen en las bibliografías elaboradas posteriormente, como el Fihrist (índice) deIbn al-Nadim al-Bagdadi (936-995), terminado en el año 377 de la Hégira (988 d.C.).
   El segundo período, el así llamado ‘clásico’, se caracteriza por la aplicación de todas esas tendencias, aunque con cierto menoscabo del método de las isnad (cadenas de testimonios) y, a la vez, por la aparición de nuevos géneros. Después de at-Tabari, pero sin ejercer la misma influencia que él, al-Mas’udi compone las Praderas de oro, otra historia de tendencia universalista. A partir del siglo IV de la Hégira (X d.C.), la historiografía, más o menos oficial, se apoya más decididamente en los archivos del estado o en los archivos provinciales. Así acontece con las obras de Hasan Ibn Thabit Ibn Sinán as-Sabi (el Sabeo).
   La historia de las ciudades se impone como género de importancia cardinal, con una abundante producción, cuyo ejemplo más ilustre es la Historia de Bagdad de al-Jatib al-Bagdadi. Al mismo tiempo se perfeccionan y multiplican los diccionarios biográficos, relacionados con la vida religiosa e intelectual: repertorios de poetas y de especialistas diversos, colecciones de doctores pertenecientes a las distintas escuelas teológico-jurídicas, catálogos de escritores, vidas de santos, etc. La tradición historiográfica se implanta sólidamente y florece en las diversas regiones del dominio islámico.
   En cuanto al tercer período, que se inicia a mediados del siglo V de la Hégira (XI d.C.), tiene su origen en la ruptura causada por las profundas transformaciones políticas que en aquella época experimenta el mundo del Islam. El horizonte de la producción historiográfica se enconge y estrecha hasta mediados del siglo VI (XII d.C.). seguidamente, es Siria la que va a desempeñar durante algún tiempo un papel prominente, con historiadores como Ibn al-Tayyi, Ibn Abi al-Dam e Ibn al-Nazif, autores de grandes historias universales, a los que un poco después viene a continuar Ibn al-Atir, autor de al-Kamil (Libro completo de las crónicas). Le toca después a Egipto la suerte de ser la cuna de grandes historiadores como Ibn Hayar, al-Maqrizi, al-Ayni, Ibn Tighiribirdi, al-Sajawi y al-Suyuti. En el Magreb vive y escribe por la misma época Ibn Jaldún, cuya obra innovadora será admirada en su siglo pero sin que tenga continuadores. Por último, le tocará el turno a los historiadores otomanos que se extienden hasta el siglo XIX.
   Algunas categorías de hechos dan lugar a la formación, a partir del siglo II de la Hégira (VIII d.C.), de campos más o menos autónomos: maghazi y sira (campañas militares, biografía del Profeta), en particular con Muhammad Ibn Muslin Ibn Shibab az-Zuhri (m. 724); hadith (tradición del Profeta), que parece contar con el primer beneficio del esfuerzo más sistemático del tadwin (reunión de escritos dispersos), y del tasnif (puesta en orden siguiendo unos criterios precisos), en particular con: Ibn Yuraiy (m. 767), Abdallah Ibn al-Mubarak (m. 797) y Sufián Ibn Uyayna (m. 811).
   Paralelamente, desarrolla en torno del hadith o hadiz (en plural, ahadith, en castellano «hadices») —que se constituirá de manera progresiva en disciplina independiente— un método de crítica y de establecimiento de las cadenas de los testimonios (isnad) que tenderá a recubrir con rigor todo el campo en relación con la recopilación de huellas del pasado.
   Hay seis colecciones clásicas de tradiciones o ahadith del Profeta Muhammad de la escuela sunni que se conocen como Al-Sihâh Al-Sittah (“Las seis compilaciones de tradiciones auténticas»), a saber:
   1. Sahih al-Bujari, de Abu Abdillah Muhammad Ibn Ismail al-Bujari (810-870).
   2. Sahih Muslim, de Abu al-Husain Muslim Ibn al-Hayyay al-Qushairi al-Nishaburi (820-875).
3. Sunan Abu Daud, de Abu Daud Suleimán Ibn al-Ash’az al-Azdi al-Sawistani (817-889).
   4. Sunan Ibn Mayah, de Abu Abdillah Muhammad Ibn Iazid Ibn Mayah al-Raba’i al-Qazvini (824-886/87).
   5. Yami’ah at-Tirmidhi, de Abu Isa Muhammad Ibn Isa Ibn Sawrah Ibn Shaddad at-Tirmidhi (824-892/93).
   6. Sunan al-Nasa’i, de Abu Abderrahmán Ahmad Ibn Alí Ibn Shu’aib al-Nasa’i (830-915/16).
   Las cuatro colecciones pertenecientes a la escuela shií incluyen además de las tradiciones y dichos del Profeta, los de su Familia y Descendencia purificada, Ahlul Bait (Gente de la Casa), a saber:
   1. Al-Kafi fi’ilm ad-din (Lo suficiente en la ciencia de la fe), de Abu Ya’far Muhammad Ibn Yaqub al-Kulaini (m. 939), compuesta de 16.099 hadices.
   2. Kitab man la yahduruhu al-faqih (Tratado para quien no puede acceder al jurista), de Abu Ya’far Muhammad Ibn Alí Ibn Babuya al-Qummi (m. 991), compuesta de 9.044 hadices.
   3. Tahdhib al-ahkam (La educación en los mandatos jurídicos), de Abu Ya’far Muhammad Ibn al-Hasan at-Tusi (m. 1068), que consta de 13.590 hadices.
   4. Al-Istibsar (La percepción profunda), de Abu Ya’far Muhammad Ibn al-Hasan at-Tusi (m. 1068) con un total de 5.511 hadices.
   A continuación, vieron la luz diferentes formas de síntesis, como los ajbar y athar. Compilaciones más o menos extensas de informaciones relativas a los soberanos del Islam y de los reyes o naciones de los tiempos preislámicos, tales como at-Tarij al-Kabir de Ibn Abi Jaithama (801-892), y Muruw adh-Dhahab de al-Mas’udi (m. 957). Recopilaciones de ajbar semihistóricos semil-literarios, como el Kitab al-arif de Ibn Qutaibah (m. 889). Colecciones de biografías clasificadas por categorías y/o localidades, tales como los Tabaqat de al-Nishaburi o el Tarij al-kabir de al-Bujari, autores citados anteriormente. Compilaciones de genealogías, en particular con autores como Abu-l-Yaqzán (m. 805), al-Ashma’i (m. 830) y az-Zubair Ibn Bakkar (m. 870).
   La palabra tarij significa en principio: era, datación, cronología. A partir del siglo VIII de la era occidental (II de la Hégira), designa los escritos en los que se hace un uso más o menos sistemático de la datación y de la cronología (colecciones de biografías de sabios, informaciones relativas a los califas y a los funcionarios, hechos administrativos), así como tratados de cronología. Sólo hasta los siglos XI-XII, aproximadamente, el tarij no intenta presentarse como una disciplina (‘ilm), aplicándose a todas las formas de colecciones y compilaciones de los ajbar, cualesquieran sean sus temas. Lo que parece justificar este uso de la palabra tarij, es el deseo de abarcar todos los hechos dignos de memoria, integrándolos, en la medida de lo posible, en una cronología y consignándolos según unas reglas rigurosas de notación (dabt).
   Ibn Jaldún (ver aparte), que justamente critica este método, que juzga insuficiente, y propone un nuevo método de comprobación de los hechos fundado sobre el conocimiento de la leyes de la sociedad, no discute en lo fundamental esta concepción global del tarij. Véase Franz Rosenthal: A History of Muslim Historiography, E.J. Brill, Leiden, 1968.
   Ahmad Ibn Abu Ya’qub Ibn ya’far Ibn Wahb Ibn Wadih al-Ya’qubi (m. 897). Historiador y geógrafo musulmán shií nacido en Irak. Hacia 870 vivió en Armenia y Jorasán bajo el patronazgo de los Tahiríes. Viajó a la India y al Magreb (Occidente musulmán) y murió en Egipto. Autor de Tarij Ibn Wadih, una historia universal redactada hacia 872 (edit. por M.Th. Houtsma, Historiae, Leiden, 1969). Tambien compuso el Kitab al-buldan, un tratado sobre geografía histórica, el primero de su clase en la literatura árabe.
   Abu Ya’far Muhammad Ibn Yarir at-Tabari (839-923) nació en Amol, Tabaristán (hoy provincia de Mazandarán, República Islámica del Irán). Viajó por Egipto, Siria y el Irak, y se estableció en Bagdad a orillas del Tigris, lugar donde murió, razón por la que muchos imaginan que su origen era árabe. Fue un historiador y teólogo consumado. Su obra principal es Kitab ajbar ar-Rusul ua al-Muluk (Crónica de los Profetas y de los Reyes), que parte desde la creación del mundo hasta el año 915 d.C. (traducida por M.J. de Goeje como Annales, 15 vols., Leiden, 1964). También es muy conocido por su Tafsir o Exégesis del Sagrado Corán.
   Abu Bakr Muhammad Ibn Umar Ibn Abdul Aziz Ibn al-Qutíyya (muerto hacia 977) es uno de los más importantes historiadores y filólogos de al-Ándalus. Su apodo quiere decir «el hijo de la goda» Nació en Córdoba y murió en Córdoba. Era descendiente de Sara la Goda, sobrina del rey Witiza (m. 710), desposada con un musulmán. Su obra Tarij iftitah al-Andalus (“Historia de al-Ándalus”) es fundamental para comprender la entrada de los musulmanes en la Península. Este manuscrito se guarda en la Biblioteca Nacional de París. Véase la traducción de Julio Ribera y Tarragó: Historia de la conquista de España de Abenalcotía el cordobés, Madrid, 1926.
   Abu Ali Ahmad Ibn Muhammad Ibn Ya’qub Ibn Muskuyah (c.932-1030), arabizado Miskawayh, fue un historiador, científico y filósofo persa de pensamiento shiï nacido en la ciudad de Rayy, en el seno de una familia de origen mazdeo. Sus investigaciones y estudios abarcan numerosas disciplinas, entre ellas la alquimia. Su obra histórica principal, Kitab Tayarib al-umamwa ta’qub al-himam (Libro de las historias de las naciones), trata especialmente de la dinastía shií de los Buyíes que en la siguiente centuria va a continuar Abu Shuja. También es conocido por su tratado de ética, Tahdhib al-ajlaq (La reforma de las costumbres) que tuvo eco en la obra de Nasiruddín At-Tusi (ver aparte). Ibn Miskawayh recibió una fuerte influencia de las ideas de Avicena. Cuando Ibn Miskawayh falleció en 1030 en Isfahán, Avicena vivía en esa ciudad bajo la protección del emir Ala al-Daula, del que Ibn Miskawayh había sido tesorero.
   Véase Muhammad Arkoun:
   Uno de los más notables de los cronistas andalusíes, a través de quien podemos aproximarnos al reflejo oficial de la historia de al-Ándalus. Abu Marwán Hayyán Ibn Jalaf Ibn Hayyán fue hijo de un alto funcionario del canciller del califa Hisham II, Muhammad Ibn Abu Amir al-Mafiri (940-1002), más conocido como Al-Mansur (“el Victorioso”), latinizado Almanzor, el gran estratega y conquistador de Barcelona y Santiago de Compostela.
   Ibn Hayyán nació en la mejor Córdoba califal, en 987-988, y murió en la taifa de Córdoba, ya ocupada por Sevilla, en 1076. Legalista pro-Omeya, como lo sería su compatriota Ibn Hazm, criticó amargamente la caída de esta dinastía, la ruptura del centralismo andalusí, la guerra civil en un país disminuído, pero supo adaptarse a los cambios, y el prestigio que logró, incluso entre sus contemporáneos, componiendo una única obra, su «Historia» (dividida en dos partes: Kitab al-muqtabis fi-tarij rishal al-Andalus y Kitab al-muqtabas fi ajbar balad al-Andalus), sobre toda la historia de al-Ándalus, hasta pocos años antes de su muerte, le permitió no sólo mantenerse en Córdoba toda su vida, sino expresar cuanto quiso, reflejando su criterio, y dando una dimensión activa a la escritura histórica.
   Abu Bakr al-Turtushi (c.1059-c.1126) nació en Turtush, nombre árabe de Tortosa . Su padre, muy probablemente fue el alfaquí y cadí Abu l-Qasim Jalaf Ibn Sulayman Ibn Fathum (m. 1111), nacido en Orihuela y residente en Játiva y Denia. Luego de estudiar y escribir sus primeras obras en Zaragoza, en 1083 se dirigió al Oriente, dos años ante de la caída de Toledo (1085) y tres años antes de la llegada de los almorávides (1086). Nunca volvería a al-Ándalus. Luego de hacer escalas en Alejandría y Antioquía se establece en Irak donde perfecciona sus estudios teológicos en Bagdad, Basora y Wasit entre 1084-1097. Hace la peregrinación a La Meca (1087), vive en Jerusalén —donde tiene un encuentro con al-Gazali (ver aparte)— y Damasco (1087-1096) y finalmente fija residencia en Alejandría donde muere (1096-1126).
   Al-Turtushi es un consumado teólogo, jurisconsulto e historiador. Sus obras principales son Siray al-Muluk (Abubéquer de Tortosa: Lámpara de los príncipes, 2 vols., traducción española de Maximiliano Alarcón, Madrid, 1930-1931) y Kitab al-Hawadit wa-l-bida‘ (El libro de las novedades y las innovaciones), traducción y estudio de Maribel Fierro, CSIC, Madrid, 1993.
   Abu-l-Fath Muhammad Ibn ‘Abd al-Karim al-Shahrastani (1076-1153), historiador de origen persa nacido en Shahrastãn (Jorasán). Afiliado a la escuela asharita de jurisprudencia, escribió un libro de teología titulado Nihãyat al-Iqdãm fiilm al-Kalãm (“Los límites de la habilidad en teología”) y una obra sobre filosofía llamada Musana‘ãt al-Falãsifah (“Las producciones de los filósofos”). Sin embargo, al-Shahrastani es conocido por su trabajo sobre las religiones que marcó un hito en su tiempo: el Kitab al-Milal ua’l-Nihal (“Libro de las religiones y sistemas de pensamiento).
   Un contemporáneo de Ibn Munqidh fue el cronista damasceno Ibn al-Qalanisí (1070-1160), que ocupó altos cargos en la antigua capital de ash-Sham (Siria). Dejó una compilación intitulada Zail ta’rij Dimashq que abarca la historia de Damasco entre 1075 y 1154, en la cual una buena porción narra las peripecias sufridas por los musulmanes durante las dos primeras invasiones cruzadas. También es una fuente valiosísima para conocer detalles biográficos de personajes de la época, como el cadí Abu al-Fadl Ibn al-Jashshab, el general mameluco Maudud, el ortóquida Balak, Imaduddín Zengui y su hijo Nuruddín (Véase Terry Jones y Alan Ereira: Crusades, Penguin/BBC Books, Londres, 1996, y el double video pack de la serie homónima de la BBC de 195 minutos).
   Imaduddín, llamado al-Katib al-Isfahani (el Secretario de Isfahán), es el biógrafo por excelencia del sultán Salahuddín Yusuf Ibn Ayub (1137-1193), llamado Saladino por los europeos, el mismo que venció a los cruzados en los Cuernos de Hattin (Lago Tiberíades) y reconquistó Jerusalem en 1187. Imaduddín nació en Isfahán, Persia, en 1125, y estudió en la Nizamía, la famosísima universidad islámica de Bagdad. Hacia 1167 se trasladó a Damasco y allí conoció a Salahuddín. Desde entonces lo acompañaría en todas sus campañas. Su obra principal es al-Fath al-Qussí fi’l Fath al-Qudsí (ed. de Landsberg, Leiden, 1888), que es una historia de la reconquista de Siria y Palestina por Saladino. También es autor de una importante antología de poetas musulmanes de su siglo llamada Jaridat al-qasr wa-waridat ahl-al-asr, una historia de los selwukíes (Nusrat al-fatra), y una historia general de Siria y Egipto (Sana al-Barq al-shami). Murió en 1201. Véase David Nicolle: Hattin 1187. La mayor victoria de Saladino, Osprey/Ediciones del Prado, Madrid, 1995.
   Aunque muy poco es lo que sabemos sobre el alfaquí e historiador andalusí Abu Marwán Abd al-Malik al-Tawzari Ibn al-Kardabús (vivió entre la segunda mitad del siglo XII y principios del XIII), podemos precisar que estudió en Alejandría y su vida transcurrió prácticamente en la ciudad de Tawzar (Tozeur) en Ifriqiyya (Tunicia meridional). Su Kitab al-iktifá fi ajbar al-julafá (“Libro de lo suficiente relativo a la historia de los califas”), es una historia general del Islam, desde los tiempos del Profeta hasta la época del califa almohade Abu Yusuf Ya’qub al-Mansur (que gobernó entre 1184-1199), el constructor de la torre minarete de la Giralda de Sevilla. Esta obra fue traducida por el profesor Felipe Maíllo Salgado de la Universidad de Salamanca con el título Historia de al-Andalus (Akal, Madrid, 1993), y en ella encontramos datos interesantes, como el origen shií del general Musa Ibn Nusair (640-717), el primer gobernador de al-Ándalus (ver pp. 56 y 57).
   ‘Abd al-Wãhid Ibn al-Tamimi al-Marrakushi nació el 8 de julio de 1185 en Marrakesh (Marruecos), capital del imperio almohade. Realizó estudios en la ciudad de Fez y hacia 1208-1209 pasó por Sevilla para establecerse en Córdoba por dos años. Luego de una corta visita a su ciudad natal, decidió finalmente establecerse en Sevilla y trabajar al servicio del gobernador almohade de al-Ándalus. A fines de 1217 decide realizar un viaje al Este pasando por Ifriqiyya (Túnez) y llegando a Egipto. Parece ser que permaneció el resto de su vida en Oriente de acuerdo a su propio testimonio. Estuvo en el Alto Egipto hasta 1220 y luego hizo la peregrinación a La Meca tres años más tarde. En 1224, probablemente en Bagdad, compiló su obra principal: Muyiz fi Taljís Ajbar al-Magrib (“Resumen de las Noticias del Poniente”)
   El Muyiz ofrece una historia bastante precisa de la historia de al-Ándalus hasta la época almohade. El autor se basa más en sus memorias y experiencias personales más que en la historiografía oficial almohade. Para los primeros períodos de su historia, al-Marrakushi basa sus observaciones en las fuentes del historiador andalusí al-Humaydi (1029-1095). El valor de la obra de al-Marrakushi, está realzado por su rico material concerniente a la historia literaria, especialmente del siglo de las primeras Taifas (c.1010-c.1090). Se ignora la fecha y lugar de su muerte.
   Abu Abdallah Muhammad Ibn Abdallah ibn Abu Bakr al-Qada’i, conocido por Ibn al-Abbar (Al-Abbar era el laqab o sobrenombre de su antepasado acaso indicativo de su oficio: ‘fabricante de agujas’), nació en Valencia en 1199 y murió en Bugía (Argelia) en 1260. El principal historiador andalusí de la escuela de pensamiento shií. Durante su estadía en Tunicia escribió Takmila li-Litab al-Sila, sobre biografías de sabios de al-Ándalus. En Bugía o Bejaïa redactó al-Hullá l-siyara, biografías de los príncipes poetas que hubo en el Islam, I’tab al-Kuttab (Disculpa de los secretarios) y Durar al-simt fi jabar al sibt (Las cuentas del collar de la historia del nieto —del Profeta, es decir al-Husain Ibn Alí), su obra principal. Esta es una exposición del Shiísmo a través de los hechos históricos y las biografías de Ahlul Bait (la descendencia del Profeta del Islam). Veáse Ibn al-Abbar: La Epopeya de los Alíes, Miraguano Ediciones, Madrid, 1990.
   Otro historiador también originario de Marrakesh fue Ibn Idhari al-Marrakushi, que floreció hacia 1270. Es muy conocido su trabajo histórico llamado en árabe Kitab al-bayán al-mugrib fi ajbar muluk al-Andalus wa-l-Magrib (traducido por Felipe Maíllo Salgado bajo el título La caída del Califato de Córdoba y los Reyes de Taifas, Universidad de Salamanca, Salamanca, 1993). Hay otra versión de esta obra que parece que terminó hacia 1316 titulada «Historia de al-Andalus» (Málaga, 1999).
   Yusuf Ibn Rafi Ibn Shaddad, conocido como Baha al-Din (1145-1234) fue un historiador que enseñó en Bagdad y Mosul. Entró al servicio de Saladino poco antes de la batalla de Hattin (1187) y fue, hasta su muerte, un confidente y consejero del sultán. Fue cadí (juez islámico) del ejército musulmán que combatía a los invasores cruzados y de al-Quds (Jerusalem). Malik az-Zahir lo hizo cadí de Alepo, cargo en el que continuó durante el breve reinado de su hijo Malik al-Aziz (muerto en 1236). Es famosa su biografía de Saladino (Sirat Salahuddín), publicada en francés por Méditerranée, París, 1981.
   Abu al-Hasan Alí Izzuddín Ibn al-Atir, latinizado Abenaltir, nació en vazira Ibn Umar, sobre el Tigris, al pie de las montañas del Kurdistán, en 1160, y falleció en Mosul en 1234. El historiador Ibn Jalikán le encontró en Alepo, Siria, en 1229, y ensalza su extrema modestia. Su historia universal, Kitabal-Kamil fil Tarij (Libro completo de las crónicas), se extiende desde la creación hasta el año 1231. Son muy interesantes sus detalles y comentarios sobre las invasiones cruzadas y el punto de vista musulmán al respecto. Esta fue traducida por el islamólogo sueco Carl J. Tornberg y publicada por E.J. Brill en Leiden, 1851-76. Para ampliar sobre este tema, consultar la obra de David Nicolle: Medieval Warfare Source Book. Volume 2:Christian Europe and its Neighbors: Christian-Muslim Confrontation (750-1050), pp. 49-88; Crusade, Reconquista and Counter-Crusade (1050-1400), pp. 223-282; Arms and Armour Press, Londres, 1996.
   Abu al-Hasan Alí Ibn Yusuf Ibn al-Qifti (originario de Qift, antigua Coptos, en el Alto Egipto), nació en 1172 y murió en 1248. Ejerció cargos políticos, como el de visir de Alepo en tiempos de al-Malik al-Aziz. De sus veintiséis obras se conocen sus títulos, pero sólo nos han llegado dos. Su obra principal es Ajbar al-Ulamá (Información a los Sabios) y consta de 414 biografías de médicos, filósofos y astrónomos. La otra, Tarij al-Hukumá (Historia de los polígrafos), contiene alrededor de un millar de biografías de sabios de todas las disciplinas y fue editada por Lippert en 1903.
   Otro dos grandes cronistas contemporáneos de al-Qifti son el damasceno Sibt Ibn al-yauzi (1186-1256), que publicó una voluminosa historia universal titulada Miraat az-zamán (El espejo del tiempo).
   Kamaluddín Abu-l-Qasim Umar Ibn al-Adim (c.1191-1262) fue un diplomático y político que viajó mucho por Siria, el Hiyaz, Irak y Egipto, y escribió una ‘Crónica de Alepo’ llamada Buguiat-ut Tálab (publicada por el Instituto francés de Damasco en 1968), su ciudad natal; es una relación, en diez tomos, de los sabios y personajes históricos de Alepo, abreviada por el autor con el poético título de Zubdat-ul-Halib (La crema de leche); Alepo es una forma afrancesada tomada del árabe halab o halib, que significa ‘leche’. La tradición musulmana menciona el origen de tal nombre: el Profeta Abraham (Ibrahim), habría acampado en la cumbre que hoy corona la alcazaba de Alepo (ver aparte), durante su migración entre su ciudad natal Ur (la antigua Edesa, la actual Urfa en Turquía) y el Haurán (sur de Siria), y habría ordeñado su vaca roja.
   Cuando los mogoles conquistaron Alepo (26 de enero de 1260), Ibn al-Adim acompañó al príncipe ayubí al-Malik an-Nasir a Egipto. A pesar de todo, Hulagú, el nieto de Genghiz Jan, le designó gran cadí de Siria y, por esa razón, regresó a Alepo, y viendo a su querida ciudad en ruinas la lloró en una elegía, de la que se ha conservado un fragmento. Ibn al-Adim era un hábil calígrafo, y la Biblioteca Imperial de San Petersburgo (ex Leningrado) guarda modelos de escritura trazados por su mano. Falleció en El Cairo el 21 de abril de 1262.
   Véase D. Morray: An Ayyubid Notable and his World. Ibn al-Adim and Aleppo as Portrayed in his Biographical Dictionary of People Associated with the City, E.J. Brill, Leiden, 1994.
   Abdurrahman Ibn Ismail, llamado Abu Shama (1203-1268), nació y murió en Damasco, viviendo un tiempo en Alejandría. La historia de los reinos del atabeg sirio Nuruddín y el sultán Salahuddín, es su obra principal titulada Kitab ar-Raudateinfi ajbar al-daulatein (Libro de los dos jardines), publicado por M. Hilmi Ahmad, El Cairo, 1962. Véase también referencias en la obra de Steven Runciman: Historia de las Cruzadas, 3 vols., Alianza, Madrid, 1999.
   Shamsuddín Abu-l-Abbás Ahmad al-Barmaki Ibn Jalikán nació en Irbil, o Arbel
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