Era una noche fresca de otoño. A esa hora de la noche, la ciudad de Nayaf, cansada de los alborotos de los visitantes y los vendedores ambulantes se había entregado a los vientos estacionales de finales de otoño. Seied Yawad subió un poco la mecha de su lámpara que estaba a punto de apagarse por el soplo del viento. Cerró su libro, dio la espalda a las rejas del balcón, y mientras se cubría con su manto exclamó: - ¡Señora! Esta noche tengo mucho que hacer, por favor prepare mi cena más temprano que de costumbre...