La lucha y la resistencia del General Suleimani no solo eran física, iba más allá pues obedecían a una raigambre espiritual la cual era la esencia de su valor, pues no le temía a nada ni nadie fuera de Dios y como su siervo acataba los mandatos establecidos, por ejemplo cuando Dios decía: “¿Por qué no queréis combatir por Alá y por los oprimidos -hombres, mujeres y niños-, que dicen: «¡Señor! ¡Sácanos de esta ciudad, de impíos habitantes! ¡Danos un amigo designado por Ti! ¡Danos un auxiliar designado por Ti!»?” (Corán: 4:75).