Ramadán en Palestina; el mes más sagrado en el infierno más cruel

Masuma Chambi Saavedra

Poeta y escritora boliviana

Hoy, en Palestina, miles de niños, mujeres embarazadas, ancianos y hombres inocentes mueren de hambre, y aún así, ellos deciden ayunar. No hay nada más doloroso que saber que nuestros hermanos sufren injusticias en un mes tan bello. Mientras el mundo se sienta a cenar, en Gaza se rompe el ayuno con agua contaminada y dátiles rescatados entre ruinas. Mientras nosotros nos quejamos del calor, ellos ayunan bajo los escombros, sin techo, sin agua, sin electricidad, y aún así, su boca pronuncia "Alhamdulillah". Que Alá bendiga al pueblo de Palestina y sane sus corazones de todo dolor.

Siempre se dijo que Dios no odia a los pecadores como tal, sino a los hipócritas: esos que dicen ser algo y no lo son; los que se proclaman musulmanes, pero no rezan, no ayunan, no dan zakat; los que juzgan con la mirada sin verse primero a sí mismos. Esos son los verdaderos kuffar, que caminan sin poder ver siquiera la planta de sus pies.

Mientras tanto, en Gaza, no hay hipocresía posible. Allí la fe se demuestra con sangre. Ayunan, aunque sus estómagos ya estén vacíos por la fuerza, no por elección. Ayunan, aunque hayan enterrado a sus hijos esa misma mañana. Ayunan, aunque el hospital donde trabajaban ya no exista. Esa es la diferencia entre quien dice creer y quien cree, aunque el mundo se derrumbe.

Que no seamos hipócritas, que seamos honestos, más aún con el Creador. Porque el Ramadán no es solo abstinencia: es conciencia. Es mirar hacia dentro y reconocerse. Es tender la mano aunque duela. Es llorar en la noche, pero despertar con la certeza de que Alá escucha.

En Gaza, tienden la mano aunque solo queden huesos. Lloran en la noche mientras las bombas iluminan el cielo, y despiertan con la certeza de que Alá escucha entre el estruendo. Su fe no depende de mezquitas en pie —porque muchas ya son polvo— sino de un vínculo con el Creador que ni los tanques pueden destruir.

Que este mes no pase como uno más, sino que deje una huella imborrable en el corazón. Que la fe no sea solo un refugio, sino también un motor para ser mejores, para ser más humanos, para ser más luz en medio de tanta oscuridad. Alá es Grande, y su misericordia abarca a todo aquel que busca la paz con el alma limpia.

Los gazatíes buscan la paz con el alma tan limpia que duele. Limpia de odio, porque a pesar de todo, rezan por sus verdugos. Limpia de rencor, porque ayunan mientras los bombardeos no cesan. ¿Hay alma más limpia que la de quien ayuna sin saber si llegará al iftar?

Es sorprendente pensar cómo el Ramadán llega justo cuando más se necesita. Sin importar todo lo vivido, los errores cometidos, las veces que se ha llorado en silencio. El Ramadán se acerca y pone fin —o al menos una pausa verdadera— a toda esa tormenta de miedos infinitos que se avecina.

Para Gaza, este Ramadán no pausa las bombas, pero pausa el alma. En medio del genocidio, encuentran un respiro espiritual que ni la pólvora puede manchar. Por ello, ayunar en Palestina es desafiar la muerte con cada sorbo de agua que no se toma. Es decirle al mundo: "pueden matar nuestro cuerpo, pero no nuestra fe".

Es más que un mes, más que una festividad, más que una fecha. El Ramadán es la llamada sagrada de un Ser más grande e inmenso que el universo. Es la llamada a la paz, al amor. Es cuando el Más Misericordioso invita a Su propia casa a tomar el té.

Y los palestinos aceptan la invitación aunque su casa ya no exista. Toman té imaginario sobre los escombros, porque saben que Alá no necesita paredes para sentarse con ellos. Su mezquita es el cielo abierto, su alfombra de oración la tierra que aún guarda la sangre de sus mártires.

Todo musulmán retorna a Alá en este mes sagrado. Incluso cuando siente que lo ha perdido todo. Incluso cuando siente que su fe se ha desvanecido. Es imposible rechazar Su invitación; nadie tiene el corazón tan duro como para no acudir a Su encuentro.

En los hospitales de Gaza, donde duermen los heridos en los pasillos por falta de espacio, los enfermos ayunan aunque los médicos les digan que no es obligatorio. "Quiero que Alá me vea esforzándome", dice un niño con las piernas amputadas. Eso es retornar a Alá. Eso es no tener el corazón duro.

El Ramadán es esa paz que necesitábamos desde hace tanto. Es como la brisa fresca en un día caluroso de verano. Cuando llega, se siente alivio.

Es un tiempo de reflexión, un tiempo que es solo de uno. Pues mientras más se ayuna, mejor se siente uno. Porque se hace con amor, con devoción. Cuando se hace algo por amor, por más difícil que sea, se entrega el alma entera. Se quitan las máscaras, los velos, y uno se muestra tal cual es: transparente.

Los gazatíes no tienen máscaras que quitar. Llevan meses mostrando al mundo su transparencia, su desnudez, su vulnerabilidad. Y aún así, ayunan. No para impresionar a nadie, sino porque su amor a Alá es más grande que el hambre, más ancho que el dolor, más profundo que las fosas comunes que cavan cada día.

Retornar a Alá en Ramadán es recordarse a uno mismo cuál es el verdadero propósito de existir. Es comprender que el simple hecho de que aún respiramos —y por más dura que sea la vida, seguimos adelante— es un regalo. Es recordar que sin amor no se puede sobrevivir, que sin Alá la vida no valdría ni diez segundos.

Los palestinos lo saben mejor que nadie. Sobreviven sin lo mínimo, pero no sin Alá. Resisten sin electricidad, sin agua, sin medicinas, pero no sin fe. Su existencia misma es un milagro, un testimonio de que cuando solo te queda Alá, descubres que Alá es suficiente.

«Diles: ¡Oh, siervos Míos! Vosotros que os habéis excedido en detrimento propio, no desesperéis de la misericordia de Alá; por cierto que Alá puede perdonar todos los pecados, porque Él es Absolvedor, Misericordioso.»

— Corán, Surah Az-Zumar (39:53)

No importa cuántas veces se haya pecado ni cuántas veces se haya tropezado en el camino. Porque cuando llega el Ramadán, se tiene la oportunidad de recuperarlo todo.

Pero, ¿qué pecado han cometido los niños de Gaza para merecer esto? Ninguno. Y sin embargo, ayunan. Ayunan mientras el mundo mira. Ayunan mientras la ayuda humanitaria se bloquea en las fronteras. Ayunan mientras sus madres lloran. Su pecado, si acaso, es haber nacido en la tierra más amada y más castigada del mundo. Y aún así, Alá no los abandona. Su misericordia llega en forma de paciencia, de resistencia, de fe inquebrantable.

De demostrarse a uno mismo quién se es en realidad, quién se fue en el mejor momento y en quién uno puede convertirse. El Ramadán es como lavarse la mente y la conciencia con agua y jabón hasta purificarlas por completo. Es empezar desde cero, aunque se hayan dado mil pasos hacia el abismo. Es levantarse de nuevo, reiniciar, continuar sin mirar atrás, a pesar del miedo a lo que se avecina. Es aceptar que no se es perfecto, que nunca se lo será, pero que se puede mejorar e incluso alcanzar lo increíble.

Gaza nos enseña lo increíble: se puede perder todo y no perder la fe. Se puede enterrar a toda una familia y aún así rezar Fajr. Se puede ayunar sin comida para romper el ayuno. Eso no es humano, eso es divino. Eso es Alá sosteniendo a los que ya no tienen fuerzas para sostenerse solos.

«En verdad Allah ama a los que se arrepienten y se purifican.»

— Corán, Surah Al-Baqarah (2:222)

La única forma de distinguir a un musulmán de un kāfir es el sentimiento de su arrepentimiento honesto: ese suspiro profundo que da en la madrugada, el rechazo constante hacia aquello en lo que se ha convertido por la ceguera, el ablandamiento del corazón endurecido por el pecado. Pero sobre todo, por sus acciones y su intención de volver al camino correcto.

En Gaza, no hay suspiros fingidos. Cada lamento es real, cada lágrima es sincera. Se arrepienten de lo que no han hecho, porque el verdadero creyente siempre encuentra algo de qué arrepentirse, aunque sea de no haber amado lo suficiente. Y mientras tanto, el mundo endurece su corazón, ellos ablandan el suyo a base de dolor y fe.

Esa es la muestra de amor más grande que pueda existir. El amor puro del mu'min a su Creador. Un amor que no puede demostrarse sino derramando lágrimas de arrepentimiento. Un amor tan grande como el océano que se expande por el mundo. Un amor incomparable con cualquier otro, tan único y puro que duele.

Duele como duele Gaza. Duele como duele ver a un padre ayunar mientras su hijo busca comida entre la basura. Duele como duele saber que hay madres que no prueban bocado para que sus hijos tengan algo que comer al iftar. Ese amor duele, pero también salva. Salva el alma cuando el cuerpo ya no tiene salvación.

En esta época tan difícil, donde la hambruna y la guerra se apoderan de muchas tierras, quien tiene la posibilidad de ayunar no debe olvidarse de su fe.

Palestina no es una noticia más, es el recordatorio viviente de lo que significa ayunar de verdad. Cuando te levantas para el suhoor en tu casa cómoda, piensa en ellos. Cuando bebes agua fresca al atardecer, acuérdate de que en Gaza el agua es veneno. Tu ayuno es elección, el de ellos es supervivencia y fe. Que tu elección te acerque a ellos, que tu hambre voluntaria te una a su hambre forzada.

En este mes mucha gente muere, muere en el camino divino. Y es verdad: nunca se sabe si será el último Ramadán o no. Por eso debemos intentarlo una y otra vez. Rezar por quienes no pueden ayunar, por quienes se sacrifican en el camino divino y mueren en este mes.

Reza por los niños de Gaza que ayunaron y nunca volvieron a despertar. Reza por las madres que ayunaron mientras amamantaban con cuerpos desnutridos. Reza por los médicos que ayunaron mientras operaban sin anestesia. Reza por los periodistas que ayunaron mientras filmaban su propia muerte. Ellos son los mártires del Ramadán, los que se fueron con el estómago vacío pero el corazón lleno de Alá.

Es más que una muestra: es mostrar el verdadero rostro al Creador. Y qué mejor manera de hacerlo que en un mes tan puro que hasta el mismísimo diablo le teme.

El diablo tiembla ante Gaza. Tiembla porque ve cómo la fe vence a la muerte. Tiembla porque mil bombas no apagan una oración. Tiembla porque un niño palestino ayuna con más devoción que muchos adultos en sus casas con nevera llena. Si el diablo tiembla ante eso, nosotros deberíamos arrodillarnos ante semejante lección de fe.

Es hora de prepararse para su llegada, de empezar a poner verdadera conciencia en lo que está por venir. Estemos donde estemos, no podemos rechazar esta invitación tan bella que nos hace el Creador de la vida misma. Sin importar el estado en que nos encontremos, sin importar por lo que estemos pasando. Esta es una oportunidad de volver a empezar.

Y si puedes volver a empezar, hazlo pensando en ellos. Que tu Ramadán no sea solo hambre, sino conciencia. Que tu abstinencia no sea solo de comida, sino de indiferencia. Que tu oración no sea solo por ti, sino por los que ayunan bajo las bombas. Porque si ellos pueden, ¿cómo no vamos a poder nosotros?

«¡Oh, creyentes! Arrepentíos ante Al-lah en forma sincera, y vuestro Señor borrará vuestras faltas y os introducirá en los jardines del Paraíso por donde corren los ríos...»

— Corán, Surah At-Tahrim (66:8)

Alá es grande y siempre esperará con los brazos abiertos para que retornemos a Él, a donde pertenecemos.

Hoy, en Palestina, hay brazos abiertos pero no hay brazos. Hay cuerpos bajo tierra que ayunaron hasta el último aliento. Hay almas que volvieron a su Creador con la boca seca y el corazón húmedo de fe. Que Alá los reciba como merecen. Que Alá detenga la mano del opresor. Que Alá nos haga dignos de compartir el mismo cielo con aquellos que ayunaron en el infierno.

Que este Ramadán sea el despertar del mundo.

Que Gaza sea nuestra qibla en la intención, aunque La Meca lo sea en la oración.

Alá es Grande.

Y su misericordia, infinitamente más grande que el dolor de Palestina.

Todos derechos reservados. Se permite copiar citando la referencia.

www.islamoriente.com; Fundación Cultural Oriente

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