“Y no creáis en absoluto que aquellos que han sido matados en la senda de Dios están muertos. Sino que están vivos y provistos de todo junto a su Señor. Contentos por el favor que Dios les ha otorgado y felicitándose por aquellos que todavía no les han alcanzado y han quedado atrás, porque no tienen por qué temer y no estarán tristes” (Corán 3: 169 – 170).
Zarrinkub nació el 19 de marzo de 1923 (27 de esfand de 1301 del calendario iraní) en Boruyerd, Irán en el periodo de transición de la monarquía Kayar a la Pahlavi. El clima social y político de la década del 20 en Irán corresponde a un periodo de grandes eventos que tendrían su culminación con la revolución islámica de 1979.
Si quisiéramos ver cuál fue el momento más difícil del día de ‘Âshûrâ, debemos decir que fue el momento de la despedida del Imam con su familia y el Imam Saÿÿâd (la paz sea con ellos) porque, por un lado, vieron que luego del martirio de los hombres y jóvenes, el único apoyo que tenía se estaba despidiendo. Una despedida que no tendría regreso. ¿Qué harían, luego de él, en este vasto desierto, sin tener a nadie que los apoye? ¿En quién debían refugiarse? Más de ochenta mujeres y niños indefensos, ¿cómo deberían defenderse frente a los crueles ataques del enemigo?
El hermano del Imam Ĥusaîn (la paz sea con él), Abal Faḋl- il- ‘Abbas en el día de ‘Âshûrâ, reiteradas veces se encontró con su hermano para pedirle ir al campo de batalla. No obstante, el Imam (la paz sea con él) nunca le permitía debido a su valentía, bravura y esto es que él cumplía un importante rol al tener en sus manos la bandera del ejército de la verdad. Por ellos, todo cada vez que le pedía, el Imam le hacía desistir diciendo: “Tú eres dueño de mi bandera; y tu martirio sería señal del fracaso del ejército de Dios y señal de la victoria del ejército del Satanás”.
Jûâriẕmî relata lo mencionado en forma más detallada: “Luego del martirio de los fieles del Imam Ĥusaîn Ibn ‘Alî (la paz sea con él) cuando ya no habían quedado más que las mujeres, los niños y el Imam Saÿÿâd -que estaba enfermo-, se levantó la voz de pedido de auxilio del Imam: “¿Acaso hay alguien que quiera defender a la familia sagrada del enviado de Dios? ¿Acaso hay un monoteísta que tema a Dios por lo que nos está pasando? ¿Acaso hay un auxiliador que tenga esperanza en Dios para ayudarnos? ¿Acaso hay una ayuda que tenga esperanza en lo que está en manos de Dios para ayudarnos? “Oh, Dios mío, si nos privas de la victoria celestial en esta vida, otórganos algo mejor en la otra vida y vénganos de ellos”.
El Imam Ĥusaîn (la paz sea con él), habló dos veces con ‘Umar Sa’d, lo aconsejó e incluso le prometió compensar cualquier daño material. Quería guiarlo y orientarlo para que no cometa un crimen tan nefasto y no sea desdichado en esta vida y en la otra, pero sus ambiciones desmedidas y su ilusión por llegar al poder se habían apoderado del intelecto de ‘Umar Sa’d de tal modo que le habían arrebatado cualquier voluntad para decidir libremente. El Imam, en ambos casos, se enfrentó con una reacción negativa de su parte y, debido a ello, en una de sus frases, lo maldijo diciendo: “Que sea la voluntad de Dios que alguien te ataque, encontrándote en tu lecho y te degüelle, y que el Día del Juicio Final no te perdone. Espero que comas del trigo de Irak, solo un poco”.
En ese momento, el Imam salió de las filas de su ejército situándose frente a las filas del enemigo. Les pidió que se calmen y que escuchen sus palabras. Sin embargo, ellos continuaron hablando y haciendo bataola. Por ello, los invitó nuevamente a callarse: “Ay de vosotros, ¿por qué no os calláis para poder oír mis palabras siendo que los estoy convocando hacia la guía y la felicidad? Quien me siga, será feliz; y quien se oponga a mí, será quien perezca. Y todos vosotros, al no escuchar mi palabra estáis desobedeciéndome. Ciertamente, Dios ha sellado vuestros corazones debido a los obsequios ilícitos que habéis recibido y los alimentos ilícitos con los que habéis llenado vuestros estómagos. ¡Ay de vosotros! ¿Por qué no os calláis, por qué no me escucháis?”
Oh, siervos de Dios, temed a Dios y estad atentos y cautelosos en esta vida. Ciertamente, si hubiera sido posible otorgarle todo el mundo a alguna persona, o que esta pudiera permanecer eternamente en este, los profetas hubieran sido quienes tendrían más derecho a ello; y quienes hubieran tenido más prioridad para gozar de satisfacción; y quienes hubieran estado más satisfechos con aquello que Dios les decretó. Pero, en realidad, Dios ha creado el mundo para que perezca, entonces lo nuevo del mundo se envejece, sus mercedes se eliminan y sus alegrías se cambian a tristezas y congojas, la estadía en él es provisoria y su casa es una fortaleza transitoria. Entonces, tomad provisión de él, ciertamente que la mejor provisión es la piedad. Y temed a Dios para que seáis victoriosos.
Relata el difunto Muqarram que la noche de ‘Âshûrâ el Imam se alejó de las carpas. Nâfi’ Ibn Hilâl, uno de los compañeros se le acercó y le preguntó por la causa de su partida, diciéndole: “Oh hijo del enviado de Dios, vuestro acercamiento a la hueste de este hombre rebelde, en esta noche me ha preocupado y atemorizado mucho”.
Según Ṯabarî y otros, a la tarde del día jueves del noveno día de Muharram, ‘Umar Sa’d dio la orden de atacar. A esa hora, el Imam Ĥusaîn (la paz sea con él), fuera de su tienda, se había inclinado hacia su espada y un liviano sueño se apoderó de él. Cuando Ẕaînab al Kubrâ (la paz sea con ella), oyó la voz del ejército de ‘Umar Ibn Sa’d, se acercó al Imam diciendo: “Hermano, el enemigo se está acercando a las tiendas”. El Imam levantó su cabeza y dijo: “Ya he visto a mi abuelo, el enviado de Dios, en el sueño que me dijo: “Hijo mío, ciertamente que pronto regresarás hacia nosotros…”.