La vía mística
Por Abu Hamid M. Al-Gazzali
¡Qué diferencia existe entre, por una parte, el simple conocimiento de sus definiciones, de sus causas y de sus condiciones respectivas y, por otra parte, el hecho de estar uno mismo en buena salud o plenamente saciado! ¡Entre el hecho de estar ebrio y el conocimiento de la definición de la ebriedad (es el estado debido a los vapores que suben del estómago al cerebro!)! El borracho no conoce la definición y la ciencia de la ebriedad, tampoco duda de ella. Y quien está sobrio las conoce bien, aunque esté en ayunas. Del mismo modo, un médico enfermo conoce muy bien la definición de la salud, sus causas y los remedios que la restablecen: no obstante está enfermo. Y bien, conocer la realidad de la vía ascética, con sus condiciones y sus causas, es una cosa; pero es cosa totalmente diferente que estar efectivamente en el estado del alma del ascetismo y del desprendimiento de los bienes de este mundo. Así pues, comprendí con certeza que los místicos no son oradores, sino hombres que tienen ciertos estados de alma. Lo que podía aprenderse lo aprendí. El resto es asunto de degustación y de buen camino.
Gracias a mis investigaciones en el dominio de las ciencias, tanto religiosas como racionales, había llegado a una fe inquebrantable en Dios, en
Veía también con claridad que no podía esperar la felicidad eterna salvo en el temor de Dios y en el alejamiento de las pasiones, es decir, comenzando por romper los vínculos que tenía mi corazón con el mundo. Me era preciso abandonar las ilusiones de aquí abajo, para volverme hacia
Los médicos desesperaron: «el mal, dijeron, se ha instalado en el corazón, desde donde ha incidido en los humores; no hay otro remedio que librarlo de la preocupación que lo roe». Sintiendo mi impotencia, incapaz de decidirme, me remití a Dios, último recurso de los necesitados. Y fui satisfecho por Aquél que «escucha al necesitado, cuando éste le ruega» (Corán, 27:62). Él me volvió fácil la renuncia a los honores, al dinero, a la familia y a los amigos. Fingí querer viajar a la Meca, cuando me preparaba en Bagdad para partir hacia Damasco. Temía, en efecto, poner sobre aviso al Califa y algunos amigos. Me fue preciso, finalmente, usar ciertas estratagemas para abandonar Bagdad, decidido como estaba a no volver ya más. Me expuse así a los reproches de los iraquies, ninguno de los cuales podía suponer que yo pudiese renunciar, por motivos religiosos, a una enseñanza que representaba, ante sus ojos, la cima de la religión «ese es todo el conocimiento que pueden alcanzar» (Corán, 53:30).
Enseguida, la gente formuló las más diversas hipótesis. Algunos, en el exterior del Irak, creyeron que mi partida había sido impuesta por las autoridades. Otros, próximos a éstas, viendo su insistencia en conservarme y mi propio desprendimiento decían: « ¡Es un golpe del cielo, un encantamiento que ha golpeado a los musulmanes y a los sabios!» Abandoné, pues, Bagdad, después de haber distribuido mi dinero, y conservando tan sólo lo estrictamente necesario para alimentar a mis hijos. Efectivamente, mi dinero iraquí quedó reservado para las buenas obras, invertido en fundaciones piadosas destinadas a los musulmanes. Por lo demás, no veía en el mundo otro bien que el sabio pudiese utilizar mejor para su familia., Me trasladé a Damasco, donde pasé cerca de dos años, consagrado al retiro y a la soledad, al ejercicio y a los combates espirituales, totalmente ocupado en purificar mi alma, un pulir mi carácter, en limpiar mi corazón para que recibiese a Dios -en observar, pues, la enseñanza de los místicos-.
Me alojé durante algún tiempo en
Me bastará con declarar que los místicos siguen muy particularmente el Camino de Dios. Su conducta es perfecta, su camino, recto, su carácter, virtuoso. ¡Súmense, entonces, la razón de los razonables, la sabiduría de los sabios, la ciencia de los Doctores de
Muhammad, cuando fue a aislarse en oración, sobre el monte Hira y los árabes decían: «Muhammad arde en el deseo de Dios!» Quien practica el Camino gusta de estados de éxtasis semejantes. Y aquél que no los ha gustado puede, frecuentando a los místicos, recoger directamente su testimonio, cuyo contexto le dará una plena certeza, o bien, asistiendo a sus sesiones, beneficiarse con su fe (porque nunca son compañeros de infortunio). En cuanto a aquél que no ha podido frecuentarlos, que esté seguro de que todo ello está absolutamente probado, como lo he dicho en el capítulo ‘Aja’ib Al-Qalb de mi obra sobre «
Los otros son los ignorantes. Niegan, por principio, todo lo que se les dice sobre este tema, se asombran, escuchan no obstante, se burlan y dicen: «¡Qué de historias! ¡Qué divagaciones!». Es de éstos de quienes Dios ha dicho: «Entre los infieles, los hay que escuchan, pero cuando finalmente, salen de tu casa, les preguntan a quienes han recibido la ciencia: «¿Qué es lo que acaba de decir? Estos son aquellos cuyo corazón ha sido sellado por Dios y que siguen sus propias doctrinas perniciosas». (Corán, 47:16)
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