Armas oxidadas contra el Islam en su principio

Las calumnias indebidas, la prohibición de escuchar el Corán y el impedimento para la adhesión al Islam

Un análisis de la vida del Profeta del Islam; Mahoma (Muhammad) (PB)

Por: Aiatollah Yafar Sobhani

Las fuerzas de la idolatría estaban alerta das en todos los puntos de la península arábiga. Los quraishitas habían ordenado sus recursos y huestes para luchar contra la nueva religión que amenazaba su dominio.

Los idólatras trataron al principio que el Profeta (B.P.) se retractara pero no obtuvieron ningún resultado. Debieron enfrentar en aquella oportunidad una respuesta del Profeta que haría historia: “¡Por Dios!, que aunque pusieran el sol en mi mano derecha y la luna en mi izquierda no abandonaría mi misión”. Vimos ya como, al no llegar a ningún acuerdo por medios pacíficos y diplomáticos, los inicuos comenzaron a amenazar, torturar, y perseguir a Muhammad (B.P.) y sus discípulos. No descuidaron medio ni tiempo para perturbar a los musulmanes. No obstante, la valentía y resistencia de los musulmanes fue también en este frente motivo de triunfo. La presión y persecución fue tal que muchos debieron abandonar sus hogares y emigrar a Habashe (la actual Etiopía), para resguardarse allí y poder difundir la revelación monoteísta. Cuando aún no se habían cristalizado los planes violentos para erradicar de raíz el naciente Islam, los inicuos decidieron poner en uso otra arma, filosa y aguda: la difamación del Profeta (B.P.). Las molestias, presiones y persecuciones seguirían dirigidas contra los musulmanes habitantes de la Meca, pero este tipo de acciones no resultaban de utilidad fuera de ese ámbito. Los miles de peregrinos que todos los años se dirigían a la Meca, sede de la sagrada Ka‘aba, se ponían en contacto con Muhammad (B.P.) con total libertad y esto iba debilitando su idolatría, aunque todavía no confirmaran la profecía del Enviado de Dios.

Estos peregrinos, luego de abandonar la Meca, regresaban a sus ciudades de origen y, de esta forma, el nombre y prédica del Profeta del Islam y las noticias y rumores de la nueva religión se esparcían por toda Arabia. Esto era inevitable y constituyó un duro golpe para los adversarios idólatras, al par que sentaba las bases para la posterior difusión masiva del Islam. Los líderes de Quraish iniciaron entonces su plan de presión desgastante. Intentaban de este modo impedir la difusión del Islam y cortar toda comunicación entre la sociedad árabe y el Profeta (B.P.).

LAS CALUMNIAS INDEBIDAS

Se puede descubrir la jerarquía y virtudes de los grandes hombres debajo de la máscara de las ofensas e insultos que reciben de sus enemigos; El enemigo malintencionado trata de acusar a su rival para confundir a la gente. Presenta en su contra falsedades con una apariencia de realidad muy débil y rodeadas de excusas infundadas. De esta forma trama mentiras que resulten aceptables para ciertos grupos de personas, o al menos para ciertos grupos o niveles sociales. Las virtudes que enaltecen la personalidad de un gran hombre no son divulgadas por sus enemigos, pues si lo hicieran ello contrariaría sus intenciones. Tomando como base estas pautas el historiador e investigador de los sucesos del pasado puede llegar a delinear la personalidad real de un personaje a través precisamente de las mentiras y calumnias que se inventaron a su respecto, ya que puede suponer que sus enemigos jamás dejaron de propagar falsedades distorsionando e invirtiendo sus verdaderos valores. Cuando revisamos las primeras páginas de la historia del Islam vemos que, impulsados por su ciego rencor y odio, los quraishitas trataron denodadamente de destruir la creciente organización del Islam y rebajar, menospreciar el justo título de su Profeta. No obstante no obtuvieron réditos de sus calumnias. ¿Era posible que prosperaran sus calumnias respecto de quien, durante 40 años demostró a sus conciudadanos nobleza, lealtad, fidelidad, al punto que algunos de los principales de la tribu le entregaban sus bienes en custodia? ¿Cómo podrían acusarlo de sensualidad, siendo que transcurrió su juventud con una mujer mayor que él a la que respetó hasta su muerte y después de ello? Estas vulgares calumnias no obtendrían crédito en los oídos de la gente.

Finalmente los quraishitas decidieron discutir la situación en una reunión especial. Realizada ésta dijo Ualid: “Se acerca la peregrinación. Las muchedumbres se volcarán a la Meca y Muhammad aprovechará la oportunidad para difundir su religión. Es necesario que los líderes de la ciudad expresen sus puntos de vista sobre él y su doctrina, y que su opinión llegue a oídos de todos los árabes. Si discrepamos entre nosotros el plan no tendrá resultado”. Ualid se puso a meditar y preguntó qué calumnia podría atribuírsele a Muhammad. Alguien de los presentes propuso: “Digamos que es adivino”. A Ualid no le agradó la idea y replicó: “Lo que dice Muhammad no tiene semejanza alguna con la palabra de los adivinos”. Otro propuso: “Llamémoslo loco”. Ualid dijo: “¡Jamás! No existe en él señal alguna de locura”. Así, después de mucho discutir, resolvieron divulgar que el Profeta (B.P.) era un hechicero pues poseía magia en su habla; la prueba que aducirían era que a través del Corán había promovido la desunión entre los mequinenses, quienes previamente a la aparición de la revelación eran reputados por su unidad. Los exegetas del Sagrado Corán relatan este suceso en vinculación con la Sura AI-Muddazir, del siguiente modo: Cierto día Ualid escuchó algunas aleyas de la sura Fussilat (las detalladas). Se impresionó tanto que de inmediato se dirigió hacia su casa y no salió de ella por el término de unos días. Todos los quraishitas comenzaron a burlarse de él diciendo que había creído en Muhammad. Finalmente un grupo se dirigió a su casa y le pidieron que explicara que pensaba del Corán. En esa oportunidad cada uno de los que concurrieron sugirió calumnias contra Muhammad como las antes mencionadas, pero Ualid las rechazó. Luego sugirió: “Es un mago, ya que ha causado gran desunión entre nosotros. Divulguen que posee magia en su palabra”. Más tarde se revelaron al Profeta (B.P.) las siguientes aleyas: “¡Déjame solo con quien he creado solitario! Y agracié de infinita hacienda, e hijos, presentes; y agracié liberalmente. Y aún pretende que se lo acreciente. ¡Que va! ¡Por haber sido detractor de nuestras aleyas, le infligiré un cúmulo de vicisitudes! Porque meditó y conspiró. ¡Maldito sea, pues, como ha conspirado! Y una vez más, ¡maldito sea como ha conspirado! Entonces reflexionó; luego, frunció el entrecejo y miró con desdén; después renegó y se ensoberbeció; y dijo: ¡Este Corán no es más que una magia estudiada; no es más que la palabra de un mortal! ¡Pronto le introduciré en el Tártaro! Y, ¿qué te hará comprender lo que es el Tártaro? ¡No deja rastros de nada ni deja nada sin consumir! Carbonizador de la piel.” (74:11/29)

La insistencia por atribuirle locura.

Sabemos por numerosos testimonios históricos que el Profeta, desde su adolescencia, fue considerado entre su gente una persona fiel, leal y veraz. Hasta sus peores enemigos se humillaban ante sus virtudes y lo llamaban Al-Amín (Verídico, confiable, digno de fe). Inclusive hubo inicuos que le confiaron sus valiosas pertenencias hasta 10 años después de comenzada su prédica pública. Posteriormente, sin embargo, cuando su proclama comenzó a perjudicarlos, intentaron con todo su poder y fuerzas contaminar y desviar los pensamientos de sus seguidores atribuyéndole falsedades. Como obviamente no podían difundir mentiras sobre su conducta y carácter, ya que era por todos conocida su virtud, no tuvieron más remedio que decir que la fuente de sus palabras era su imaginación y su pensamiento extraviado y alienado. Cuando esto hacían lo proferían de manera insinuante, sibilina, como indica el Corán: “¿¡inventó una mentira contra Dios o está acaso loco?” (34:8)

El Corán nos enseña además que esta atribución de locura no se la efectuaron solamente al Profeta del Islam, sino que los impíos de otras épocas la aplicaron también para desmentir a sus Mensajeros.

“De igual manera, no se presentó ningún Mensajero, a quienes les precedieron, sin que dijeran: ‘¡Es un hechicero o un loco!’ ¿Acaso se lo han legado? ¡Que va! son un pueblo de transgresores”. (51:52/53) Inclusive en el Evangelio actual que poseemos se afirma que, cuando Jesús (P.) quiso aconsejar a los judíos éstos dijeron: “El diablo se apoderó de él, está divagando, ¿por qué lo escuchan?” (Juan, Cáp. X).

Obviamente que si los quraishitas hubieran podido inventar más mentiras sobre Muhammad lo habrían hecho, pero su noble conducta en los cuarenta años que precedieron a la Revelación no les permitían atribuirle otras falsedades. Estaban no obstante al acecho de cualquier circunstancia para sacar provecho y perjudicarlo. Se narra por ejemplo que algunas veces el Mensajero de Dios (B.P.) se sentaba, cerca de Maruah (una colina de la Meca) junto a un esclavo cristiano llamado Yabir. Rápidamente sus enemigos aprovecharon este hecho para decir que ese cristiano era quien enseñaba a Muhammad el Corán. El Sagrado Corán responde a. esta atribución sin fundamento en la siguiente aleya: “Bien sabemos que dicen: ‘Sin duda que un hombre se lo enseña’. La lengua de aquel a quien aluden es foránea, mientras que la de este Corán es la lengua arábiga castiza. “(18: 103)

La rivalidad de Nadr Ibn Hariz.

El arma de la calumnia contra el Profeta (B.P.) no funcionó porque la gente distinguía en el Corán una elevación espiritual, un discurso tan perfecto en la síntesis de sabiduría y belleza, que se introducía en sus almas haciéndolas inmunes a aquellas falsedades.

Ante el fracaso de su intento los quraishitas urdieron un complot muy infantil imaginando que con el mismo podrían privar a Muhammad de su auditorio. Eligieron para ello a Nadr, un inteligente y eficaz quraishita que había pasado parte de su vida en Hirah e Irak, y que recordaba en consecuencia muchas historias sobre los reyes de Persia y sus héroes, como Rostam y otros. Se lo designó así para convocar a las multitudes, ya fuera en el mercado o en la calle, y relatarles las aventuras de los reyes de Persia. De esta manera esperaban impedir que la gente escuchara la palabra de Muhammad. Para menospreciar el Corán Nadir decía continuamente: “¡Gente! ¿Qué diferencia hay entre mis palabras y las de Muhammad? El les cuenta las historias de los grupos que fueron castigados por la ira divina en cambio yo les cuento las historias de los que siempre permanecieron bajo las mercedes y la felicidad, imperando largos años en la tierra”.

Este plan fue tan ridículo que no duró más que unos días. Los propios quraishitas se cansaron de oír sus relatos y comenzaron a desatenderlo. A raíz de esta situación se revelaron varias aleyas de las cuales solamente mencionaremos dos: “Y dicen, además: ‘¡Son fábulas de los primitivos que copió, que se las dictaban mañana y tarde!’ Diles: ‘Lo reveló (el Corán) Quien conoce el misterio de los cielos y de la tierra; porque es 1ndulgentísimo, Misericordiosísimo’. “(25:5/6)

LA PROHIBICION DE ESCUCHAR EL CORAN

Los planes que la jerarquía idólatra de la Meca había urdido se pusieron en práctica uno tras otro sin éxito. Durante un tiempo se entregaron entonces a propagar calumnias sobre el Profeta pero tampoco por esta vía obtuvieron resultados. Se afirmaba más Muhammad en su misión y la influencia del Islam se extendía lenta pero seguramente.

Los líderes quraishitas decidieron entonces prohibir bajo severas penas la audición del Corán, y para hacer cumplir su disposición pusieron espías en toda la Meca. La tarea de éstos consistía en impedir cualquier tipo de contacto entre los peregrinos y los comerciantes con Muhammad (B.P.).

El vocero del grupo de espías divulgó entre los mequinenses un comunicado que el propio Corán nos transmite: “y los incrédulos dicen: ‘¡No escuchéis este Corán, mas alborotad durante su lectura; quizá así venceréis!’.” (41:26)

El arma más poderosa que utilizaba el Mensajero de Dios era el propio Corán. Este creaba terror en los corazones de sus enemigos, sobre todo después de ver como muchos de los más encarnizados enemigos del Profeta, que concurrían a sus prédicas con el sólo objetivo de burlarse de él y molestarlo, ni bien escucharon algunos de los versículos revelados terminaron desconcertados, perdieron el control y se convirtieron en sus más fieles seguidores. Para impedir que esto siguiera ocurriendo fue que los idólatras vedaron la audición de los versículos divinos y la comunicación o contacto con el Profeta (B.P.).

Los legisladores quebrantan su propia ley.

Al cabo de unos días, el grupo que con total severidad reprimía a la gente para evitarle escuchar el Corán, y que castigaba a cualquier persona que cometía una infracción al bando divulgado, se contó también en el número de los infractores. Abolían la disposición que ellos habían decretado, y lo hacían en forma oculta. He aquí un relato de ello: Cierta noche Abu Sufián, Abu Yahl y Ajnas Ibn Shariq, sin saber absolutamente nada el uno del otro salieron de sus casas, se dirigieron a la del Profeta y cada uno de ellos se escondió en los alrededores de la misma. Lo que los llevó allí fue la voz dulce y agradable con que Muhammad recitaba el Corán durante la noche. Los tres permanecieron escuchándolo hasta la llegada del alba cuando se vieron obligados a regresar a sus casas. Al hacerla se toparon uno con el otro y entonces se reprocharon mutuamente su proceder diciéndose: “¿Qué diría la gente si se diera cuenta de nuestro proceder?” A la noche siguiente la misma situación se volvió a repetir como si una fuerza o tendencia interiores los llevara hacia la casa del Mensajero de Dios (B.P.). Al regresar volvieron a encontrarse y se reiteraron los reproches, pero de común acuerdo decidieron no volver a reincidir en lo ocurrido. No obstante, la atracción del Corán los convocó una tercera vez.

La audición del Corán los atemorizaba cada vez más. Se decían los inicuos para sí que si la promesa que allí se hacía, sobre la recompensa o el castigo, eran ciertas, seguramente se contarían entre los errados y perdedores. El cielo comenzó a aclararse y por temor a que la gente los descubriera abandonaron el lugar. Esta vez, como las dos anteriores, volvieron a encontrarse y se confesaron que no podían resistirse a la majestuosidad expresiva, a la belleza sin par del Corán. Para prevenir consecuencias desagradables convinieron por un pacto especial no volver a escuchar la recitación del Corán.

EL IMPEDIMENTO PARA LA ADHESION AL ISLAM

Tras las maquinaciones anteriores los inicuos quraishitas concibieron un nuevo ardid contra la expansión del Islam. Este consistía en tomar contacto con aquellas personas que venían de lejos y habían sido cautivadas por la fuerza del Islam para impedirles por cualquier medio su islamización. Exponemos a continuación dos vivos ejemplos:

1.-A’sha era uno de los poetas más grandes de la época preislámica. Sus poesías estaban siempre presentes en los festines organizados por los quraishitas. En los últimos momentos de su vida, ya en la vejez, llegaron a sus oídos noticias de la nueva religión monoteísta y de las elevadas enseñanzas que predicaba. Vivía lejos de la Meca, en un lugar donde aún no se poseían detalles suficientes sobre el Islam. No obstante lo poco que pudo saber fue suficiente para transformar su alma e inclinarla hacia la Verdad. Escribió entonces una poesía en elogio del Islam y del Profeta y poco después decidió visitarlo y obsequiársela; se trataba de una de las mejores piezas poéticas de la época.

Antes que pudiera concretar su deseo de visitar al Profeta su intención fue descubierta por los espías de la idolatría. Conocedores los impíos de que A’sha era un hombre apasionado a quien le gustaba beber alcohol, trataron de aprovechar este punto débil y le dijeron insidiosamente: “¡Abu Basir! ¡La doctrina de Muhammad no coincide con tus costumbres y tu forma de ser!” “¿Cómo?”, preguntó A’sha. “Prohíbe la fornicación (ilícita)”, le respondieron. “Pues no tengo necesidad de practicarla y ello no será obstáculo para mí”, dijo el poeta. Entonces agregaron los inicuos: “Pero es que además su religión prohíbe el consumo de embriagante”. Al oír esta última frase A’sha se afligió y dijo: “Aún no me he saciado del todo. Beberé durante un año más y una vez satisfecho adheriré al Islam”. Al poco tiempo sin embargo lo sorprendió la muerte sin darle tiempo a cumplir su propósito de ir a la Meca.

2) Tufail Ibn Amr, otro inteligente y diestro poeta de gran influencia dentro de su tribu, visitó la Meca. Como la islamización de una personalidad como él resultaría un golpe duro para el partido inicuo, trataron de hacerlo desistir. Lo rodearon entonces algunos de los principales líderes y, entre lamentos, le dijeron: “El hombre que ora junto a la Ka‘aba (Muhammad) ha destruido nuestra unidad y nuestra alianza. A través de su nueva religión y del hechizo de su palabra ha sembrado la simiente de la desunión entre nosotros. Tememos que también suceda lo mismo con tu tribu. Creemos que lo más conveniente es que no intercambies ni una palabra con él”.

Tufail relata: “Las palabras de los incrédulos me impresionaron de tal modo que decidí no hablar ni oír al Profeta para prevenir su influencia mágica en mi persona. Tal era mi temor que en el momento de hacer el ritual de las circunvalaciones (tauáf) tapé mis oídos con trozos de algodón. En la mañana de cierto día, estando mis oídos tapados, entre en la mezquita (el recinto de la Ka‘aba). No quería escuchar al Profeta pero de pronto una hermosa y dulce voz me llenó de placer. Entonces me dije: ¿Si eres elocuente e inteligente, qué te impide que lo escuches? Si lo que él dice resulta beneficioso puedes aceptarlo, en caso contrario, eres libre de rechazarlo. Para no contactar con el Profeta (B.P.) públicamente, aguardé unos momentos y cuando Muhammad se dirigió hacia su casa lo seguí e ingresé junto a él. Le comuniqué lo acontecido y le dije: ‘Te ruego me expliques la verdad de tu religión y me recites un párrafo del Corán’.” El Enviado de Dios (B.P.) le explicó el Islam y recitó para él algunas aleyas coránicas. Entonces acotó Tufail:

“Por Dios que hasta ahora no había escuchado habla más hermosa que ésta ni había conocido religión más justa y más moderada que el Islam”.

Comunicó entonces al Profeta (B.P.) del prestigio e influencia de que gozaba en su tribu y que estaba, a partir de ese momento, a disposición de la difusión del Islam entre los suyos.

Escribe Ibn Hisham: “Tufail permaneció difundiendo el Islam dentro de su tribu hasta el día en que se libró la batalla de Jaibar en la cual se sumó a las huestes del Profeta junto a otras 80 familias. Fue un musulmán firme y fuerte y en la batalla de lamáma obtuvo el elevado grado del martirio”.

Fuente: libro La Historia de Mahoma (PB); Vida del Profeta Muhammad (PB) e historia de los orígenes del Islam; Editorial Elhame Shargh

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