Todo el mundo, con una especie de alegría, nos anuncia hoy que ha llegado la primavera. Al escuchar hablar tanto de ello se me ha venido a la cabeza otra primavera, esa de la que se lleva hablando tanto tiempo sin que de momento hayamos podido percibir el olor ni el color de sus flores. Eso que se dio en llamar “Primavera árabe” tenía desde un principio cierto tufillo sospechoso que hacía recordar esas revoluciones de colores que a través de la CIA, la Fundación Soros, la organización USAID, o el National Endowmentfor Democracy, son fomentadas desde la primera década de este siglo para intentar acabar con gobiernos o dirigentes poco amigos, consiguiéndolo como en algunos casos del este de Europa, o fracasando estrepitosamente como por ejemplo las veces que se ha intentado en Irán.
Se cumple un año ya desde el comienzo de los disturbios en Siria. Mucho se ha escrito y se ha hablado en este tiempo y, lo que a nosotros nos llega, especialmente enfocado en un sentido, el de presentar lo que ocurre en Siria como una insurrección popular contra la que se ejerce una brutal represión. Pero a pesar de todo, después de un año, intentar negar que lo que ocurre en Siria es fruto de una conspiración internacional es como querer negar que el sol amanece cada mañana nuevamente.
Dentro de varios días, quizás a partir del mediodía del viernes 15 de junio, los sirios que traten de ver los canales nacionales sólo captarán en sus televisores otros canales creados por la CIA. Imágenes filmadas en estudio mostrarán masacres imputadas al gobierno, manifestaciones populares, ministros y generales dimitiendo, al presidente al-Assad dándose a la fuga, a los rebeldes reuniéndose en pleno centro de las grandes ciudades así como la llegada de un nuevo gobierno al palacio presidencial.

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